En las profundidades de Tierra Caliente

La historia del conflicto de esta región en Michoacán está intervenida por el orden militar y el orden familiar comunitario. Desde esas vertientes surgen los grupos narcos Los Zetas, La Familia y Los Caballeros Templarios, como también la incursión del ejército y de las recientes autodefensas. La escalada de violencia por determinar quién controla el territorio ha implicado miles de muertes y un nivel de deshumanización que parecen difíciles de revertir. 

Claudio Lomnitz – La Jornada (México)

Lo primero que salta a la vista para una lectura antropológica de las noticias de Tierra Caliente es una tensión recurrente entre formas sociales inspiradas en el orden militar y formas inspiradas en el orden familiar o comunitario. La historia, hasta donde se alcanza a entender desde fuera, es que, tras el ingreso del Ejército federal en la región en 2006, la Tierra Caliente fue dominada a escala informal primero por Los Zetas, luego por La Familia, y de ahí por Los caballeros templarios. Ahora el control de la región está siendo recuperado o reclamado por las llamadas defensas comunitarias y por el Ejército federal.

La secuencia Zetas-Familia-Caballeros templarios-defensa comunitaria sugiere una espiral recursiva entre estrategias de control informal inspiradas en la imagen del Ejército (es decir, en la imagen de una estructura de mando vertical, racional y separada de la sociedad) frente a otras estrategias fundadas en la imagen de la familia y de la comunidad (es decir, en un orden basado en la complementariedad –hombres y mujeres, padres e hijos del pueblo, iglesia y feligreses– y en la oposición comunitaria al orden estatal, burocrático y militar, que es entonces representado como una fuerza depredadora que viene del interior).

Me explico. Los Zetas son una organización que nace como una escisión del Ejército y que, según dicen los conocedores, se organiza con una cadena de mando cuasi-militar, y ocupa una estrategia también cuasi-militar para controlar. Esa estrategia comienza por despedazar al enemigo de forma visible y pública, y de ese modo sembrar el miedo necesario para poder operar con plena impunidad. Eso ocurrió en Tierra Caliente.

El resultado es que se genera un descontento amplio y difuso, que al final no es fácil de controlar. Los Zetas supieron domeñar la Tierra Caliente, pero no pudieron gobernarla. Y en medio de aquellos estertores surge una segunda organización, la llamada Familia michoacana, que se alía con lo que iba quedando de relación comunitaria servible para echar a Los Zetas de la región. Vale la pena fijarse en que el movimiento de expulsión de zetas es liderado por una organización financiada por el narcotráfico y por el negocio de la protección, pero que se identifica ante todo como local, es decir, como manada de la comunidad –de La Familia michoacana.

El problema que se va desarrollando a partir de la toma del poder de La Familia es que, como modelo, la familia (con minúsculas) puede ser una forma de organizar el abuso tan terrible como el Ejército. Después de todo, tanto Los Zetas como La Familia eran organizaciones armadas y organizadas para el lucro.

Es el contexto en que surge el tercer grupo de control narco-local, que toma para sí un símbolo ya no directamente del orden familiar, sino de la defensa de los principios morales que se supone que la sostienen: por eso se llaman Los caballeros templarios. Vale la pena recordar que todo esto se inventa en una región que fue cristera (especialmente los poblados de la costa-sierra, como Aguililla, Coalcomán, etcétera). Así, la nueva organización narco-local toma para sí la bandera de la defensa de la fe cristiana, frente a una familia que había violado la normatividad de los pueblos.

La tensión entre un orden fundado en una imagen de poder racional-burocrático (que tiene al Ejército como su símbolo más puro) y un orden fundado en la imagen del poder comunitario (que encuentra su símbolo en la familia y en la religión) pareciera reflejar no sólo la contaminación del Estado con narcotráfico, sino también la disolución o desmembramiento de los lazos comunitarios.

La recomposición de las comunidades michoacanas va a necesitar de un movimiento cultural amplio, que comience por la recomposición de la amistad. Sólo un amigo digno podrá un día ser un esposo digno, un padre digno y un miembro digno de su comunidad.

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