El fin de la política como negocio

Brasil

Hasta ahora la legislación autorizaba las donaciones de empresas privadas a partidos políticos y candidatos. Ahora, la decisión del Supremo Tribunal Federal (STF), avalada por la presidenta Dilma Rousseff, de prohibir el financiamiento privado de las campañas, termina con el manejo por parte de los lobbies de la actividad parlamentaria y la actividad política como mercancía.

Diputados muestran carteles en el Congreso contra el financiamiento privado - Foto: Archivo

Emir Sader – Blog (Brasil)

En nuestros sistemas políticos representativos, los cargos ejecutivos representan a la mayoría de la población. Los legislativos deberían representar a las distintas posiciones en sus debidas proporciones, reflejando la diversidad  -social, política, cultural- de la sociedad.

Sin embargo, no hay nada más opuesto de cara a la sociedad brasileña que la composición de los parlamentos en todos los niveles. Es como si los congresos fuesen la sociedad invertida: hay muchos más parlamentarios representando el agronegocio que a los trabajadores rurales en tanto que, en la realidad del campo, son millones de trabajadores trabajando la tierra por un lado y un puñado de dueños del agronegocio por otro.

Ocurre que, entre la realidad concreta de esa representación invertida interviene el poder del dinero, produciendo todas esas distorsiones. Si los discutidos por el Congreso fuesen debatidos y definidos por la sociedad realmente existente, frecuentemente las resoluciones serían lo opuesto de lo que los parlamentarios deciden.

El financiamiento privado de la campaña eligió, hasta aquí, no bancadas de partidos, sino de empresas que los financian, los conocidos lobbies: del agronegocio, de la educación privada, de los medios de comunicación, de la bala, de la vaca, de los evangélicos, de los planes privados de salud, etc, etc. El financiamiento es una inversión, que tiene como retorno el apoyo a los intereses de los que financian a los parlamentarios. Es en realidad una compra de sus mandatos por parte del dinero que los financia. Convierte  abiertamente la vida política parlamentaria en un negocio.

” El financiamiento privado de la campaña eligió, hasta aquí, no bancadas de partidos, sino de empresas que los financian, los conocidos lobbies […] El financiamiento es una inversión, que tiene como retorno el apoyo a los intereses de los que financian a los parlamentarios. Es en realidad una compra de sus mandatos por parte del dinero que los financia “

Es el neoliberalismo invadiendo la política. La concepción de que todo tiene precio, todo se vende, todo se compra, todo es mercancía. Entonces los parlamentarios y partidos enteros son reducidos a mercaderías, compradas, vendidas, reduciendo a eso lo que debería ser la voluntad popular.

Los datos muestran que los parlamentarios que más fueron financiados por las grandes empresas, son los más votados. Que un total de menos de 10 grandes empresas son responsables por la elección de la mayoría de los parlamentarios.

El retiro del financiamiento empresarial puede representar la verdadera posibilidad de elegir congresos  con la cara del pueblo y no de sus élites.  Debe haber un rígido control -tal vez llevado a cabo por la OAB- de las campañas, además de la posibilidad de una disputa menos desigual y real. Menos desigual, porque los medios seguirán siendo un instrumento de promoción de las candidaturas conservadoras, además de las escandalosas campañas regadas de dinero, con vallas publicitarias, carteles, encuestadores, etc, etc.

Pero será necesario también un cambio de actitud de los movimientos populares en relación a la lucha política. La influencia liberal llevó a la exaltación de la “sociedad civil” y al desprecio por la política, por los partidos, por los gobiernos, típico de las ONGs. Como la vía insurreccional actualmente es inviable, porque la correlación de fuerzas llevaría a una masacre de los movimientos populares que se aventurasen por esa vía, la alternativa para realizar las profundas transformaciones necesarias para democratizar radicalmente nuestra sociedad pasa por la democratización del Estado y de la política. Probablemente incluso la refundación del Estado pero, de cualquier manera, evitar retrocesos y seguir adelante, requiere de una mayoría popular, de izquierda, en el Congreso.

Para eso, es necesario elegir bancadas que representen directamente al movimiento popular, por ejemplo, de la educación pública, de la salud pública, de los sectores del movimiento sindical, metalúrgicos, bancarios y tantos otros. Traducir la mayoría social en mayoría parlamentaria. Sólo cuando la izquierda consiga mayoría en el Congreso, podrá desligarse de aliados incómodos y podrá realizar su programa político.

El fin del financiamiento empresarial es una gran oportunidad para realizar eso.

Paulo Nogueira – Diário do Centro (Brasil)

¿Conoce este Congreso basura que tenemos?

Porque si.

Es el peor Congreso que el dinero podía comprar.

Por esto tiene que ser muy bien recibido el veto de Dilma al financiamiento privado de las campañas. Porque es así, con el dinero torrencial que las empresas colocan en candidatos que después van a defender sus intereses, que se montó este Congreso que juega a la espalda de Brasil.    

El financiamiento privado de las campañas es la forma en que la plutocracia toma por asalto la democracia.

Las corporaciones llenan de dinero para sus campañas a figuras como, para dar un caso ejemplar, Eduardo Cunha.

Y después viene la factura.

Porque no es un dinero dado, o donado. Es un dinero fríamente invertido, como una decisión de negocios.

Si el candidato no cumple con las expectativas, es decir, si no hace lo que las empresas quieren que haga, adiós. No hay más dinero, no más elecciones, no más facilidades, no más privilegios.

Si se rastrean las decisiones de los políticos se verá la íntima conexión con los millones que recibieron de sus patrocinadores.

” El financiamiento privado de las campañas es la forma en que la plutocracia toma por asalto la democracia. Las corporaciones llenan de dinero para sus campañas a figuras como, para dar un caso ejemplar, Eduardo Cunha. Y después viene la factura. Porque no es un dinero dado, o donado. Es un dinero fríamente invertido, como una decisión de negocios “

El veto de Dilma es un paso gigantesco para la moralización de Brasil.

En el dinero privado de las campañas está la raíz de la corrupción. Y la fuente primaria a partir de la cual la corrupción se propaga.

Tan combatida, Dilma pasará a la historia como la ocupante del Planalto que hizo finalmente un cambio vital en la estructura política, partidaria y social de Brasil.

Ella tenía un mérito lateral en el proceso.

Cosechó los frutos de un Supremo Tribunal Federal (STF) al cual dio aires decentes, con el ingreso de magistrados como Teori y Barroso, por no hablar de Fachin.

Este STF es inmensamente superior de aquel que hizo el circo de Mensalão. Aquel ciertamente no habría aprobado el fin del financiamiento privado porque hubiera tenido miedo de incurrir en el temor a los medios a prensa.

Gilmar Mendes, que era uno de los símbolos de aquel STF, hoy es una voz aislada.

Fracasó en su miserable chicana para mantener el financiamiento privado. Retenida, por una visión de pacotilla, por más de un año de proceso en el SFT cuando el recuento de votos ya mostraba la decisión que finalmente sería tomaría.

Curioso que, ahora, él trate desesperadamente de retomar el proceso en el STF, sobre argumentos tan bisoños como los presentados por Eduardo Cunha para realizar nuevas votaciones cuand
o es derrotado en la Cámara.

Mucho más que Lava Jato, mucho más que Sergio Moro, el fin del financiamiento privado es vital para reducir la corrupción a niveles “decentes”. 

Y esto sucedió en 2015, año de martirio para Dilma, y también de gloria por este cambio que habrá de devolver el congreso al pueblo y sacarlo de la plutocracia que lo ocupó con sus monedas.

 

Leer artículo de Emir Sader en portugués aquí

Leer artículo de Paulo Nogueira en portugués aquí