La condición adultocrática

Los crímenes recientes de dos niñas argentinas por parte de sus progenitores ha desatado un nuevo debate. La figura del ‘monstruo’ o del ‘loco’ no alcanza para explicar un fenómeno mucho más complejo: la violencia intrafamiliar. Sin negar la posibilidad de lo monstruoso en la condición humana, también es cierto que las guardias de los hospitales suelen recibir habitualmente niños golpeados por adultos de su entorno familiar. Las raíces del problema hay que buscarlas en la condición adultocrática de la sociedad.

La condición adultocrática

Florencia Saintout – Página 12 (Argentina)

Periódicamente las guardias de los hospitales reciben niños golpeados por adultos, casi siempre del entorno familiar, aunque no se llegue a la muerte. De vez en cuando, nos enteramos por los medios de asesinatos como el de Prisila.

Una de las vías más comunes para enfrentar este tipo de crimen espeluznante que utilizamos las sociedades es la de la reactivación de la figura del monstruo. O del loco. Este que encarna el mal, pero que por su carácter singular puede ser aislado o matado, salvándonos a todos de que lo demoníaco vuelva a ocurrir; de que tengamos que responder en torno de la responsabilidad. La pregunta por quién lo hizo (lo hizo un psicótico o un malvado) reemplaza a la del por qué sucedió lo que sucedió (que sitúa el crimen en la sociedad).

Sin negar en términos absolutos la existencia de lo demoníaco en cualquier forma, es importante para la comprensión situar la pregunta sobre el crimen en la historia, como una más de sus posibilidades. Tal vez parte de lo ocurrido en estos crímenes contra la niñez tengan una raíz en la condición adultocrática de nuestras sociedades. En el extremo más perverso de ella, sin duda.

Si bien es cierto que actualmente la legislación sobre niñez es de las más avanzadas de todos los tiempos en materia de derechos, hay que pensar las distancias existentes entre las normas y los “hechos de carne y hueso”. Pero, además, recordar que la concepción de que los niños son sujeto de derechos es novedosa con respecto a la occidental idea de la humanidad, incluso. Es recién en el siglo XX que se comienza a hablar de los derechos de los niños como personas (Convención sobre los Derechos del Niño, Asamblea General de la ONU en 1989, adoptada en Argentina como Ley Nacional 23.849).

Pero más asombroso para el sentido común es imaginar además que el estatuto de la niñez no es natural, puramente biológico, sino que está marcado y hablado por la cultura. Tan es así que no siempre ha habido niñez. Un libro ya clásico es el de Philippes Aries, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen (1960), donde el historiador describe los modos en que los nuevos humanos, los pequeños humanos, no bien podían mínimamente valerse por sí mismos (comer, desplazarse) se integraban a la vida adulta, revueltos tanto en el trabajo como en la cama. No existía el cuidado particular de los niños.

Van a ser la escuela moderna y luego las industrias culturales, las principales modeladoras del estatuto de la infancia.

Y las sociedades modernas van a ir inventando una niñez a partir de la constatación de una falta (de la palabra, de la pequeñez) que debe ser cuidada, reformada, educada, tutelada, controlada con todas las y/o en cada caso. Incluso van a crear la figura de un no niño/no adulto como va a ser durante mucho tiempo la de los menores.

Existe entonces un mapa de visiones y divisiones de lo social, donde además de ricos/pobres; blancos/no blancos; machos/no machos hay también adultos/no adultos a los que ambiguamente se llama niños, menores, hijos, infantes, chicos, adolescentes, chavos… miles de nombres (y en las más amorosas formas para Sudamérica pibe, gurí, guagua) que sostienen una verdad: existe una falta que promete completarse algún día. Esa falta es la adultez.

Hoy conviven y disputan en nuestras sociedades dos modos de existencia de esta relación adulto/niño, sostenida en su nacimiento en base a una radical desigualdad. Estos dos modos son por un lado el de una perspectiva de derechos emancipatoria de la niñez, y por otro, el de una posición autoritaria que adquiere formas tutelares paternalistas o, como una más de sus caras, modos aberrantes que habilitan crímenes como el de Prisila.

En la primera matriz, la de la perspectiva emancipatoria, se ubican todas las acciones y políticas que defienden las condiciones de ciudadanías civiles, sociales y culturales de la niñez (que reconocen derechos de aquel que no habla ¡para que pueda hablar!). Por supuesto allí también se ubican los marcos regulatorios que se desprenden de la Convención de los Derechos del Niño ya citada.

En cambio, en la matriz autoritaria, adquiere consistencia esa especie de verdad de un cierto sentido común en la cual los niños no sólo son objetos carentes, no personas, sino que por lo tanto son propiedad de los adultos. Y al igual que los dueños hacen con las propiedades, con sus objetos, se puede hacer con ellos lo que se quiera, incluso golpearlos hasta la muerte.

Esta verdad de las no personas y por ende de la propiedad de los niños circula con un sentido común tan invisible como asombroso en la vida cotidiana. Produce efectos (nunca se hubieran podido robar niños sin la consideración previa de que los niños puedan ser como objetos, poseíbles). Por lo cual es importante ponerla en crisis a la luz de la historia. Saber que no necesariamente debe ser así, nos impulsa a pensar que puede ser de otro modo.

Una vez más, sin negar la existencia de algunos monstruos, o la posibilidad monstruosa en la condición humana, ubicar el crimen de Prisila como un crimen de la adultocracia tal vez nos permita intervenir más profundamente en que nunca más vuelva a ocurrir.

 

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