Elogio a los gobiernos latinoamericanos

Latinoamérica y el Mundo 

El filósofo y político Michael Löwy asevera que el marxismo es el único instrumento teórico capaz de inspirar la resistencia contra la ola de políticas neoliberales. No obstante, dice que el movimiento no se permite alternativas. En este sentido, elogia a los gobiernos progresistas del continente porque muestran qué tan lejos puede ir la ruptura con las políticas neoliberales y la dominación oligárquica. 

Michael Löwy, filósofo y político (Director de Investigaciones en el Centro Nacional de la Investigación Científica) Eduardo Febbro- Página 12 (Argentina) 

Los populismos xenófobos llenan las urnas, el desempleo se incrementa, la desindustrialización prosigue sin piedad su trabajo de deconstrucción social y la izquierda europea se muere en los brazos de su enemigo. Su discurso se ha vuelto tan débil que es inaudible. Con la escasa excepción de Grecia y España donde prosperan fuerzas de la izquierda radical, Syriza y Podemos, la socialdemocracia del Viejo Continente está en vías de extinción. Sus sepultureros no son sólo los ejércitos del liberalismo, sino, también, los gobiernos socialistas elegidos para llevar adelante otra política y que hoy, como el primer ministro francés Manuel Valls, dicen en voz alta que es preciso terminar “con la izquierda del pasado”. ¿Para qué sirve entonces Marx, la tradición del socialismo democrático, las luchas obreras y la injusticia que todo demuele si la izquierda europea no logra reinventar una alternativa? A estas preguntas responde el sociólogo y filósofo marxista Michael Löwy. Director de investigaciones en el CNRS francés (Centro Nacional de la Investigación científica), profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, Löwy es autor de reconocidos libros sobre el marxismo. Su primer libro en español, El pensamiento del Che Guevara, fue publicado en 1971 por Siglo XXI. El último, Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (Buenos Aires, Ediciones Herramienta y Editorial El Colectivo), apareció en Buenos Aires en 2011. Entre ambos hay una extensa y metódica reflexión sobre la historia del marxismo y una irrenunciable postura a favor de una convergencia entre todas las fuerzas progresistas para cambiar la mecánica nefasta del sistema.

–Con un liberalismo voraz y sin enemigo capaz de neutralizarlo, con los medios hegemónicos que destilan el mismo argumento en casi todos los rincones del planeta, ¿cuál es el lugar y qué utilidad tiene hoy el marxismo?

–El marxismo es el único método, el único instrumento de teoría crítica capaz de inspirar una resistencia crítica contra esta ola de políticas neoliberales desastrosas. Estas políticas se imponen en Europa, sea con la derecha o con los gobiernos de centroizquierda. Es más o menos lo mismo. Pero el marxismo no ofrece los instrumentos para proponer alternativas. Ahora bien, hay una condición: que el marxismo no se limite a repetir lo que está escrito en los libros de Marx o de Engels. Debemos ser capaces de abrirnos a los nuevos planteos que no estaban previstos por los fundadores. Estos temas van desde la Teología de la Liberación, los movimientos indígenas en América latina hasta, sobre todo, la cuestión ecológica. Esto es fundamental para un socialismo o un marxismo del siglo XXI. El marxismo debe ser actualizado en función de los desafíos, las luchas y los movimientos sociales de nuestra época.

–¿Por dónde pasa el punto de articulación entre esta reactualización y la creación de un movimiento político contemporáneo genuinamente de izquierda?

–Lo que corresponde en primer lugar a las fuerzas políticas de la izquierda radical es la urgencia de unirse y, luego, apropiarse de la reflexión marxista y actualizarla. Algunos movimientos lo están haciendo, por ejemplo Syriza, en Grecia, que es hoy el movimiento de la izquierda radical más importante de Europa. Syriza es un movimiento que logró crear la convergencia con los movimientos de protesta social y con la juventud. Syriza también pudo apropiarse de las nuevas cuestiones. Es entonces posible y ahí tenemos un ejemplo.

–El actual primer ministro francés, Manuel Valls, dijo hace unos meses que la izquierda podía desaparecer. Si uno mira el panorama de la izquierda en varios países centrales de Europa, da la impresión de que ya desapareció.

–Efectivamente, hay un riesgo de que la izquierda desaparezca. En este sentido, Manuel Valls tiene razón, exceptuando el hecho de que él es uno de los responsables de la desaparición de la izquierda. Lo que contribuye a desmoralizar a la izquierda es la política de Valls y del presidente François Hollande. Esa política empuja la gente a la desesperanza, a perder el rumbo. Por eso hay tanta gente que mira hacia la extrema derecha. Pero hay que reconocer que, en Europa, la situación no es nada buena. La extrema derecha tiene el viento en popa y la izquierda radical está muy debilitada, con la notable excepción que es la esperanza de Grecia y España, donde hay un movimiento nuevo como Podemos. Es apenas un comienzo, pero esto nos demuestra que hay una alternativa a la izquierda.

–Pero ¿por qué la izquierda se volvió prácticamente inaudible? ¿Se repitió, le faltó convicción o simplemente acomodó su ideología para diluirse en el liberalismo?

–La socialdemocracia, que era una parte importante de la izquierda y del movimiento obrero, decepcionó porque se adaptó al neoliberalismo y llevó a cabo la misma política que la derecha liberal. Hay a la vez un desencanto y una desorientación. Al mismo tiempo, el Partido Comunista paga ahora el precio de su adhesión, durante casi un siglo, a esa caricatura de socialismo que fue la Unión Soviética. Cuando la URSS se derrumbó como una farsa trágica, los obreros y la gente que respaldada esa corriente de la izquierda se desmoralizaron. Pero, por sobre todas las cosas, lo que más influye es el peso de la ideología dominante. Los medios, la televisión, en suma, todo eso mantiene una cultura del consumo, un espíritu conformista y una sociedad individualista. Esa es la ideología dominante y no es fácil luchar contra ella. En cambio, en América latina sí se pudo combatir esa ideología, en Europa es otra historia. En América latina hay una extensa historia de rebeliones, de movimientos y de revoluciones que lograron hacer saltar la tapa del conformismo burgués reaccionario. América latina se mueve, el neoliberalismo no domina más como antes.

–Esto significa que, en América latina, la izquierda tiene eco.

–Las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador muestran que se puede ir mucho más lejos en la ruptura con las políticas neoliberales y la dominación oligárquica. No se trata de una revolución socialista como en Cuba, ni tampoco del fin del capitalismo. Sin embargo, incluso dentro de los límites del sistema, pudieron ir más lejos. Hay una dinámica de ruptura y de enfrentamiento con la oligarquía. Como vemos, no es imposible.

–Cuando explotó la crisis financiera en 2008, muchos celebraron el fin del sistema capitalista liberal. Pero sigue acá, tan vivo y corrupto como siempre. ¿En qué fase se encuentra entonces? ¿Al final de una etapa histórica, en plena renovación, al límite de su contradicción histórica?

–El sistema del capitalismo neoliberal ingresó en una crisis muy profunda en los países centrales –Estados Unidos, Europa, etc–. Esta crisis está lejos de haber terminado. Hay rebotes, subibajas, mejoras que llevan a los gobiernos a proclamar “salimos de la crisis” y, de nuevo, retrocesos. Por consiguiente, la crisis se prolonga y las políticas gubernamentales actuales son incapaces de resolverla. Pienso que no se trata de la crisis final del c
apitalismo, de una forma u otra saldrá de ella y, muy probablemente, de una manera negativa para las clases populares. Si no hay una reacción, un movimiento social, un movimiento popular revolucionario que se oponga y pueda detener la ofensiva del capital, el liberalismo encontrará una solución para salir de su crisis. Todo puede pasar. Con todo, el sistema continuará mientras no haya una alternativa radical. Ahora bien, el capitalismo ya atravesó muchas crisis, pero hoy se enfrenta a un nuevo límite, el límite del planeta, el límite ecológico. Si seguimos así, dentro de diez años no habrá una crisis económica, sino una crisis ecológica catastrófica.

 

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