La alfabetización del gusto

Cuba

La industria del entretenimiento ha llevado al direccionamiento del gusto por parte de un poderoso sector audiovisual, del cual es difícil de escapar. Si bien algunos buscan nuevas estéticas y se muestran dispuestos a investigar en un gusto que no es el impuesto, otros naufragan en un ocio cultural que es arrastrado por generaciones. Una nueva visión puede promoverse en las escuelas.

Granma

Rolando Pérez Betancourt – Granma (Cuba)

Bastaría con cerrar el libro que estamos leyendo y mirar hacia el pasado de nuestras primeras lecturas para comprender que también en el gusto hemos sido alfabetizados.

¿Qué se sentiría ahora frente a una de aquellas novelitas de la colección Estefanía, llena de vaqueros imbatibles y mujeres tan ardientes como los plomos de las Colt 45, que nos quemaban las manos, una página tras otra?

Quizá un poco de nostalgia y agradecimiento, porque gracias a esos libritos, y a otros más, fuimos escalando y un día, a pesar de aquellos que repetían como papagayos, sin haberlo leído, que Carpentier “era difícil por barroco”, se emprendió la aventura exploratoria.

Desde el más cándido Walt Disney, hasta la última telenovela que convoca a la familia, respondemos a complacencias elaboradas durante años a partir de lo que hemos estado recibiendo.

Como buena parte de todas las complacencias se trata, pues, de lo que “el otro” ofrece en función de nosotros.

Por décadas, una porción de ese otro, desinteresado y culturalmente abierto, ha ido delineando excelentes perfiles de comunicación artística. Pero junto a esa nobleza de la vanguardia, o de la simple superación, sobrepasándola por la clásica milla en cuanto a recursos y expansiones territoriales, convive el gran rostro de una supuesta alfabetización del gusto manipulada en aras de la simplicidad y de los intereses económicos de una industria millonaria.

Maniobra del “otro mercantil” que hace ver siempre los mismos filmes, escuchar la misma música, buscar los mismos libros (en caso de que se lea) y protestar cuando una telenovela “típica” ose salirse de los cauces trillados (la muchacha quedándose al final con el feo pobretón, o el bueno sin recuperar la herencia de la que fuera despojado, ¡horror!).

Una llamada industria del entretenimiento que tiene en el sector audiovisual el más poderoso instrumento financiero de su mundialización y de la cual, aunque muchos crean escapar fácilmente, no lo logran, porque sus primeras influencias las recibimos en buena medida de nuestros padres y abuelos, sometidos ellos desde temprana edad, a los peliculones llorosos de la época, o a las novelas por televisión (aunque buenas las había) con galanes de cabelleras abrillantadas y mujeres trágicas que se iban a la cama en tacones y pestañas postizas.

«La alfabetización del gusto es algo más complicado de lo que pudiera pensarse y con raíces más lejanas de adonde pudieran llegar las memorias de nuestros abuelos. Pero si se tiene en cuenta que la industria del audiovisual es la más poderosa dentro de la tan llevada y traída mundialización de la cultura —esa que trata de imponerse desde un patrón unificador en el que bailan por igual ideología y finanzas— habría  que convenir entonces en la necesidad de empinarse por encima del muro de ellos y,  sin renunciar ni mucho menos a complacencias estéticas ya arraigadas, tentar lo hasta ahora ignorado»

Extenso tema que comienza en la noche de los folletines, allá en el XIX francés, con Ponson du Terrail y Eugene Sue, este último el primero en convertir un producto cultural por entrega en un éxito de venta excepcional, a partir del melodrama, y que serviría de patrón, hasta nuestros días, a novelas radiales, entregas episódicas en los cines (Rocambole, en los años veinte, Flash Gordon, en los treinta) telenovelas y esas grandes producciones que cada cierto tiempo nos traen de vuelta a El hombre araña o a Batman.

Folletines del XIX “modernizados” en filmes y telenovelas del XX y el XXI, que reiteran un papel de manipuladora alfabetización en lo concerniente al gusto estético y a los sentimientos y que, si bien entretienen, suelen encadenar a un público necesitado de un acercamiento cultural a dimensiones de la vida tratadas mediante un arte de mayor elaboración.

Si bien no faltan los preparados culturalmente, o los que rompen el cerco de las cinco vocales manipuladoras del gusto y van en busca de un alfabeto totalizador y más pleno en cuanto a disfrute estético, quedan los que se contentan con seguir nadando en las mismas aguas del “ocio cultural” que se les proporciona.

Los primeros, que una vez disfrutaron viendo solo peliculitas de tercera y luego fueron capaces de empinarse y asomar la cara del otro lado y de llegar, digamos que a Bergman (para subir la parada), saben que este, desde unos códigos que demandan, ¡eso sí!, más estatura de comprensión y análisis, proporciona el misterio artístico de lo incomparable en esa dura materia que es tratar de ahondar en el ser y en las relaciones humanas que lo unen, o lo despedazan.

Claro que están los que enfrentan a Bergman, o a otro grande, y luego dicen: “me aburren” (con toda sinceridad, o como un embozo de “no estoy preparado, no he sido alfabetizado para esto y por lo tanto no lo comprendo”).

La alfabetización del gusto es algo más complicado de lo que pudiera pensarse y con raíces más lejanas de adonde pudieran llegar las memorias de nuestros abuelos. Pero si se tiene en cuenta que la industria del audiovisual es la más poderosa dentro de la tan llevada y traída mundialización de la cultura —esa que trata de imponerse desde un patrón unificador en el que bailan por igual ideología y finanzas— habría  que convenir entonces en la necesidad de empinarse por encima del muro de ellos y,  sin renunciar ni mucho menos a complacencias estéticas ya arraigadas, tentar lo hasta ahora ignorado.

El cine y el audiovisual ganan espacio por minutos en el mundo. Así como una vez nos alfabetizamos en lo que respecta a la Gramática y a la Historia, es hora de hacerlo también en las escuelas en lo relacionado al gusto y a lo que cada día se ve en cualquier pantalla.

Por supuesto que al final cada cual terminaría escogiendo libremente “lo suyo”.

Pero como se decía en una vieja película, no por desconocimiento de causa.

 

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