La verdadera batalla se da en el estilo

Argentina

El escritor argentino Rodrigo Fresán cuenta que la escritura fue su recurso para hacer una comedia de la tragedia de vivir, y lo hace con una frescura que fascina y provoca. Su estilo pone en jaque al entrevistador y muestra en ese acto su manera de pensar lo que se produce en la creación literaria. Escribe porque sabe leer, y eso le pasa desde los 5 años.

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Víctor Vimos – El Telégrafo (Ecuador)

Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) ve algo en común entre J.D. Salinger y Bob Dylan: dos hombres haciendo las cosas a su manera sin que les importe el qué dirán. Quizá esa definición también sirva para hablar de él: dueño de una de las obras más importantes en el habla castellana actual, Fresán encuentra en su trabajo el mejor intento por desconectarse del mundo. Y lo logra.

El autor de Historia Argentina (1991), vive hace 15 años en Barcelona desde donde escribe cada vez más convencido de que lo importante es el estilo y no querer ser un escritor. Su novela, La velocidad de las cosas (1998), lo consagró como una de las voces referenciales de la narrativa continental. De ahí en adelante, cada entrega suya ha implicado una forma única de compartir con el lector la imaginación de un mundo, de un universo irrepetible.

En conversación exclusiva con CARTÓNPIEDRA, Rodrigo Fresán nos acerca algunas reflexiones del oficio, la vida y la creación.

– Su deseo de ser escritor ha estado presente antes de que supiera leer y escribir. Y lo ha logrado. ¿Qué lugar ocupa, por ejemplo, el talento en tu oficio creativo?

– Me toca pensar y reflexionar sobre el talento de los demás. Sobre mi propio talento tienen que pensar otros. Nunca me miro al espejo y digo: “qué talentoso que soy”, “qué talentoso me levanté hoy”, “ojalá mañana me levante más talentoso que hoy”. Sí, tengo una mínima percepción que escribir y leer es lo único que hago más o menos bien pero no voy más allá de eso. Sí, establezco comparaciones con cosas mías, me mido de manera bastante implacable y sin anestesia conmigo mismo, pero no lo pienso en términos de talento. Pienso en términos de buena hechura.

Además, el talento también es condición y palabra muy ambigua: se puede tener talento para una cantidad de cosas bastante despreciables. Se puede hacer muy bien cosas malas.

– Un elemento afín a su elección ha sido la lectura. ¿Es un paso automático el que lleva de ella a la escritura?

– Cuando uno escribe está leyendo. Uno es el primer lector siempre. La sola transcripción de la escritura se asemeja a copiar o leer algo que está dentro de tu cabeza, y el desafío es llevarlo tal cuál desde tus pensamientos hasta la punta de tus dedos. Para mí es un proceso mágico e inexplicable el que se te metan unos 30 signos por tus ojos y lleguen hasta la cabeza para configurar todo un mundo. Es un proceso bastante milagroso y sobre el que no me interesa mucho conocer el truco o el método que reposa detrás.

No creo que la literatura sea o tenga que ser una ciencia exacta. Hay escritores que creen que la literatura es otra de las ciencias exactas y toda mi admiración para ellos, y hasta un poco de envidia porque debe ser un poco más sencillo moverse con tanta claridad. Pero para mí, en la niebla —y en el moverme entre ella—, hay una gran dosis de placer y de sorpresa.

Si tengo que pensar en las cosas que he hecho como hallazgos, la mayoría de ellas se han producido en la niebla.

– ¿Habla de escribir sin certezas?

– Es casi el mismo grado de incertidumbre que tiene un lector cuando lee un libro. Se pregunta qué pasará. En ese sentido uno siempre está escribiendo, reescribiendo y editándose. Incluso cuando hace memoria de la propia vida.

– ¿Aporta la intuición en ese camino?

-No sé si es intuición. Para mí  es como nadar o andar en bicicleta. Es una cosa que, cuando la sabes hacer, te lleva a desarrollar un cierto sentido del equilibrio. Es algo que no deja de ser un oficio y no deja de ser un ejercicio del músculo que se llama cerebro.

– Y de memoria. Sino pensemos en su aseveración que es la infancia la que te da todos los insumos para escribir.

– La mía es una infancia muy tumultuosa, muy complicada, pero muy creativa y muy divertida. Todos los elementos de mi infancia podrían servir para armar una tragedia pero yo he armado una especie de comedia de errores y colores, una especie de género vertiginoso y loco. No tengo deudas pendientes, rencores y nada que se les parezca. Fue una infancia bastante movida, atravesada también en algún momento por la parte más siniestra de la historia Argentina. La verdad que no la cambiaría por otra.

– El uso de la palabra para recrear, por ejemplo, esos años infantiles, propone algunos retos.

– Sí. Creo que los retos pasan por el estilo, por llegar a desarrollar un estilo. Hay escritores a los que no les interesa esa idea. Y hay lectores a los que no les interesa en absoluto. Incluso el estilo les perturba un poco y prefieren una escritura más lineal, más visual, más cercana al cine. Pero a mí  me parece que la verdadera batalla —y es verdadera y gozosa—, se da en el terreno del estilo.

La trama también es importante pero a veces ocurre que ellas terminan siendo parte de tu estilo.

– ¿Esa batalla implica también pelear contra el lenguaje?

– Yo no me peleo con el lenguaje. Yo me llevo muy bien con él. No tengo una relación de lucha y de conflicto. Ni siquiera tengo sensación de estar domesticando algo. No siento que te tengan que pasar cosas para escribir.

– Quizá ese abuso de la experiencia haya llevado a que en este momento, como asegura, exista gente más interesada en ser escritor que en escribir.

– En mi último libro hago una broma sobre eso. Digo que hay gente que tiene tantas ganas de ser escritor que incluso está dispuesta a escribir. Hay mucho de eso. Hay mucho advenedizo. Además es un poco raro, porque yo entiendo que quieran ser millonarios o inmiscuirse en el mundo de las finanzas pero la idea de que alguien quiera ser escritor me parece tan poco atractiva. Que si lo que les gusta es viajar, que les saluden y que les hagan entrevistas, hay oficios mucho más redituables para eso: actor de cine o jugador de fútbol, por ejemplo.

– ¿Ese interés por querer ser escritor podría erosionar temas como la responsabilidad real con la literatura?

– Yo no lo veo en términos de responsabilidad. Lo veo en términos de que me gusta hacerlo. No estoy ni haciendo patria ni salvando a la humanidad ni algún tipo de canon estético. En absoluto. Yo escribo porque me gusta hacerlo. Y me gusta que me guste lo que hago. Ahí hay cierta preocupación pero supongo que cuando te haces un bocadillo también te gusta que esté bien hecho. No hay mucho más que eso.

– Pero en ese gusto resaltan algunas preocupaciones. La estética, por ejemplo.

– Sí. Pero ni siquiera las llamaría preocupaciones. Las llamaría gusto. Si uno escribe es porque lee, porque le gustó determinado escritor, porque le gusta acercarse un poco a eso. Es todo bastante más sencillo el afuera. El adentro sí es arduo y es complicado y siempre es mejorable. Nadie te da nunca un diploma que dice que ya seas escritor. Esta es una profesión en la que, salvo que tengas la horrible e injusta suerte de ser arrasado por una enfermedad degenerativa, tu mejor libro siempre puede estar por delante. A diferencia de lo que pasa en otras profesiones, donde la edad y el paso del tiempo son condicionantes muchos más claros.

– ¿En el adentro, el impulso creativo sigue teniendo peso con el paso de los años?

– Es
que nunca fue un peso. Con toda la imaginación que tengo como escritor no puedo imaginarme siendo otra cosa. Hasta ahí no llega mi imaginación, no concibo una vida alternativa. Obviamente es una vida mejorable en términos de confort y de tranquilidad económica. Pero en lo que hace al acto mismo de la escritura no hay más. Nunca tuve un ‘plan B’. Nunca hubo ninguna opción en ese sentido.

– ¿Y si fracasaba?

– Me da un poco de miedo imaginar eso. No lo sé. No sé qué hubiera pasado de no haber podido llegar a ser escritor. La verdad que probablemente estaría en política. Sería Agregado Cultural.

– ¿Está completa la figura del escritor con la publicación? ¿Esta es indispensable?

– No. Puedes ser un genio, ser inédito y que te descubran después de muerto. Pero yo me acuerdo perfectamente el día en que me dieron el primer ejemplar de mi primer libro y lo puse en la biblioteca; es una sensación importante en la biografía de un escritor. Haber accedido a reencarnarte en el objeto libro y, si tienes tu biblioteca ordenada alfabéticamente, ponerte en la letra F, cerca de Faulkner, Foster, Fitzgerald, es un grato recuerdo. Solo ahí, cerca.

– ¿Con cada libro se renueva su incertidumbre?

– Creo que si alguna vez se levanta toda la niebla ya no tiene mucho sentido escribir porque realmente uno está tratando de definir lo que entrevé. Si lo ves claramente, definirlo tal vez no sea tan grande. También hay posibilidad de que no lo veas bien y que no lo estés describiendo tan precisamente. También de ahí surgen muchos de los grandes hallazgos que pueden llegar a haber en la obra de alguien.

– Uno escribe el texto, no el subtexto.

– Sí. Muchas veces lo que acaba siendo tu estilo es el producto de sucesivos errores y de imposibilidades de alcanzar algo. Tal vez fuiste arrastrado por el viento en otra dirección y eso acaba siendo tu estilo.

Yo desconfío mucho de los escritores que escriben decálogos y que tienen aparentemente certezas absolutas. Ese no es mi caso.

– ¿Piensa en un lector específico cuando lee?

– No. Cada vez tengo más sorpresas en cuanto a mis lectores. Me gusta imaginar que son muy parecidos a mí pero más inteligentes que yo. En términos ideales. Tienes los encuentros justos y parciales que corresponden y que son gratificantes, pero no estaría todo el tiempo conociendo a mis lectores. Me parece que para eso están mis libros.

– ¿Aun cuando el paso del tiempo se empeñe en erosionar ciertos materiales de la escritura?

– Con el tiempo estás más cansado, te cansas más rápido. Fui padre tardío: mi hijo va a cumplir 8 años ahora y la verdad es que me la paso muy bien con él. Esa es una distracción que antes no tenía, y la tentación de dejar de escribir para irme a jugar con mi hijo siempre es muy grande.

– ¿También se fatiga el lenguaje?

– No. El lenguaje es inagotable. El lenguaje nos va a sobrevivir a todos y está bien que así sea.

– ¿A pesar de que las palabras en boca de los políticos, por ejemplo, se devalúen sin remedio?

– Eso no es lenguaje, eso es jerga. Es algo diferente. Es una mutación del lenguaje.

– Vive en Barcelona cerca de dos décadas. ¿Fue necesario salir de Argentina para ser un extranjero?

– En lo que es la tradición argentina, Borges tiene este ensayo que para mí es muy iluminador: El Escritor Argentino y la tradición. En él, Borges dice, parafraseo su frase, “en tanto estamos obligados a sufrir la fatalidad de ser argentinos, por lo menos consolémonos con el hecho de que nuestro patrimonio y nuestro tema es el universo”. En ese sentido la literatura argentina es muy diferente a otras latinoamericanas. No está muy preocupada por la gran novela, y probablemente sea la única literatura mundial en la que sus escritores canónicos están apoyados en el género fantástico. Creo que no hay otro país donde suceda eso. No es normal. Y me parece bueno.

– ¿Hay algo que le incomode de esa tradición?

– Alguna cosa sí. Pero son elementos que me incomodan con lo argentino en general. Transpiran a lo literario pero no son estrictamente literarios, son más culturales en general. Llamémolos así.

– ¿Con el paso de los años y la distancia cómo ve a la tradición narrativa de su país?

– La tradición de mi país es muy generosa. Básicamente todos los escritores argentinos somos freaks: Borges es un freak, Fogwill, Piglia, Alan Pauls, Yo… somos unos freaks. No hay una conciencia de generación. El boom no pasó por Argentina. Bueno, estaba Cortázar como una especie de elemento un poco exógeno, pero tampoco hubo un gran escritor del boom. Estamos bastante liberados de una cantidad de taras como esas. Somos países independientes entre nosotros y hacemos lo que queremos.

– Usted sigue escribiendo periodismo, por ejemplo.

– Sí. Pero creo que está más cerca del deporte que de la escritura en el sentido en que necesitas estar en buen estado físico, un cierto interés, un cierto entusiasmo.

– ¿Cómo ve la proliferación en la región de lo que se denomina como “boom de la crónica latinoamericana”?

– Supongo que tiene que ver con las redes sociales. Hay una especie de proliferación de lo confesional. La mirada de lo que pienso, de lo que digo, de lo que me parece y eso evidentemente transpira a otras zonas. Pero ya pasará. Y quedarán los que tengan que quedar, por supuesto.

– ¿En cuánto le aporta a un escritor su presencia en la esfera pública?

– A mí no me interesa mucho. Soy un gran consumidor de biografías y de diarios. Me gusta ver escritores y me gusta que me firmen el libro, pero a mí no me gusta hacerlo. Elijo muy cuidadosamente mis apariciones públicas, súbitas manifestaciones. Como la virgen, aparezco de tanto en tanto.

– ¿Es más importante para usted el silencio?

– Creo que en términos ideales la mejor versión tuya tiene que ser el libro. Me parece completamente anticlimático y, a veces, muy decepcionante lo que tienes para mostrar en persona. No es tu parte más presentable, seguro.

– Precisamente el silencio no parece ser un buen aliado de los escritores jóvenes. ¿Llegarán a ser escritores viejos?

– Problema de ellos. Yo ya di. Buena suerte a todos. Que sean muy felices. Y lo digo en el buen sentido: algunos llegarán, otros se quedarán por el camino, y otros un día despertarán y dirán “si yo no quiero ser escritor”.

Para la práctica literaria, a diferencia de cualquier otra práctica artística, tienes las herramientas y los conocimientos necesarios a los 5 años: leer y escribir. Además, con un lápiz y un papel puedes escribir el mejor libro de toda la historia de la humanidad, si tienes el genio y el talento. La gente fantasea con escribir en algún momento porque lo ve fácil pero después se da cuenta de que no es tan sencillo.

Se trata de contar una historia de la mejor manera posible. No hay más que eso.

 

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