Los recursos de Rodas

Ecuador 
El Telégrafo

Juan Pablo Castro Rodas, el ganador del premio de Novela Corta Miguel Donoso Pareja, asegura en esta entrevista que la gran misión que tiene que guiar el trabajo de todo escritor es la lucha constante por dominar «la bestia de la lengua». En ese sentido, explica las varias líneas narrativas con las que trabaja en su última obra, mientras devela las claves de sus proyectos literarios.

Redacción- El Telégrafo (Ecuador) 

Juan Pablo Castro Rodas dejó Azuay, su tierra natal, a los 12 años. Ahora tiene 44, un dedo fracturado luego de haber caído de una motocicleta y vive en Quito. La semana pasada presentó la novela negra La curiosa muerte de María del Río (Random House, 2016) —ganadora del Premio de Novela Corta Miguel Donoso Pareja—, en la cual hace un guiño a su ciudad de origen, donde asesinan a  un profesor veterano cuya vida (ficticia) había pasado desapercibida hasta que lo mataron, el día en que el autor empezó a contar su historia.

—Situaste la historia en Cuenca…

—Desde hace varios años intentaba recrearla, desde la ficción. Ese era un tema pendiente. En algunos cuentos y relatos breves insinué esto pero, ahora, sentía que la distancia y el tiempo transcurrido ya me permitían acercarme, con una sensibilidad más abierta, a esa ciudad. También quería ubicar un conflicto que, en el caso de un crimen contra un poeta —es decir, una anomalía en el mundo intelectual— estuviese en una comunidad más cerrada y, a partir de ahí, ir generando una historia que se desplaza, como en una road movie, por el Ecuador.

—Para construir al personaje asesinado usas la segunda persona del plural. ¿Se trata de una técnica para entenderlo como un muerto que no era bueno?

—Quise trabajar varias líneas narrativas. La primera, dada por un narrador omnisciente, es más fría, objetiva y da cuenta del movimiento de un detective (Veintimilla), quien sigue el proceso de la investigación. Luego está esa voz colectiva, como de la conciencia social que se halla detrás, empujando siempre a los individuos, sobre todo de esas ciudades encerradas, para las cuales la opinión del resto, esa voz multitudinaria, es fundamental. También quise utilizar, en algunos momentos, un flujo de conciencia onírico, más vinculado al personaje. No sé si la voz colectiva llegue a darle más verosimilitud pero sí me interesaba generar una tensión.

—Esa importancia del qué dirán atraviesa la historia al inicio…

—Y luego en la conciencia del personaje principal que es el detective Veintimilla. Mientras la historia sale de la ciudad pequeña, también se abren algunas fronteras idiosincráticas, como esta voz social que está siempre ahí, cuestionando, valorando y observando el comportamiento de los otros. Quise crear un antes, cuando el personaje sale de su pueblo, de su ciudad pequeña y deja atrás prácticas cotidianas, usos simbólicos de la gente.

—Les enseñas a tus alumnos a leer la estructura narrativa…

—A veces los análisis que hacen los lectores se quedan en lo temático y se alejan un poco de las técnicas que los escritores utilizamos para jugar con distintos planos narrativos. Leemos muy temáticamente las historias, nos quedamos en el amor, la tradición, el sexo, la muerte. Eso no está mal en sí mismo porque las obras de arte, el cine, la literatura se constituyen a través de la reflexión sobre unos temas. Pero es fundamental, en el caso de los alumnos vinculados a la comunicación social, literatura y el público que se va educando, que se empiecen a conocer las formas en que se construye el relato porque ahí es cuando en realidad se puede comprender a los escritores: en la voz, atmósfera, tipo de escritura. Ahí hay una intención y sentido. Si esos lectores se preparan y logran entender algunas de las formas y mecanismos de la estructura, es mucho más posible comprender este acto maravilloso de la comunicación que está presente en una obra literaria: entre un sujeto que escribe y un lector anónimo. Mientras más armas hay para esa lectura, más posible es que ese acto de comunicación llegue a tener un sentido mayor.

—¿Es legítimo escribir por catarsis?

—Sí. En un momento de emoción turbia o de alegría se puede trabajar así en cualquier forma de expresión del arte. Pero la literatura, en tanto a oficio, tiene un quiebre, cuando se abren las aguas, cuando descubres que ya no solamente te sirve para liberar emociones sino para adentrarte en un mundo mucho más responsable respecto de la gran misión que tiene el escritor: intentar dominar a la bestia de la lengua, ese momento, ese giro que uno tiene en la conciencia le lleva a comprender que ya la escritura no solo puede ser catártica sino que tiene que estar potenciada a través de los proyectos literarios que van más allá de si un día estás alegre o triste.

—¿Puedes definir qué papel juega la feminidad en tu obra?

—Siempre reflexiono sobre lo femenino. Estoy consciente de que la voz femenina que me interesa protagonizar no ha llegado en ninguno de mis libros. Creo que he estado agazapado, como un gato temeroso, tratando de encontrar el tiempo, el tono, el personaje, y creo que mi siguiente novela -que ya está más o menos vislumbrada- va a tener como personaje protagónico a una mujer. No obstante, en algunos otros libros -por ejemplo, en Las Niñas del alba- hubo varios personajes femeninos pero desde el anonimato, un mundo vacío y sin sentido de la vida cotidiana. En Los años perdidos y en esta novela, hay algunas siluetas femeninas a las que yo no quiero todavía otorgar ese peso simbólico, sensual, de musas o divas que pertenecen a otras formas de literatura latinoamericana. Trato de que sean personajes con sus contradicciones, anclados en la vida cotidiana y desmitificados en ese sentido. Siempre ha habido un narrador masculino que, a veces, he intentado se focalice o acerque a las emociones o percepciones de lo femenino pero, siempre, de manera tangencial. Todavía en mis novelas no ha aparecido un personaje femenino fuerte y consistente. 

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