Hijos, árboles y libros

Latinoamérica
Fernando Falconí Calles

Dos semanas tardaron Gabo y su esposa en cumplir la fatigosa travesía en autobús desde Nueva York hasta la capital mexicana a la que llegaron “sin nombre y sin un peso en el bolsillo”. Amigos solidarios ayudaron a la subsistencia y lo hicieron sentir como en casa. El país fue campo fértil de cultivo para construir su enorme obra, su familia, y las amistades.

Una de las últimas imágenes de Gabriel García Márquez - Foto: Archivo

Fernando Falconí Calles – El Telégrafo (Ecuador)

Según un antiguo refrán, hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol antes de morir; Gabriel José de la Concordia García Márquez cumplió estas tres acciones en México, país al que llegó en 1961 “sin nombre y sin un peso en el bolsillo”. Dos semanas tardaron el Gabo y su esposa en cumplir la fatigosa travesía en autobús desde Nueva York hasta la capital mexicana.

Una fuerte amistad que lo unía con su compatriota y poeta Álvaro Mutis y con el intelectual catalán Luis Vicens impulsó su viaje a la ciudad de México, donde pasó la mitad de su vida, alternando temporadas en Cartagena y Barcelona. El padre del realismo mágico encontró un refugio en la capital mexicana en donde escribió la mayor parte de su obra, cultivó su fama y recibió, en 1982, el anuncio de que le otorgarían el premio Nobel de Literatura. 

“Gabo llegó con una mano delante y otra atrás a México y fueron los amigos los que le hicieron sentirse en casa, los que le ayudaron a salir adelante”, explicó el escritor e historiador mexicano Jorge Hernández. Los García-Barcha tenían ya dos hijos: Rodrigo y Gonzalo; la situación económica era muy crítica. Amigos solidarios, como el matrimonio García-Elió, fueron determinantes para la subsistencia del colombiano y su familia. Les llevaban comida a su casa del barrio de San Ángel y compartían animadas noches de tertulia; además, escuchaban -admirados- los textos del Gabo.

” Una fuerte amistad que lo unía con su compatriota y poeta Álvaro Mutis y con el intelectual catalán Luis Vicens impulsó su viaje a la ciudad de México, donde pasó la mitad de su vida, alternando temporadas en Cartagena y Barcelona. El padre del realismo mágico encontró un refugio en la capital mexicana en donde escribió la mayor parte de su obra “

Cuando el maestro Gabriel se dedicó a tiempo completo a escribir “Cien años de soledad”, debían nueve meses de alquiler y no tenían dinero para enviar el texto de la novela -ya concluida- a la editorial en Buenos Aires. “Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos que no pensamos demasiado en la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a la Argentina sólo la mitad, sin darnos cuenta de que enviamos la parte final del libro”, relató García Márquez. A base de préstamos pudieron reunir el dinero que faltaba para enviar el resto de la novela que lo llevó a la fama literaria.

Elena Poniatowska, ganadora del Premio Cervantes 2013, estuvo presente en uno de los episodios de la vida de García Márquez ocurrido en 1976 cuando, a la salida de una función de cine en ciudad de México, el escritor peruano Mario Vargas Llosa “le dio un puñetazo y lo tiró al suelo; estábamos totalmente aturdidos y asombrados”, recordó doña Elena, que se apresuró a conseguir un filete de carne y colocarlo en el maltrecho ojo del colombiano, sin entender los motivos del incidente que acabó con la amistad de los dos escritores. 

Salvo este lamentable acontecimiento, México fue para García Márquez un fértil campo de cultivo de  buenas amistades: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Emilio Pacheco y el cineasta español Luis Buñuel.

En 1983 García Márquez reconoció: “Aquí he escrito mis libros, aquí he criado a mis hijos, aquí he sembrado mis árboles”. El 17 de abril de 2014, en ciudad de México, el maestro -luciendo un vistoso sombrero vueltiao- tomó el tren para participar en largas y divertidas tertulias con la familia Buendía, allá en Macondo.

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