Encrucijada regional

Latinoamérica

Emilio Cafassi/Alfredo Serrano Mancilla – Es sabido que el balotaje en Argentina es crucial para el futuro de los países de Sudamérica si se los considera como miembros del bloque progresista que viene luchando por la soberanía contra el imperialismo. Si al tirapiedrismo, se le suma el tiratoallismo, entonces, la derecha tiene todas las de ganar.

Numerosas manifestaciones en Argentina le dijeron NO a Macri - Foto: M.A.F.I.AEmilio Cafassi* – Alai (Ecuador)

Un rápido repaso de la situación de los progresismos sudamericanos nos devuelve un panorama áspero, plagado de preocupaciones y dificultades. A excepción de Bolivia, y parcialmente de Uruguay, los gobiernos restantes se encuentran jaqueados por variantes políticas animadas con pujantes intereses restauradores del neoliberalismo y la derecha política. Argentina, Brasil, Chile, Ecuador y Venezuela están atravesando momentos de conmoción y debilitamiento que, en virtud de sus desembocaduras, pueden alterar el mapa político regional. Con desigualdades y contradicciones muy importantes entre sí, todos ellos intentaron confrontar con el modelo neoliberal expandiendo derechos sociales y civiles, mejorar parcialmente los indicadores sociales y avanzar, aún lentamente, en procesos de cooperación e integración. En ciertos casos con resultados resplandecientes en algunas esferas materiales y simbólicas, y en otros a paso lento, entre otras razones, porque los puntos de partida nacionales fueron disímiles, al igual que las composiciones sociales y culturas políticas propias y heredadas. En cualquier caso, los aún acotados niveles de cooperación y la relativa resistencia a los dictatums imperiales en general, y estadounidenses en particular, son los más relevantes en los más de 500 años de vida del subcontinente.    

El vicepresidente boliviano Álvaro García Linera señalaba recientemente, en una visita a Uruguay para exponer en el Paraninfo de la Universidad de la República, que en América Latina en los dos próximos años “puede pasar todo” ya que “está envuelta en una reconfiguración del poder político y económico fantástico”. Pero resulta particularmente interesante su advertencia de la necesidad de admitir errores. En primer término por la relevancia metodológica para fundar nuevos modos de hacer política. A la coyuntura le reconoce amenazas propias y externas resumiendo las primeras como “nuestras propias debilidades” para agregar que “como revolucionarios tenemos que admitir que también cometemos errores y que tomamos decisiones equivocadas”. En segundo lugar, por su conclusión ya más ceñida sobre el acento de esos errores en el campo de la integración: “Faltó lo más difícil, en la economía cada cual se fija en lo suyo, no se ha creado una red de integración económica que vaya más allá de los circuitos de mercado. En lo político hemos avanzado mucho, en lo económico hemos avanzado muy lento”. No estuve presente en el encuentro y temo sacar esta conclusión de contexto guiándome exclusivamente por la prensa, pero aprovecho algunos de sus disparadores para sugerir que si García Linera alude a las formas institucionales de la Unasur y el Mercosur, me parece compartible. Si, por el contrario, intentara reflejar las diversas realidades nacionales latinoamericanas, difícilmente sirva como diagnóstico, a excepción de Bolivia que vive el proceso más sólido y estable de toda la región. Desde el punto de vista político, varios países del giro progresista vienen retrocediendo aceleradamente. Como intenté desarrollar en varias oportunidades, aquellos que han dejado intactas las constituciones burguesas heredadas, montados acríticamente sobre el régimen político liberal-fiduciario, y más aún si han sido aquiescentes para con el personalismo y la burocratización, inevitablemente terminarán paralizados por sus propias contradicciones y posiblemente aplastados por los verdaderos diseñadores y defensores del régimen que pasaron a reivindicar.

No desprecio el peso de la llegada de la crisis capitalista internacional a estas playas, ni menos aún la magnitud de la caída de los precios internacionales de los commodities que, como sostiene el economista Couriel en su columna de este diario, limitan el crecimiento económico. Sólo quisiera señalar que las crisis políticas no son una réplica especular de las dificultades económicas, pero menos aún podrían serlo si las fuerzas políticas del cambio mantuvieran una relación de movilización, participación y organicidad con las bases y movimientos sociales. O en otros términos, si las mayorías se sintieran partícipes de las decisiones que, cualquiera fuera la coyuntura, los gobiernos adoptan. Si la autonomía de los representantes y la concentración del poder, tarde o temprano terminan erosionando a las derechas, cuánto más le sucederá a las fuerzas políticas del cambio que se desmovilizan y autonomizan una vez llegadas al poder.

” La disyuntiva es dramática, acuciante y no admite indiferencias. En el primer acto de esta tragedia, el macrismo se quedó con los principales centros urbanos. En el próximo y último podría quedarse con el país entero. La actitud de la izquierda orgánica argentina de llamar a votar en blanco no la aleja del problema, sino que la sitúa como parte sustantiva del mismo “

Pero los efectos del régimen y las particularidades de cada tradición política alternativa se potencian geométricamente cuando se vinculan con un flagelo carente de signo ideológico: la corrupción. En un reciente reportaje a Noam Chomsky que le hiciera el dueño de la tan influyente como derechista editorial argentina “Perfil”, el lingüista identifica en la magnitud de la corrupción la razón de la crisis política y de credibilidad tanto en Brasil como en Venezuela (agrego que también fue lo que disparó la crisis en Chile -con escasos antecedentes en la materia- y que adquiere igual trascendencia en Argentina). Pero Chomsky sentencia algo más amplio aún y es que “un logro real, duradero, tendrá que basarse en movimientos populares organizados que tomen la responsabilidad del control total de la política, la información y la implementación”. Las demandas sociales tienen que ser representadas para que sean negociables. De lo contrario, sacuden hasta el orden constitucional. Por ello es deseable y hasta indispensable la existencia y representación de movimientos sociales de toda laya (sindicales, ecológicos, de derechos humanos, feministas, etc.). Si en ausencia de tal control y representación, se sospecha que quien o quienes adoptan las decisiones a sus espaldas son además corruptos, no tardará en emerger algún tipo de reacción popular.

Si tal reacción se desarrolla en el plano electoral, seguramente tendrá una dirección obliterada ya que en ausencia de control y decisiva participación popular (sumados a la ausencia por parte del régimen político de reaseguros institucionales como el mandato imperativo o la revocación de mandatos) se erigen mitos en su reemplazo. Uno de ellos es el llamado “voto castigo”. Se pretende disfrazar este consuelo ineficiente de escarmiento electoral, como una regulación justa de la quebrada o inexistente relación entre representante y representado. Sin duda castiga electoralmente a algunos personajes en particular, pero dejando intacto el sistema que los reproduce. No menos mítico que el de votar a supuestos “políticos honestos” -cualquiera sea su pertenencia o tradición política- suponiendo además que luego no sorprendan al elector con su deshonestidad, como fue literalmente el caso del ex presidente argentino De la Rúa. De este modo, sólo se sigue desplazando el verdadero problema: la no intervención del ciudadano en la toma de decisiones y en el control de los que las adoptan.

El primer examen sudamericano se dará en dos semanas en A
rgentina. El viernes pasado asistí a una reunión de claustros de mi facultad, convocada por el oficialismo en apoyo a la candidatura de Scioli. Como ya adelanté aún antes de la primera vuelta que en la segunda lo votaría, y como tengo antecedentes de bombero voluntario de ballotages votando en cuatro oportunidades contra Macri, me pareció adecuado ir a exponer tanto algunas certezas cuanto vacilaciones y desalientos. Sintéticamente, creo que un gobierno de Macri se alineará inmediatamente con la embajada estadounidense y aportará a la ofensiva contra los gobiernos progresistas de la región tanto como estrechará vínculos con aquellos más reaccionarios. Despreciará aún más que el oficialismo al Mercosur y se acercará a la Alianza del Pacífico. Como representante de los principales grupos económicos, terratenientes y comunicacionales encarará una mayor liberalización del comercio exterior, para beneficiar aún más a la renta agraria, e impulsará un ajuste del gasto público y de los programas sociales. Inversamente Scioli ¿está exento de aplicar estas medidas? Lo desconozco y expuse esa duda señalando los parecidos entre ambos, aunque reconociendo que si lo hiciera tendría necesariamente tensiones graves con cierta parte de sus bases electorales. Para decirlo en los términos de la díada de García Linera, esta desembocadura no está empujada por factor externo alguno, sino por errores exclusivamente propios. La líder y actual presidenta argentina decidió desde algún punto del monte Olimpo que era hora de volver a los orígenes posteriormente negados: el menemo-duhaldismo ungiendo una incertidumbre personificada.

La disyuntiva es dramática, acuciante y no admite indiferencias. En el primer acto de esta tragedia, el macrismo se quedó con los principales centros urbanos. En el próximo y último podría quedarse con el país entero. La actitud de la izquierda orgánica argentina de llamar a votar en blanco no la aleja del problema, sino que la sitúa como parte sustantiva del mismo. Probablemente sus más infantiles exponentes, que son los que inveterada y naturalmente la vienen liderando, hasta apuesten a una victoria macrista, ya que admiten tácitamente que “cuanto mejor peor”. No creo que sus electores lo compartan.

Pero los ciudadanos en su conjunto, vaciados de protagonismo y desmovilizados tras la insurrección popular de aquel diciembre argentino, deciden exhaustos su destino, apenas como actores de reparto.

Alfredo Serrano Mancilla – Celag (Ecuador)

Los intentos de restauración conservadora cuentan con ganar la batalla de las expectativas. Esto es tan importante como vencer en el campo de las transformaciones reales. Todo es política. Lo que pasa y lo que nos imaginamos; lo que es y lo que puede ser. La derecha regional opositora no ha sabido ganar elecciones en lo que va de siglo XXI en aquellos países que optaron por una senda contra hegemónica a nivel mundial. Ni en Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, en ninguno de esos procesos, la oposición logró vencer en las urnas. La política efectiva de cambios materiales en las condiciones de vida a favor de la mayoría se impuso frente a cualquier relato catastrofista. Los medios dominantes lo han intentando con su narrativa “al borde del precipicio”, con ese tan insistente “todo está mal”. Y hasta el momento, la cosecha es infructuosa. Pierden y vuelven a perder. Pero no cejan en el intento.

Los diferentes procesos de cambio han atravesado y superado infinitas dificultades en el pasado; han sido capaces de concretar eficazmente políticas públicas garantistas de derechos sociales, recuperando la soberanía en los sectores estratégicos, mejorando los niveles de vida de las clases populares. Han sabido construir condiciones objetivas en modo inclusivo, sin dejar a nadie por afuera. Frente a ello, la derecha latinoamericana parecía desubicada. Se le fueron agotando los titulares alarmistas y sus anuncios de una hecatombe tras otra. En las calles la gente seguía con su rutina; siempre un poco mejor, con las necesidades básicas cada vez más satisfechas, con empleo y salario digno, con niveles de consumo más elevados.

¿Cuál está siendo la estrategia de reinvención de la derecha latinoamericana en estos países luego de tantos años de derrota? ¿Qué piensan hacer para recuperar el terreno perdido? ¿Cruzarse de brazos? No. La derecha nunca fue de tirar la toalla. Por ello, busca cómo ganar este pulso en el que no puede competir en el terreno de las mejoras sociales y económicas. Entonces, apuesta por disputar el sentido de lo que falta por hacer, de lo que viene. A sabiendas que pierden en cada discusión acerca del pasado y presente, entonces, la clave encontrada es pugnar por el futuro, por las expectativas, por las perspectivas de seguir mejorando, por las sensaciones de lo que se viene. Ahí se concentra buena parte de la maquinaria electoral de la derecha continental. El fin de ciclo es quizás el lema más repetido en Argentina, Brasil y Venezuela (los tres países con más años de vida) precisamente con el objetivo de poner punto y final a las expectativas y esperanzas.

” El tiratoallismo: una suerte de enfermedad que genera perdedores y derrotismo, que provoca parálisis. Con ello, se corre el riesgo de creer que está todo perdido, de entrar en un pesimismo crónico, y de que entonces, arriben los reproches destructivos y se pierdan las ganas de seguir luchando. De proliferar, el tiratoallismo nos condenaría a una derrota política “

Luego de más de una década, el desgaste comienza a hacer un poco de mella. La caída de precios del petróleo, la contracción del comercio mundial y el estrangulamiento financiero internacional constituyen además un frente externo adverso que añade obstáculos a este momento histórico. Seguramente, cada vez son más notorias las tensiones y contradicciones internas propias de cualquier proceso de cambio a tan alta velocidad. La progresiva naturalización de aquello que ha sido logrado puede que también sea otro factor determinante en esta fase de ilusión amesetada en la que nos encontramos.

En tales circunstancias, el enemigo histórico, hegemónico a nivel global y con fuerzas políticas-mediáticas-económicas adentro de cada país, se frota las manos. Se crece. Cree que vuelve a surgir otra oportunidad para dar su golpe de timón. A esto se suma dos asuntos cruciales en esta disputa: por un lado, el tirapiedrismo de aquellos fieles del “se puede cambiar todo de un día para otro, y si no, todo está mal”; por otro lado, tampoco faltan los que aparecen en la foto únicamente cuando las cosas van bien. Y si la cosa se pone cuesta arriba, entonces, el tiratoallismo se apodera de quienes siempre se dan por vencidos por anticipado. He aquí la cuestión. El tiratoallismo: una suerte de enfermedad que genera perdedores y derrotismo, que provoca parálisis. Con ello, se corre el riesgo de creer que está todo perdido, de entrar en un pesimismo crónico, y de que entonces, arriben los reproches destructivos y se pierdan las ganas de seguir luchando. De proliferar, el tiratoallismo nos condenaría a una derrota política.

Los momentos espinosos están para eso, para superarlos. Para no tirar la toalla. Para aprender de los errores cometidos. Para afrontar los desafíos venideros: encontrar la salida interna no neoliberal frente a la restricción externa, hacer que el Estado sea más efectivo, crear condiciones sociales y económicas para la innegociabilidad de los derechos sociales, buscar superar el rentismo importador, transformar y democratizar el aparato productivo, continuar avanzando en la integración regional, por qué no crear una agencia de calificación de riesgo latinoamericana, buscar identificar nuevas respuestas a las nuevas preguntas de las mayorí
as, ser capaces de ilusionar reinventando hacia delante. Como dice García Linera, “se trata de tensiones propias de procesos revolucionarios que tienen que afrontar problemas, contradicciones y nuevas luchas no previstas ni planificadas con anterioridad porque así son las verdaderas revoluciones”.

Todo ello constituye el actual universo en disputa en América Latina. Demasiadas cuestiones encima de la mesa como para tirar la toalla. Si al tirapiedrismo, se le suma el tiratoallismo, entonces, la derecha tiene todas las de ganar. Rendirse ahora sería un error histórico imperdonable.

* Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano

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