Caricatura, protesta y transformación

Brasil 

Carlos Latuff es uno de los mejores caricaturistas de protesta del mundo. En esta entrevista, sostiene que el arte es el gran promotor de nuevas ideas. Él da su opinión sobre las amenazas fundamentalistas a los dibujantes, acerca de la libertad de expresión y del conflicto de Medio Oriente que conoció de cerca. Además, critica el golpe de Estado que se está organizando contra Dilma Rouseff.

Carlos Lattuf, caricaturista brasilero- Foto: Diario Liberdade

Thiago Silveira- Adital (Brasil) 

Popular en muchos lugares del mundo, el caricaturista brasilero Carlos Latuff conquistó el mundo con sus caricaturas de protesta. Entre las temáticas más abordadas por él en Brasil están la causa indígena y la violencia y exterminio que sufren los jóvenes del país. Sin embargo, fueron y continúan siendo los dibujos de crítica a la política del Estado de Israel y su adhesión a la causa palestina los que ganan adeptos y críticos férreos, principalmente en Medio Oriente.

Carioca, radicado en Río Grande do Sul, Latuff conversó con Adital el pasado mes de marzo en ocasión del debate “Palestina: noticias de un apartheid y de una lucha”, evento promovido por el Sindicato de Servidores del Instituto Federal de Educación, Ciencia y Tecnología de Ceará (SINDSIFCE). De buen humor, el caricaturista cuenta su experiencia cuando visitó Palestina, habla del compromiso con su trabajo y de la situación actual de Brasil por la ola de protestas contra el gobierno.

Amenazado de muerte y acusado de ser uno de los mayores antisemitas del mundo, el caricaturista cree en el arte como promotor de nuevas ideas y como contrapunto a la masa de información alienante con las que la población es bombardeada todos los días. “La poesía, el arte, llega al corazón de las personas. El arte puede ser un instrumento para mantener las cosas como están o puede despedazar ese estado de cosas, puede ayudar a crear rajaduras. ¡Es esto lo que yo creo!”.

Usted vino a Fortaleza para el debate “Palestina: noticias de un apartheid y de una lucha”. Estuvo en Palestina en 1998. ¿Cómo comenzó a producirse esa relación?

Cuando estuve allá, la situación todavía estaba en “calma”, o sea, no había división entre Cisjordania y Gaza, Hamas no era gobierno en Gaza (era más conocido por los atentados con bombas en Jerusalén y Tel Aviv) y no estaba el muro de separación. Entonces, la situación era diferente a la que existe hoy, pero en aquella época también existía la construcción de asentamientos, la construcción de las llamadas “by pest worlds”, que son carreteras por donde sólo pasan colonos. Y para la construcción de esas carreteras muchas veces es preciso demoler las casas palestinas. Estaban los check points, puntos de chequeo, las restricciones de movimiento.

El apartheid israelí ya se veía bastante claro en aquella época. También tuve la oportunidad de hacer un poco la tarea de periodista, escuchar a las partes. Conversé con israelíes en Tel Aviv, en Jerusalén; conversé con colonos en Hebron… Conversé con todo el mundo para tener una idea más realista de lo que estaba ocurriendo. Esos 15 días que estuve allá fueron muy didácticos.

Aún hoy en Brasil este tema es muy superficial, falta comprensión del contexto en Israel, sobre todo en la universidad. ¿Qué hay que hacer?

 Creo que en el caso de la academia, objetivamente en torno de la academia, se puede reforzar la idea del BDS (Boycott, Divestment and Sanction), que es el boicot académico a Israel. Esto es algo que la academia puede hacer. Puede suspender o negarse a hacer contratos con empresas israelíes, con universidades israelíes.

Este principio del BDS dio resultado contra el apartheidsudafricano y hubo acciones muy exitosas en el mundo en torno del apartheidisraelí. Pienso que es una buena oportunidad para que esto se esparza por todas las universidades de Brasil y, principalmente, para esclarecer a la opinión pública e impedir que las universidades realicen negocios con un país que oprime y mata a civiles palestinos

A causa del enfoque que usted le da a la causa palestina, llegó a sufrir algunas amenazas. ¿Cómo logró manejar esa situación? ¿Las amenazas continuaron?

No, no continuaron. La amenaza más contundente fue en 2006, cuando un sitio web ligado al Likud, que es el partido de Netanyahu, publicó un dossier relacionado conmigo e incitaba a los lectores a tomar medidas en mi contra. Decía que Israel ya debería haberse ocupado de mí desde mucho tiempo atrás, de un modo o de otro. Y después de que ocurrió eso, llegó una información a mis oídos, un pajarito me contó, que una organización judía en Brasil estaba ventilando la posibilidad de asesinarme a través de medios menos ortodoxos, digámoslo así.

Cuando usted piensa en un asesinato por cuestiones políticas, imagina a un agente del Mossad (servicio secreto del gobierno de Israel) con un arma con silenciador; pero no, estaba pensándose en pagar a un delincuente de alguna favela para balearme en la esquina y decir que era un asalto. Esa información me había llegado en aquella época y no se cumplió. ¡Como usted puede ver!

Hoy, lo que más ocurre son campañas de difamación: asociar críticas al Estado de Israel, como antisemitismo, como odio a los judíos. La última polémica más seria sobre esto fue cuando una organización llamada de derechos humanos, en Los Ángeles, me clasificó como el tercer antisemita del mundo. ¡Del mundo! Ni el esquimal de Alaska podría ser más antisemita que yo.

Obviamente, este tipo de acusación viene perdiendo fuerza. Roger Waters –esa lista es anual– también fue considerado como uno de los mayores antisemitas del mundo a causa de su apoyo a la causa palestina. Se convirtió en una estrategia exquisita asociar el antisemitismo, el odio contra los judíos, con las críticas al Estado de Israel, y yo siempre lo dejé claro. Mis críticas no son una cuestión religiosa, étnica; son pura y simplemente una cuestión política.

Así, que usted critique al presidente de Turquía, que es musulmán, no es ser antimusulmán. Criticar al rey de Arabia Saudita, que es musulmán, no es un ataque a la fe islámica. De la misma manera, criticar el Estado de Israel, a sus líderes políticos o incluso a sus militares, no es un ataque al judaísmo, incluso porque Israel no representa a la totalidad de los judíos, mucho menos al judaísmo. Un Estado islámico no representa al Islam. Arabia Saudita es el Estado islámico, donde está La Meca, Medina también, son los lugares más sagrados para los musulmanes, pero no representan a los musulmanes. Un Estado no representa a la totalidad de un pueblo, mucho menos de una fe, de una religión.

¿Y cómo comenzar a cambiar el enfoque muchas veces estigmatizado que las grandes empresas de comunicación suelen dar sobre los conflictos en la región? ¿Eso puede cambiar o realmente son los medios de comunicación alternativos los que tienen que dar otro enfoque?

Creo que los medios de comunicación occidentales han sido muy pro-Israel. Creo poco probable que cambie la posición de la prensa, pero pienso que nosotros que tenemos la conciencia, que conocemos de cerca la cuestión palestina, tenemos ese deber de contraponer esos clichés, esos lugares comunes que la prensa alimenta. Pero es interesante porque la prensa no alimenta solamente el lugar común de Palestina; alimenta también, por ejemplo, la cuestión de la violencia policial, esas manifestaciones ahora que están ocurriendo pidiendo juicio político; la prensa también tiene interés en eso. Tiene un enfoque para una protesta, para una huelga, y tiene otro enfoque para una protesta que pide el juicio político a Dilma.

La prensa corporativa, el mainstream media, tiene un bando. Inclusive, quienes estudian periodismo, y generalmente los profesores, dicen que no tienen un bando al que defienden, “los buenos periodistas no tienen un bando”. Esto es pura mentira, pueden no confesarlo. La prensa de aquí o de cualquier lugar del mundo tiene un bando; pueden no confesarlo. Se golpean el pecho y dicen: “Estamos exentos”. ¡No existe la exención! La exención es “mi hipopótamo”, como se dice aquí. Tiene un bando y yo también tengo un bando. Mi bando es el de los palestinos. 

Después del ataque a Charlie Hebdo en París, el tema “libertad de expresión” sepuso otra vez en el tapete. ¿Qué piensa sobre eso?

“Libertad de expresión” es un valor subjetivo. Por ejemplo: si yo insulto a su madre, ¿es libertad de expresión? ¡Lo es! Yo tengo el derecho a hablar, a insultar a su madre. Pero no puedo creer que eso no vaya a tener repercusión. No me pueden impedir insultar a su madre, pero tengo una responsabilidad. Podría criticar a su madre. Cuando digo: “usted es un hijo de puta”, eso no es una discusión, eso no es un debate, eso es una ofensa gratuita.

El derecho a hacer eso, cualquier persona lo tiene, no debe haber censura previa. Ahora, el problema es éste: no es una caricatura. Fueron sucesivas caricaturas. Hay un historial, desde 2006, haciendo caricaturas sobre los musulmanes de la manera más peyorativa, de la manera más ofensiva que se pueda pensar. Puedo hacer un dibujo aquí, ahora, y poner: “Alá”, y no es escribir “Alá”, es dibujar a un sujeto con barba, poderoso allá en el cielo arrojando un rayo contra el islamofóbico. ¡Es una caricatura positiva! Estoy endiosando, estoy homenajeando, haciendo una ilustración de Mahoma. Sólo eso, incluso elogiando ya es ofensivo.

Para el Islam, cualquier representación de un profeta, o incluso de Alá, ya es ofensivo, independientemente de si el dibujo es bueno y si es elogioso o no. ¿Quién hizo la caricatura de Mahoma hace una crítica al islamismo? ¿Es una crítica sobre cómo el islamismo ha sido manipulado por líderes políticos o religiosos? ¡No! Eso es un ataque frontal al musulmán.

El caricaturista no hace un dibujo por accidente, quiere lograr un objetivo. Cuando hizo ese dibujo, entre otros, quería lograr ese objetivo. Y el objetivo era ofender. ¡Gratuitamente! Libertad para hacer eso yo la defiendo, pero ¿para qué? ¿Dentro de un contexto de islamofobia como existe en Europa? ¿Eso sirve para qué? Pero Charlie Hebdo es el paladín de la libertad de expresión. Eso no está defendiendo la causa de la libertad de expresión, está defendiendo la pauta de la extrema derecha en Europa, que concuerda con este tipo de cosas. Y el personal de Charlie Hebdo no es idiota, eso fue deliberado.

Ahora: ¿es justo haber entrado con una kalashnikovy fusilado a todo el mundo? ¡No! Entonces, es esta cuestión, yo puedo insultar a su madre, pero creer que va a pasar entre nubes blancas… ¿Cuál es el límite? El límite es el buen sentido. Es lo mismo que criticar las políticas de [Barack] Obama [presidente de Estados Unidos] y llamarlo “mono”. Yo puedo, por ejemplo, hacer críticas, presentando la realidad del Nordeste, a la oligarquía nordestina, sin caminar por los estereotipos del nordestino. Entonces, todo esto es cuestión de buen sentido.

Hoy vive usted en Río Grande do Sul. ¿Cómo es su activismo en los movimientos sociales? ¿Logra ir más allá del trabajo con las caricaturas?

 En realidad no me percibo como un militante, propiamente dicho. Hay personas que son realmente militantes. Yo soy una persona que acostumbra reducir a lo esencial: soy una persona que hace dibujos y da opiniones. Si fuera parar para pensar, es exactamente eso lo que hago. Hay gente que puede llamarse militante o no. ¡Yo soy un artista! O, como diría Zeca Baleiro: “Un artista popular…”.

Usted había dicho antes que la repercusión de su trabajo tiene proporciones de alcance mundiales. ¿Cómo se divisa eso?

Muy interesante. ¡Muy interesante! La red social es un fenómeno, realmente, para bien y para mal. Hoy, el mainstream media llega a reproducir mis caricaturas. Era una cosa impensable hace 30 años, jamás hubiera ocurrido. Internet vino realmente a revolucionar la comunicación. Es una pena que la mayoría de las personas subutiliza internet. Las redes sociales se convirtieron en un territorio para la difamación, el escrache, el prejuicio, el odio. ¡Pero eso no es culpa de la red social! Eso es culpa de nuestra mediocridad, que tiene en las manos un instrumento potente y… no sirve de nada tener una tecnología de la información si no tienes qué comunicar. Ahora, para mí, como caricaturista, internet ha sido fundamental.

Hay en Brasil un recorte de la violencia que tiene color, clase social, franja etaria y lugar, que ha causado un verdadero exterminio de la juventud brasilera. Matamos más que en países que están o estuvieron en guerra. Guardadas las debidas particularidades, ¿tenemos semejanzas con Israel y su conflicto con el pueblo palestino?

¿Usted conoce Titãs (titanes)? Titãs [grupo de rock brasilero] tiene una canción llamada “Miseria”: “La miseria es la miseria en cualquier lugar. Las riquezas son diferentes. Indio, mulato, negro, blanco. Las riquezas son diferentes. Colores, razas, castas, creencias”. Me acordé de esa canción cuando entré en el campo de refugiados palestinos en el Líbano. Es lo mismo que entrar en una favela carioca… ¡lo mismo! Los gatos, los ladrillos… ¡lo mismo!

La sociedad humana está cargada de preconceptos. Hay una colección inmensa. Hay prejuicio para dar y vender. Está la cuestión de género, la cuestión racial, pero hay algo que nunca se puede olvidar: es la cuestión de clase o, como les gusta decir a los comunistas, el corte de clases. Y yo aprendí eso. La cuestión palestina tiene ingredientes religiosos, ingredientes raciales, ingredientes de género, pero es esencialmente una cuestión de imperialismo, neocolonialismo.

Porque cuando analizamos los conflictos, como por ejemplo el Estado Islámico, terminamos caminand
o por la cuestión religiosa, pero no se puede perder de vista que la cuestión de clase es fundamental. Independientemente de si es en Palestina, o si es aquí. La cuestión de clase está marcada en todas las sociedades. ¡Todas!

Latuff exhibe una caricatura en la que se retrata al ex presidente de Egipto, Hosni Mubarak. La ilustración fue utilizada durante protestas en las calles del país y el caricaturista fue considerado uno de los cronistas del proceso egipcio. Foto: Reproducción.

Brasil vive actualmente con manifestaciones contra la presidenta Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) y una ola pro golpe militar, un escenario de incertidumbre y de riesgos, según varios especialistas. ¿Estamos al borde de un golpe?

Ésta es la pregunta del millón de dólares. Es la pregunta que vale la entrevista entera. Podemos analizar esta coyuntura ahora desde los más variados ángulos. Por eso que te digo que yo no soy un militante, porque no soy comunista, por ejemplo. Las personas preguntan: “¿Usted qué es? Usted es socialista, usted es comunista…”. ¡Yo soy caricaturista! Que ya me da bastante trabajo. 

Alguien que diga que Dilma o el gobierno es comunista, como mínimo faltó a las clases de historia. Yo creo que lo que se está intentando aquí es un golpe institucional en los moldes de lo que ocurrió en Honduras y en Paraguay. Otro 64 [año 1964, cuando hubo un golpe militar y se instaló la dictadura cívico-militar por 22 años en Brasil] lo creo poco probable, hasta porque los banqueros, las multinacionales no están teniendo problemas. Pienso que lo que se está intentando aquí es exactamente eso: es la derecha capitaneada por el PSDB [Partido de la Social Democracia Brasilera], la que quiere dar el golpe a Dilma, o sea, al final de cuentas, es una cuestión meramente partidaria.

Ahora, mi preocupación, no se si usted se dio cuenta de que en las manifestaciones existe un sector mayoritario, que es el sector que quiere el impeachment (juicio político), y existe un sector minoritario que quiere la intervención militar. La manifestación de la mañana del día 15 [de marzo de 2015] era de la gente del juicio político. En la parte de la tarde, fuimos testigos de un grupo de personas –y esos grupos están presentes en todo Brasil– que quieren la intervención militar.

Esa gente yo estimo que es de extrema derecha. Es el elector de [Jair] Bolsonaro [diputado federal brasilero por el Partido Progresista – PP], la persona que entiende que las fuerzas armadas son el bastión de la defensa del ciudadano. Es un grupo más fascista. El que va a la calle pidiendo el juicio político es el “muslito” tucano.

Mi recelo con estas manifestaciones es porque, en la época de la Marcha de la Familia [nueva versión de la Marcha de la Familia con Dios por la Libertad, de 1964, que fue realizada el 22 de marzo de 2014], ella fue insertada por media docena. En San Pablo, siempre hay mucha gente, pero en otras partes de Brasil se convirtió hasta en “meme”, se convirtió en broma. Esta vez las personas fueron por miles a las calles.

Entonces pienso que la izquierda tiene que hacer un análisis sobre esto, más allá de Dilma. Dilma es el detalle que va a pasar, la izquierda se va a quedar. ¡Ella ni siquiera es la izquierda! ¡Ella ni siquiera representa la izquierda! Ella es la presidente ahora, es la pieza de ajedrez de este momento. Tenemos que hacer un análisis de cómo este tipo de organización, que es de derecha, puede amenazar en un futuro –y no estoy hablando de un futuro distante– a la izquierda. Y como es que esta izquierda fragmentada, cooptada, paralizada por años de “Lulismo” y “Dilmismo” responde a este tipo de organización.

Necesitamos huir de esta polarización, que es muy estadounidense: republicanos y demócratas. La amenaza que pienso que se presenta en este momento es la organización y la movilización en masa de la clase media blanca, porque no vi negros en la calle, esa lógica es muy venezolana. Uno ve las protestas opositoras en Venezuela: todos son blancos. Los chavistas, todos son morenos, negros. Uno hace una distinción de clases muy claramente. Aquí uno también lo está viendo.

O vamos a dibujar muy claramente una división. Ya que es lucha de clases, vamos a dejar esta cuestión expuesta. Y la izquierda que vaya a la calle y diga: ¡estamos aquí! Porque las manifestaciones van a continuar. Y van a ser cada vez mayores. En 2013, las personas iban a la calle sin una pauta definida; ahora la tienen, es el juicio político.

 

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