Los orígenes del contra-discurso

Latinoamérica

A inicios del siglo XX un grupo de escritores locales sentó las bases de la literatura antiimperialista, con énfasis en la defensa de la identidad latinoamericana. La académica Ana María Vara reivindica la narrativa de estos autores desestimados, tildados de «naturalistas». Con una prosa impecable ellos fueron capaces de denunciar la explotación, el saqueo y la represión.

Jorge Boccanera- La Tecla Eñe (Argentina) 

El libro Sangre que se nos va de Ana María Vara–título que alude  al despojo de los recursos naturales de América Latina- rastrea los orígenes del contra-discurso neocolonial en obras de los diversos narradores, y reivindica valores formales de una narrativa desestimada con los rótulos de “naturalista” y “testimonial”.

El libro de Vara –licenciada en Letras y directora de la Licenciatura en Comunicación Audiovisual de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM)- editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, organismo equivalente en Argentina del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas)- señala la vinculación de explotaciones de larga data en la historia –metales preciosos, petróleo, azúcar, caucho, madera,etc.- con “las más recientes de cultivos transgénicos y celulosa”.

Vara señala que el relato precursor sobre el saqueo surge a inicios del siglo XX en simultáneo al surgimiento dela escritor profesional vinculado a modernos medios de prensa y al público que convocan ichos medios. Dicho relato, agrega, está a cargo de cuatro autores fundamentales: el uruguayo Horacio Quiroga, autor de los cuentos de Los mensú, el español Rafael Barret con sus crónicas Lo que son los yerbales, y el peruano César Vallejo y el ecuatoriano Jorge Icaza con sus novelas Tungstenoy Huasipungo, respectivamente.  Obras editadas, todas, entre 1908 y 1938.

Aunque de algún modo el título –Sangre que se nos va, tomado de un verso del poeta cubano Nicolás Guillén que alude al trabajo en los cañaverales- cobijaobras que en esa misma dirección se han encargado de fijar una identidad y una soberanía ante el despojoy la codicia, entre otras: La vorágine (1924), del mexicano José Eustaquio Rivera; Sangre en el trópico (1930) del nicaragüense Hernán Robleto; Hacia el imperio de la caoba (1933) de B. Traven, alemán afincado en México; Cacao (1933) del brasileño Jorge Amado; Mamita Yunai (1941) del costarricense Carlos Luis Fallas; Metal del diablo (1946) de Augusto Céspedes y Guatemala, las líneas de su mano (1955) del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón.

El siguiente diálogo con Ana María Vara, coeditora del ensayo Riesgo, política y alternativas tecnológicas: entre la regulación y la discusión pública y autora del ensayo Sangre que se nos va, transitan justamente los tópicos enunciados en el subtítulo de este último libro –Naturaleza, literatura y protesta social- en cuyas páginas se combinanuna escritura elaborada y una investigación exhaustiva.

-¿Forman parte las protestas actuales contra minas de oro, transgénicos, biocombustible, papeleras y otras instancias de saqueo de recursos y daño al medioambiente, de una historia que inicia con la misma Conquista del siglo XV y arma su discurso hegemónico con las ideas de “progreso” y libre mercadismo?

-Hay distintas maneras de aprovechar los recursos naturales, y la historia de América Latina muestra ejemplos recurrentes de modos muy desafortunados, en que se explotó un recurso de manera intensiva sin pensar en el mañana, y el beneficio se lo llevaron empresas extranjeras. El discurso de la libertad de inversión y de la seguridad jurídica resultó muy funcional a esos actores. Hay que estar muy atentos para que la historia no se repita.

-Usted otorga a textos narrativos de Barrett, Quiroga, Vallejo e Icaza una responsabilidad de apertura sobre el relato antiimperialista. ¿Cuál fue el criterio de elección?

-Rafael Barrett, escribiendo entre Buenos Aires, Asunción y Montevideo, tenía un panorama muy claro de lo que era el imperialismo europeo y norteamericano a comienzos el siglo XX. Podía escribir sobre la explotación brutal del caucho en el Congo, a manos del rey Leopoldo de Bélgica o de compañías con vínculos en Londres en la zona del Putumayo, en Perú, como de la explotación de la yerba mate en la triple frontera, entre Argentina, Paraguay y Brasil. Lo que él cuenta de la yerba mate, de alguna manera Horacio Quiroga lo plasma en algunos de sus cuentos, aunque referidos a la explotación en los obrajes madereros. Es notable cómo hay un antes y un después en Quiroga, probablemente después de haber leído o escuchado hablar del formidable «yo acuso» de Barrett: su opúsculo Lo que son los yerbales paraguayos.

–El caso de Vallejo también es singular, su posición respecto al “progreso” lo ha expresado claramente en las crónicas de la época.

-Cesar Vallejo también es muy consciente del imperialismo, sobre todo del norteamericano. El pensamiento político de Vallejo tuvo una trayectoria muy interesante, y siempre vinculada a su reflexión sobre la literatura. El tungsteno, su gran novela de denuncia, tiene una estética fuerte, con escenas que llegan a ser chocantes, desarrollada deliberadamente para provocar indignación y movilizar a sus lectores. Se ve la preocupación por ayudar a tomar conciencia de las consecuencias del imperialismo, que la discusión no quede sólo entre intelectuales.

-¿Ese contra-discurso, adquiere vigencia hoy?, ¿la tuvo siempre?

-Ese contra-discurso se mantiene de manera latente y resurge repetidamente a lo largo del siglo XX, y ahora a comienzos del XXI. Estuvo presente en la revolución cubana; particularmente en los poemas de Nicolás Guillén como “Crecen altas las flores”. Y ha resurgido con las protestas contra el neoliberalismo de fines de los 90s, y con las protestas por cuestiones ambientales, como las que vemos contra la minería en toda América Latina. Cuando se dice “El agua vale más que el oro” o “Vienen por el oro, vienen por todo”, se está aludiendo a este discurso, porque se evoca la explotación colonial y se reivindica un bien que se ve codiciado por otros.

-Ese mismo relato que denuncia, ¿llama a discutir el concepto de nación y soberanía?

-Sí, porque este contra-discurso pone en cuestión la autonomía de los gobiernos nacionales frente a los poderes extranjeros. Eso se ve muy claro en los comienzos de este discurso. Y los gobiernos nacionales progresistas de América del Sur, que conocen del imperialismo y de las luchas que dio la región, también evocan este contra-discurso. Cuando dicen, por ejemplo, que tenemos que tener el control de  nuestros recursos naturales para nuestro propio desarrollo.

-¿Podría hablarnos de los ejes de ese contra-discurso neocolonial que, además, según usted, funciona como marco interpretativo?

-Estos autores desarrollaron una manera de hablar del imperialismo que tiene cuatro elementos: un recurso natural y un grupo social, explotados ambos hasta la extenuación; un explotador extranjero; y un cómplice local. El móvil es la codicia, que por sacar provecho extrema la explotación. Si no hay rebelión que detenga este proceso, va a terminar el agotamiento.

-Mucho de esta historia de saqueo tiene que ver con introducir, como dice E. Said, la pala expoliadora y sus guardias blancas en zonas rurales, de monte espeso, de selva, aisladas, invisibilizadas, distantes de las urbes.

-Claro, se trata de zonas rurales desprotegidas. Lo interesante es que esta matriz narrativa se repite en innumerables obras latinoamericanas de las primeras décadas del siglo XX. Y el boom, es decir, la generación siguiente, va a aludir a ese relato, lo va a conside
rar casi como la verdadera historia de la región, y va a trabajar sobre él. García Márquez, por ejemplo, incluye en Cien años de soledad el episodio de la compañía bananera que es un relato que sigue perfectamente la matriz de este contra-discurso. Y el comienzo de La hojarasca también alude a esta matriz: esta novela corta comienza cuando la compañía bananera ya se ha ido, dejando sólo devastación. Es decir, comienza donde nuestro contra-discurso termina.

-Aparte de los valores de su escritura, los casos de Vallejo y Barrett se despegan del resto en la medida en que encarnan una militancia política por lo que incluso fueron sancionados.

-Barrett tuvo que abandonar Paraguay cuando fue el golpe de 1908. Su compañero de lucha, el anarquista argentino Guillermo Bertotto, fue preso y torturado. A Barrett lo sacó de Asunción el cónsul británico, porque él era ciudadano británico por su padre, por jussanguinis. Vallejo se unió al partido comunista ya estando en Europa, y en un momento dado debió cruzar de Francia a España huyendo de la policía francesa. En esos años escribió El tungsteno, que fue publicada en 1931, así como una serie de obras de teatro y hasta un guion cinematográfico basados en el mismo relato de explotación.

-También difieren los casos de Quiroga y Barrett en su calidad de testigos, ya que llegan a vivir en los sitios donde se da el saqueo.

-Sí, ellos viven muy cerca de las zonas de explotación, de la yerba mate y de los obrajes madereros. Pero lo que ven es lo que llega a las zonas urbanas donde viven; no se internan en la selva. Ni siquiera el propio Quiroga, que parece comenzar a entender la situación de los obrajes a partir de haber tenido alguna noticia de la obra de Barrett. No se trata meramente de “ver” la realidad que está delante de los ojos, sino de entenderla. Y para eso, la lectura de Barrett es iluminadora. Y él, a su vez, tenía en mente lo que ya se había escrito sobre la explotación del marfil y el caucho en el Congo belga, que fue aniquiladora: se habla de millones de víctimas.

-Hay otra coincidencia en los autores que usted elige, como el hecho de que den cuenta de esos temas en notas periodísticas.

-Sobre todo la crónica, se convirtió en un género muy adecuado para hacer circular este contra discurso. En eso, Barrett es un maestro: tiene una prosa exquisita, capaz de conmover, de indignar con sus denuncias. Puede ser durísimo o sutilísimo; tiene párrafos de una ironía devastadora. Además, tiene una visión geopolítica amplia y sofisticada. No se queda en el análisis de América del Sur y el avance del imperialismo norteamericano: pone los problemas de nuestra región en relación con el imperialismo europeo en África o en Asia, por ejemplo.

-El tema del indigenismo es uno de los núcleos su libro; el aborigen en su doble faz de indígena y proletario.

-Esto se ve especialmente en El tungsteno, de Vallejo. En este aspecto, el peruano es tributario de la discusión que se estaba dando en su país, que estaban dando otros intelectuales, como Mariátegui. Y, una vez que se hizo comunista, Vallejo profundizó su reflexión sobre la relación entre la problemática indígena y la problemática del proletariado: que, en las ciudades, era coincidente por coincidencia de sus protagonistas.

-¿Es una paradoja que estos relatos sobre esas zonas aisladas sea producidos desde las ciudades?

-Es interesante, porque las ciudades son el lugar desde donde llega el impulso explotador, porque desde ellas se exporta el recurso. Pero también son condición de posibilidad de la denuncia, porque se trata de ciudades cosmopolitas desde las que se publican diarios y revistas que luego se difunden por toda América Latina. Porque estos intelectuales conformaron redes de intercambio: no estaban aislados. Y en esto, las ciudades fueron fundamentales: allí llegaban las publicaciones, desde allí salían; allí se daban charlas exclarecedoras, se organizaba el anarquismo, el socialismo, el comunismo.

-Es interesante la vastedad de conocimientos de Barret quien, con prosa impecable,denuncia explotación, saqueo y represión, pero además la vida sexual de las víctimas, la tristeza de sus niños, la explotación en África, entre una variedad de temas que domina.   

-Barrett es un escritor extraordinario, que en apenas siete años que estuvo en América del Sur, escribió el equivalente textos periodísticos como para ocupar cuatro volúmenes de trecientas páginas, como muestra la compilación más exhaustiva realizada hasta hora. Llegó a Buenos Aires en 1903 y empezó a publicar. Luego, entre 1904 y 1908, lo hizo desde Asunción. Y luego entre Montevideo y una estancia en Paraguay. Hasta que, agobiado por una tuberculosis fulminante, viaja a Francia en 1910, en busca de una cura milagrosa que no llega. Muere en el hospital de Arcachon en diciembre de ese año.

-Dice usted además que en esas condiciones de apropiación de vidas y recursos, la naturaleza se vuelve un castigo para la misma gente explotada, ¿podría explicar este punto?

-Estas obras muestran que los grupos sociales vinculados a la extracción de estos recursos —los mineros, los mensús de los obrajes, los trabajadores de las haciendas azucareras— quedan inermes frente a los poderes de la naturaleza por causa de la situación de explotación a la que son sometidos. La naturaleza no es hostil con aquellos que tienen los medios para protegerse de ella; sólo aquellos que están debilitados y desprovistos de medios debido a la explotación, sucumben a ella.

-¿Por qué se estigmatizó a esta narrativa como literatura realista, naturalista que no pasaba de una prosa lineal de denuncia social?

-En gran medida, esto se debe al éxito tremendo de la literatura del boom, de García Márquez, de Vargas Llosa, de Carpentier, entre otros. Esta literatura, que trabajó otros estilos, opacó la anterior, tanto frente al público como frente a los académicos. Lo notable es que una no hubiera sido posible sin la otra, como vemos en el ejemplo que di de Cien años de soledad o La hojarasca. Pero la narrativa de denuncia no tiene por qué ser menos sofisticada estilísticamente: eso lo podemos decir después de ver con qué dedicación un autor como Vallejo trabajó para desarrollar un modo de hablar del imperialismo que fuera impactante, que movilizara a la acción. Y que alcanzara a muchos lectores. El tungsteno no es fruto de un arranque, sino de un trabajo cuidadoso en la construcción de un estilo que provocara indignación y rechazo hacia lo que se estaba denunciando.

-Estos escritores que a inicios del siglo XX e incluso en décadas posteriores debaten el tema del antiimperialismo y la identidad latinoamericana, ¿son ahora un dato del pasado o una cuestión retomada por los escritores de las últimas décadas?

-Es cierto que la literatura actual parece más divorciada de esta problemática. Trata de política, cuando lo hace, de manera más intimista o indirecta. Pero este contra-discurso persiste en el cine. Un film como Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain, o También la lluvia, estrenada en 2010 de la directora española Iciar Bollaín y con guión del escocés Paul Laverty, presentan la problemática del imperialismo y los recursos naturales de una manera muy afín a las obras de las que hablamos.

-Más allá del afán clasificatorio –“novela de la tierra”, “social”, “regionalista”, ¿cree usted que en los últimos tiempos los críticos han  revalorizado esa literatura por sus temas y valores formales?

-Sí, eso puede verse tanto entre académicos latinoamericanos como de los Estados Unidos. Sin embargo, queda mucho camino por recorrer.

Leer el artículo aquí