"Terrorismo" y ambiguedad

Cuba

La isla fue retirada de la lista de países terroristas. El fin de la criminalización de Cuba es un gesto de respeto, aunque las contradicciones de Estados Unidos son cada vez más evidentes. Uno de los mayores obstáculos hacia el restablecimiento de las relaciones entre ambos fue superado, pero continúan las visitas de Barack Obama a los antirevolucionarios de Miami y el bloqueo. 

Barack Obama- Foto: archivo

Rosa Miriam Elizalde- Cubadebate (Cuba)

El hecho pone fin a una larga injusticia, aunque apenas aparezca mencionado en los diarios estadounidenses de la mañana. Algunos se han limitado a replicar en las páginas interiores un despacho de agencia, en el que se recuerda que la salida de Cuba de la lista fue notificada por el presidente Barack Obama al Congreso el pasado 14 de abril, y que el proceso concluirá con la formalidad de un aviso en el Federal Register, la Gaceta oficial estadounidense, cosa que ocurrirá probablemente el lunes.

Hasta aquí los datos fríos. Quizás si no hubiera estado en Washington DC esta semana, no habría reparado en algo de lo cual me habló hace unos años el estadounidense Saúl Landau, cineasta, escritor, luchador infatigable por el regreso de los Cinco a la Isla, quien murió sin verlos de vuelta en Cuba. La Casa Blanca y el Capitolio –la sede del Congreso- están solo a unas pocas millas de distancia del Sheridan Circle, el lugar donde estalló la bomba que terroristas cubanos, domiciliados en Miami, pusieron debajo del carro que manejaba el diplomático chileno Orlando Letelier, y que le costó la vida a él y a su secretaria Ronni Moffitt, en 1976. Fue la explosión más pavorosa que se sintió en la capital de Estados Unidos antes del 11 de septiembre de 2001, cuando un avión de pasajeros se incrustó en un ala del Pentágono, tras los atentados terroristas.

El Sheridan Circle es una rotonda muy concurrida y todavía hoy un punto obligado para llegar al centro de la ciudad, en uno de los barrios más lujosos del país, pespunteado de palacetes, embajadas y edificios fastuosos. No tendría por qué estar asociada hoy a Cuba y a una nefasta lista, pero allí está la tarja que recuerda el lugar exacto de la detonación y a sus autores materiales, una cuadrilla de cubanos, ahora vejetes, que siguieron matando gente después de este hecho y que han vivido un retiro apacible en Miami.

Estoy parada en el mismo lugar del cual, tantas veces, le escuché hablar a Saúl. Puedo imaginar con mayor precisión lo ocurrido el 21 de septiembre de 1976, a las 9:40 de la mañana, y hasta ver la mano, en el carro gris de los asesinos, que presionó un botón e hizo saltar el carro que manejaba Orlando Letelier. Michael Moffitt –el esposo de Ronni, que sobrevivió milagrosamente- escuchó el sonido como “agua en un cable caliente” y luego vio un “destello blanco”. Disparado del auto por la explosión, Moffitt intentó sacar del carro a Letelier, que estaba inconsciente cerca de él. Lo arrastró hacia el árbol más cercano, al borde de la rotonda. Las piernas del chileno se habían separado del cuerpo y con la detonación, estaban arrojadas a unos 15 metros de distancia de Orlando. Ronni Moffitt salió por su cuenta del Chevrolet azul incendiado. Parecía estar bien, pero en realidad un fragmento de metal le había cortado una arteria próxima a la garganta y pronto moriría ahogada en su propia sangre.

» A las víctimas del terrorismo tanto como a los terroristas, no hay que buscarlos lejos de la Casa Blanca y del Congreso, es lo que quería advertirme Saúl cuando me contaba del Sheridan Circle, siempre desbordado por las lágrimas. Él conocía perfectamente los vínculos de la contrarrevolución de origen cubano con el poder estadounidense y las dictaduras latinoamericanas «

Después se supo que Michael Townley, un norteamericano que trabajaba para la DINA -los servicios de inteligencia chilenos-, coordinó el plan bajo órdenes del dictador Augusto Pinochet. Townley reclutó al cubano Guillermo Novo y a su pandilla terrorista del llamado Movimiento Nacionalista Cubano, de Nueva Jersey, quienes lo ayudaron a adquirir los componentes para la bomba. Dos de ellos, José Dionisio Suárez y Virgilio Paz, se declararían culpables de “conspiración para el asesinato”. Cada uno fue condenado a 12 años y liberados bajo palabra después de cumplir siete. Esos dos iban en el auto que precedía al de Letelier cuando llegó al Sheridan Circle. Uno conducía el auto y el otro apretó los botones de control remoto que hizo estallar la bomba. Un jurado declaró culpable a Novo y a otros dos co-conspiradores, pero la decisión fue revocada en la apelación. Posteriormente Novo fue condenado solo por perjurio, por mentir al gran jurado acerca de su conocimiento del plan de asesinato.

Saúl repetía: “Es imposible que en la Casa Blanca y en el Capitolio no oyeran la detonación, y las sirenas de las patrullas, las ambulancias y los carros de bomberos que se dispararon por toda la ciudad”. Él había sido amigo de Letelier -canciller y ministro de Defensa de Salvador Allende- y le había cursado una invitación para trabajar en Washington, en el Instituto de Estudios Políticos (IPS), después que Orlando logró escapar de Chile, donde había estado un año preso tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

“El terrorismo, para los que lo experimentan, significa la muerte de familiares y amigos. Significa trauma futuro, sueños violentos y ansiedad a largo plazo. El terrorismo significa llevar el terror a los corazones y a las mentes, independientemente de que el medio seleccionado sea un avión a reacción, disparar cohetes, colocar artefactos explosivos o fijar una bomba con adhesivo a un automóvil”, escribiría Saúl, autor con John Dinges de un libro extraordinario, en el que se narran los entresijos políticos de este crimen, Assassination On Embassy Row.

» Por primera vez en más de 30 años, hay señales en el gobierno estadounidense de respeto por las víctimas cubanas y latinoamericanas del terrorismo. Me atrevería a decir que se honra también a amigos como Saúl Landau, que merecieron haber vivido para ver este momento y que tantas veces levantaron el lirio del sentido común frente a la muralla que criminalizaba a Cuba «

A las víctimas del terrorismo tanto como a los terroristas, no hay que buscarlos lejos de la Casa Blanca y del Congreso, es lo que quería advertirme Saúl cuando me contaba del Sheridan Circle, siempre desbordado por las lágrimas. Él conocía perfectamente los vínculos de la contrarrevolución de origen cubano con el poder estadounidense y las dictaduras latinoamericanas, que habían sacrificado a Orlando Letelier y Ronni Moffitt, tanto como a más de 3000 cubanos, que murieron a manos de sicarios protegidos por sucesivas administraciones en Washington.

Pero en una mañana espléndida como la de hoy, no en cualquier sitio sino de pie ante el discreto monumento de bronce y piedra dedicado a Letelier y a Moffitt en el Sheridan Circle, siento que comienza a repararse una enorme injusticia y que, por primera vez en más de 30 años, hay señales en el gobierno estadounidense de respeto por las víctimas cubanas y latinoamericanas del terrorismo. Me atrevería a decir que se honra también a amigos como Saúl Landau, que merecieron haber vivido para ver este momento y que tantas veces levantaron el lirio del sentido común frente a la muralla que criminalizaba a Cuba.

Y como es posible soñar cuando aparece cierta justicia, al anunciarse formalmente que la Isla salió de la lista en la que nunca debió estar, quizás hasta le escuchemos a John Kerry decir algo parecido a lo que expresó en el 2008, cuando EEUU decidió, después de sesenta años, sacar al africano más prestigioso del mundo, Nelson Mandela, de otro tenebroso catálogo: “Ayudará a borrar por fin la enorme verg
üenza de haber deshonrado a este gran líder, incluido en la lista de terroristas de nuestro Gobierno”.

 

Nydia Egremy Pinto- Telesur (Venezuela)

Vaya que el presidente Barack Obama debe tener una muy débil posición política al interior de su propio país, para que en un solo día conciliara en su agenda dos acciones diametralmente opuestas: el retiro del nombre de Cuba en la relación del Departamento de Estado (DoE) de países patrocinadores del terrorismo y, por otra, realizara una apurada visita a Miami.

En el santuario de La Caridad en Coconut Grove, el presidente de la nación más poderosa el planeta rindió homenaje a los “sacrificios” de los cubano-estadunidenses en la “búsqueda de la libertad y de oportunidades” así como a sus “extraordinarias aportaciones a nuestro país”, según declaró la vocera de la Casa Blanca, Bernadette Meechan.

Ese reconocimiento parece próximo a la esquizofrenia. Ocurre en el marco de los diálogos entre Washington y La Habana que buscan fincar una nueva relación mutua con cimientos distintos al colonialismo hegemónico y revela que aún es muy relevante el poder la ultraderecha mercenaria de Miami –esa sí terrorista-. Basta recordar que desde ese enclave, persistentemente por más de cinco décadas, los tránsfugas antirrevolucionarios han lanzado su violenta acometida contra el pueblo y Gobierno cubanos con la absoluta garantía de impunidad de las administraciones de EU.  

El huésped de la Casa Blanca también es presionado desde otros frentes para desistir de su gesto para dejar atrás la fallida política de acoso contra Cuba. Desde el Congreso estadunidense –copado por una mayoría republicana conservadora- se impuso un período de revisión de 45 días para decidir si aprobaba o rechazaba el retiro de La Habana en el listado de países que apoyan o financian el terrorismo.

Ese arbitrario, injusto y maniqueo registro incluye indebidamente a Cuba desde 1982 –sí, en tiempos de Ronald Reagan, autor intelectual del ataque a Granada, invasiones mercenarias contra la Nicaragua sandinista- por el supuesto apoyo del gobierno cubano a las guerrillas latinoamericanas y a la organización separatista vasca ETA.

» Vaya que el presidente Barack Obama debe tener una muy débil posición política al interior de su propio país, para que en un solo día conciliara en su agenda dos acciones diametralmente opuestas: el retiro del nombre de Cuba en la relación del Departamento de Estado (DoE) de países patrocinadores del terrorismo y, por otra, realizara una apurada visita a Miami «

El trasfondo de quienes engendraron y han mantenido vigente ese listado va más allá del supuesto terrorismo. En las sanciones que establece, incluye la posibilidad de “ignorar la soberanía” de esos Estados para permitir denuncias en su contra en tribunales estadunidenses por supuestos daños civiles a familias de víctimas del terrorismo. ¡Claro, siempre bajo escrutinio de la potencia!  

Al mismo tiempo, se les restringe toda ayuda económica, se bloquean créditos en el Banco Mundial e instituciones financieras afines, se veta a sus ciudadanos toda relación comercial y financiera en Estados Unidos, entre otras acciones violatorias del Derecho Internacional y convenios y tratados multilaterales.

Por esa razón, la medianoche de este 29 de mayo el DoE tuvo que recurrir al corrector y goma de borrar para dejar atrás esa mentira y recurrió a la eufemística frase de que valoró “rescindir a Cuba de tal designación”.

Y mientras Rosa María Elizalde evoca el ataque de terroristas cubanos domiciliados en Miami en 1976 que mató al diplomático chileno Orlando Letelier y a su secretaria Ronni Moffit en cerca del Sheridan Circle en Washington, recordamos que otros terroristas siguen operando desde el Congreso, la sede del poder estadunidense.

Y decimos: ¿Obama, en su visita al santuario de La Caridad, habrá pensado en los cubanos asesinados en su propio territorio por terroristas? Si el presidente de la nación con mayor poderío bélico, económico y tecnológico del mundo quiere erradicar a los terroristas lo puede hacer si rechaza la presión que le imponen los grupos genocidas asentados en Miami y sus aliados congresistas.  

 

Y al mismo tiempo, debe emprender la gran medida ética y congruente que exige este siglo XXI: ¡Levantando el bloqueo, ya!

 

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