Indígenas de Perú y Bolivia, en pie de guerra contra mineras y petroleras del Amazonas

Los grupos indígenas del Amazonas se ven amenazados por la expansión de las industrias extractivistas y el agronegocio en esta selva, una de las mayores biodiversidades del planeta. Denuncian que la actividad minera y los negocios petroleros contaminan el agua de la cuenca y malogran el bosque, pieza clave de su subsistencia. En Perú los persigue la fiebre del oro y el mercurio, mientras que en Bolivia, la del combustible.

Los indígenas amazónicos amahuacas fueron asesinados y esclavizados hace un siglo durante la fiebre del caucho. Aunque ahora sus territorios están demarcados, la lucha por la vida continúa, porque ahora están cercados por los mineros hambrientos de oro.

“Las venas del petróleo pasan por medio del monte. ¿Quién sabe qué cambios va a tener nuestra selva, si las plantas darán o no, o algunas se mueran?”, se pregunta por otro lado Juana Ramírez, una joven de Las Mercedes, una de las cuatro aldeas del Territorio Tacana II, a las que se llega navegando por el río Madre de Dios.

La lucha de los Amahuacas

En la selva central de Perú se ubican los Amahuacas, quienes protegen sus 4400 hectáreas de selva, cuyo título revalidaron en junio. A pesar de contar con cierta seguridad jurídica, aún temen por los efectos de la megaminería.

Esta es una de las 38 comunidades nativas de Madre de Dios, la región amazónica de Perú más devastada por la minería ilegal y contaminada por el mercurio usado para extraer oro. “La minería deja el agua sucia, contaminada, ya no hay peces. Aparte de eso está malogrando el bosque por otros lados y se ve feo”, dice Adela Aguirre, integrante de la comunidad.

Según la Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad), que vela por los derechos indígenas en Madre de Dios, en 11 de las 38 comunidades hay concesiones mineras entregadas por el gobierno regional, y una de ellas cubre el 100% del territorio de los nativos.

El alza del precio del oro durante la crisis de 2008 aumentó el interés por el metal y atrajo a la región a miles de mineros ilegales, dando origen al poblado minero La Pampa

Las autoridades reportan 11.000 hectáreas deforestadas en la región de Madre de Dios solo en 2017, la tasa más alta de los últimos 17 años. Entre 2001 y 2016 fueron depredadas dos millones de hectáreas de bosque amazónico peruano.

Como decenas de pueblos amazónicos, los amahuaca fueron masacrados y esclavizados por los extractores de caucho a fines del siglo XIX e inicios del XX. Sin embargo, el alza del precio del oro durante la crisis de 2008 aumentó el interés por el metal y atrajo a la región a miles de mineros ilegales, dando origen al poblado minero La Pampa, que fue desmontado en febrero pasado, pero líderes indígenas advierten que los mineros ilegales siguen al acecho.

La minería aurífera solo deja un rastro de deforestación y contaminación de las aguas con mercurio. Los peces que comen los nativos tienen el metal pesado. “El mercurio se enmascara en casi 160 síntomas”, que van desde un dolor de cabeza, pérdida de sueño, irritabilidad y alergias hasta cáncer, enfermedades cardíacas o del páncreas y daños en los cromosomas, dice el director nacional del Centro de Innovación Científica Amazónica, César Ascorra, con 25 años de trabajo en Madre de Dios.

Los tacanas, acorralados por las exploraciones de petróleo y la minería

En esta región del noroeste boliviano, la preocupación pasa por los proyectos petroleros que se asientan en la zona. Para los tacanas, la selva es su modo de subsistencia. De ella toman las Castañas de Brasil, un fruto seco nativo que venden, carne de animales para comer y plantas como el cajú para curarse de la diarrea, la chuchuwasa para la artritis o la raíz de motacú para desparasitarse. También temen que se modifique su territorio por un proyecto que busca construir una autopista para transportar el combustible.

“Estamos hablando de uno de los territorios mejor conservados de la Amazonía” boliviana, dice Luis Arciniega, del programa estatal Empoderar, que ejecutó un proyecto para comercializar las castañas de los tacanas, financiado por el gobierno de Evo Morales en “compensación” por el comienzo de las exploraciones de petróleo.

“Se podía decir no [al proyecto], pero había una presión fuerte por parte del Estado, hubo unas amenazas fuertísimas”, cuenta Rolando Justiniano, presidente de las comunidades del territorio Tacana II, que incluye las aldeas de Puerto Pérez, Toromonas, El Tigre y Las Mercedes.

Con apoyo de organizaciones defensoras de derechos indígenas, Tacana II consiguió casi 500.000 dólares de compensación por el impacto ambiental causado por la prospección, equivalente a unos 500 dólares por habitante

Las exploraciones se hicieron en 2018, después de tres años de difíciles negociaciones entre la comunidad y la petrolera estatal YPFB.

Con apoyo de organizaciones defensoras de derechos indígenas, Tacana II consiguió casi 500.000 dólares de compensación por el impacto ambiental causado por la prospección, equivalente a unos 500 dólares por habitante. Ese dinero “no va a compensar la riqueza que tenemos en nuestro territorio”, advierte Justiniano con preocupación.

Cuando cayó a la mitad la producción de castañas de Brasil también se redujeron los ingresos de los tacanas, por eso algunas familias comenzaron a buscar oro en el río (bajo regulación del Estado). “Yo tengo una balsita, pero yo estoy de acuerdo con hundirla o hacer desaparecer mi balsa pero siempre y cuando haya una fuente de trabajo en mi comunidad”, dice Teodocia Castellón, madre de cuatro hijos.

La minería cambia los cursos del río y con ella “afectas pesca, afectas transporte, afectas fauna (porque) trabajas las 24 horas y hay ruido”, dice el biólogo peruano César Ascorra, director del Centro de Innovación Científica Amazónica. El mercurio causa serias enfermedades, se queda en el río y contamina los peces consumidos por la gente, explica.