La campana del fin del recreo

Argentina
Roberto Mero

En la primera línea de la defensa del proyecto nacional, la mitad del pueblo argentino mira con desasosiego el reloj que marca el fin de una etapa de valentía que hizo historia durante los últimos doce años. Con un discurso fundado en la exclusión, Macri da los pasos necesarios para la gobernabilidad del silencio de las tumbas. Queda por delante una nueva batalla. Darla es la única manera posible de sobrevivir.

Uno vendedor prepara choripanes durante una movilización kirchnerista - Foto: Archivo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

De nada sirve tirar un cañonazo sobre un millón de personas. La máxima militar debe ser recordada en el momento en que la banda macrista tiene la sensación inevitable de ser patrón, mandamás, capanga. Mucho se ha hablado en estos días de tradición y Macri la ha exigido cuando se ha tratado que le diesen el gustito de recibir la banda y el bastón en la Rosada. Valdría la pena también que recuerde las formas tradicionales que adoptó el pueblo argentino cuando trataron de ponerle el pie en la garganta. Quizá en aquellas clases del Newman no se lo explicaron. Dudo que en las reuniones de niños y niñas bien aquellas memorias se evoquen. Por ejemplo, que la prepeada final de De la Rúa, la del Corralón y la del Estado de Sitio le costaron escapar como a una rata por tirante. Que el sueño de la siesta colonial de Anillaco le costó a Menem un país con piquetes y llamas. Que Alfonsín trató de maniobrar reculando y terminó humillado y sin apoyo. Que Galtieri llamó al pueblo un 10 de abril para que le hiciera de comparsa ante el general Haig y ya no entró más a casita a la hora de la sopa. Protegido aunque estuviese asediado, puesto en primera línea de la defensa del proyecto, la mitad del pueblo argentino mira con desasosiego el reloj que marca el fin del recreo, el fin de aquella calma que se creía eterna, el fin de una etapa de valentía y de tanteos que hicieron su historia durante los últimos doce años. “Borrón y cuenta nueva”, dice la banda que afila los colmillos. “En fila de a dos, tomar distancias y que de eso no se hable más. Olvídense, fue un error de la historia. Convénzanse, ustedes vuelven a ser nadie. Acéptenlo: perdieron”. Una compañera me decía hace unos segundos que ellos poseen todo: guita, prensa, contactos. Todo. ¿Todo? Me pregunto. Recuerdo ahora aquella frase terrible de uno de los comandantes del desembarco en Normandía, en 1944: “¡Avancen, porque en esta playa quedarán sólo quienes hayan muerto o quienes vayan a morir!”. Suena el fin del recreo. Cristina se irá por un tiempo. Sólo queda por delante una nueva batalla. Darla es la única manera posible de sobrevivir.

Legitimidades de la gobernabilidad

Las diferentes variantes de la Constitución aseguran desde 1853 que el Estado argentino es “representativo, republicano y federal”. Esto es, que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”, que las formas del aparato de Estado se basan en los tres poderes y que cada Provincia es un Estado autónomo pero ligado por el bien común, garantizando las libertades de todos y cada uno de los ciudadanos. Estos alegres principios, tantas veces vapuleados y reconquistados por el pueblo al precio de la sangre, nada tienen de manual de aspiradora. Bajo la República conservadora la representatividad estaba dada sólo a los varones y el voto condicionado al poder de fuego durante las elecciones. El republicanismo estaba a su vez condicionado a la composición de los poderes, donde toda fuerza popular estaba excluida. Y el federalismo concentrado en las riquezas de la Aduana y la Capital. En sus delirios ideológicos, el “pensador” de la dictadura Ricardo Zinn llegó a proponer el voto según la fortuna (voto censitario) con el objeto de evitar la “dictadura del número”. Onganía ya había pergeñado un estado corporativo, donde la República se fundase en la libre asociación de los monopolios. En sus horas de desparpajo y substancias alucinógenas, Menem exigió en el 2002 una troika dirigida por el FMI, el Banco Mundial y un representante electo por el gobierno argentino para dirigir los destinos del país. Estas piruetas de la antipatria forman un collar de exclusión de la voluntad popular. Formas de “gobernabilidad” que pueden sonar bien a la hora de utilizar las instituciones para vaciarlas de contenido e imponer la ley de la jungla. Sostenido por un discurso fundado en la exclusión del 50% del país, Mauricio Macri ya está dando los pasos necesarios para la refundación de la “República Bananera” que había acariciado ya el Almirante Massera, donde la legitimidad estuviera dada por el crimen y la entrega y la gobernabilidad pretendida por el silencio de las tumbas.

La transición según Macri o el fin del Congreso

La curiosa disputa desatada en los últimos días sobre las formas de transmisión del gobierno entre Cristina y Macri es la punta de un iceberg que oculta el 90% bajo las aguas. Mas allá de querer violar el Artículo 93 de la Constitución Nacional (que establece que la transmisión debe hacerse frente a los representantes del pueblo reunidos en Congreso), Macri da la pauta de la mecánica que implementará en las primeras horas de su desgobierno. Esto es, el desmontaje progresivo del Parlamento o su simple transformación en caja de resonancia del régimen, como fue el caso durante la Década Infame de 1930-1943. O de comparsa abyecta, como lo fue entre 1989 y el 2003. El objetivo no es evitar que le canten la Marcha Peronista en la cara sino negar toda representatividad a los diputados nacionales ante los cuales el Ejecutivo deberá responder por sus políticas. Por el contrario, Macri busca abroquelar en lo simbólico una suerte de monarquía constitucional, donde los organismos de consulta se reduzcan a su cuerpo de ministros. Tal como la estrategia de Durán Barba le ha aconsejado (con significativo éxito) se trata de desmontar el Estado de derecho por la vía de facto, sin ninguna necesidad de borrarlo por decreto. Hitler utilizó este mismo mecanismo de infiltración del Reichstag en 1933, cuando su mayoría era bastante endeble: suspender sus funciones por “inapropiadas” y gobernar por decretos ley, sin tocar la Constitución alemana, que en apariencia seguía siendo democrática. Aprovechó para ello la excusa de la “gobernabilidad”, que le reclamaba la oposición, pero que Hitler dio vuelta como un guante. Es decir, poniendo la “gobernabilidad” al servicio del complejo militar-industrial que le había pagado la campaña, como un motor aislado de las instituciones. El motivo de esta necesidad de borrar del mapa político al Congreso fue clara: evitar seguir perdiendo las posiciones en un electorado que sólo le respondía en un 50%. Sólo una vez realizado ese golpe de mano en febrero de 1933, es que pudo comenzar su danza macabra.

Los muertos que yo maté gozan bien del choripán

Por esas triquiñuelas de la historia hay insultos que se transforman en banderas. Los “sans-culottes” (los culo al aire) de la Revolución francesa fueron monumento patrio cuando sus insultadores aristócratas ya estaban en la guillotina. Los “vagos y pendencieros” de la Revolución de 1890 ya son nombres de calle. “Descamisados, grasas o cabecitas negras” para la Sociedad Rural fueron cientos de miles de antorchas de dignidad acompañando la lucha y los restos de Eva Perón. Montos, erpios, subversivos”. ¿Recuerdan? Vomitados por el taconeo de Videla hoy son plazas y dignidad. Releo los blogs macristas, aunque el masoquismo no sea mi tendencia. Eructo frio, sistemático, enfermizo del gorilismo mediatizado, el término “negro choripanero” ya forma parte del ritual del denuesto, del oprobio y la vergüenza de los chicos bien de familias mal, y de los chicos mal de familias bien. Peldaño histórico sobre el cual ponen pie los clase
medieros, el morocho sucio, con gorrita, sin dientes, devorador entre babas de un pedazo de carne picada, gratarola, pagada sistemáticamente por los K. El bocado que humea en las esquinas del país a la hora del almuerzo, en las fábricas y en las obras en construcción, se ha transformado en símbolo del populacho, la chusma, la indiada malonera y bárbara. Devorado desde el interior como una metástasis que la llevara al final, el gorilismo sueña acabar con el fuego, en la pesadilla que nos augura. Piensa eliminar el horror de las mesas familiares, del encuentro entre amigos, el carbón, el tinto, la palabra. En su infierno, nos depara un puesto de barredores de miga en lo de Mirtha Legrand. Ángeles negros y pasivos, desdentados y mudos: testigos del hundimiento del país, náufragos. Y sin embargo ya estamos imaginándonos el humo. El humo del 9, el de la fiesta. El humo del 10, el de la despedida. Y los otros, y los otros que seguirán, tiznados por la historia, que nunca se apaga.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.