El último Perón

Argentina

La palabra del pueblo argentino, la maravillosa música, enmudeció el 1 de julio de 1974. Viejos, grandes y chicos lloraban en las calles como se llora la muerte de un familiar muy cercano. No podían olvidar al hombre que junto con Evita los había reafirmado en su dignidad, en sus derechos. A 40 años de su muerte, el país recuerda al hombre político más significativo de su historia. 

Ricardo Ajler - Caras y Caretas

Felipe Pigna – Caras y Caretas (Argentina)

“La caída del tirano Perón en la Argentina es la mejor reparación al orgullo del Imperio y tiene para mí tanta importancia como la victoria de la Segunda Guerra Mundial, y las fuerzas del Imperio inglés no le darán tregua, cuartel ni descanso en vida, ni tampoco después de muerto.” Winston Churchill, discurso en la Cámara de los Comunes, octubre de 1955.

Aquella mañana del último día del invierno de 1955, el General sintió que todo había terminado, al menos por el momento. Buscó algunas cosas, algo de dinero (muchísimo menos del que sus enemigos imaginaban), un retrato de Evita y una imagen de la Virgen de Luján. Iba rumbo a la embajada del Paraguay. Se despidió del personal de la residencia y subió junto a sus asistentes Renner y Cialcetta al Cadillac en el que el chofer, Isaac Gilaberte, lo había conducido tantas veces a mejores destinos. 

El General describirá así aquellos momentos: “Me di vuelta a mirar lo que dejaba a mis espaldas. Esa residencia no era mi casa, pero quedaban entre sus muros muchos recuerdos de años que parecían lejanos y se diría que relegados a la prehistoria. La ciudad era un desierto. La niebla llegaba hasta la parte baja de las casas como en un bosque se detiene al pie de los árboles. En aquella atmósfera borrosa de lluvia y de niebla todo parecía irreal”. 

“Me di vuelta a mirar lo que dejaba a mis espaldas. Esa residencia no era mi casa, pero quedaban entre sus muros muchos recuerdos de años que parecían lejanos y se diría que relegados a la prehistoria. La ciudad era un desierto”

Al embajador paraguayo le preocupaba muy seriamente la posibilidad de un atentado contra Perón y evaluó que la embajada no era un lugar del todo seguro. Recordó que en el dique A de Puerto Nuevo reposaba amarrada la cañonera Paraguay a la espera de reparaciones mecánicas. El viaje tuvo sus complicaciones. El motor del Cadillac se detuvo y hubo que hacerlo empujar. Los testimonios aseguran que el propio Perón bajó del auto para pedirle auxilio al chofer de un ómnibus, que no podía creer lo que estaba viendo.

Finalmente llegó a la cañonera, donde permaneció varios días en un precario camarote. Allí pudo escuchar, a través de la misma Radio del Estado por la que había hablado tantas veces, la voz de otro general que discurseaba desde los balcones de la Casa Rosada. No pudo contener la sensación de usurpación. Sentía como propios aquellos balcones del 17 de octubre, del último discurso de Evita y de tantos “días peronistas”. Ahora estaba en un barco extranjero, a la espera del destino y a que los “libertadores” lo autorizaran a marchar al exilio, mientras Eduardo Lonardi le hablaba al país desde una Plaza de Mayo repleta de otra gente, argentinos también, que conformaban un paisaje completamente distinto a los que él estaba acostumbrado a ver. 

Vencedores vencidos

El jefe golpista terminó su discurso haciendo suya aquella frase que Justo José de Urquiza había pronunciado después de Caseros, según la cual no habría “ni vencedores, ni vencidos”. Quizás el general Lonardi, intoxicado por la historia oficial, no recordaba los crímenes perpetrados por los vencedores después de la célebre batalla del 3 de febrero de 1852 y de la encarnizada y perdurable persecución emprendida contra los vencidos. Pero estaba claro que el eslogan elegido era falso: había vencedores y vencidos.

No faltaba mucho para que todos se dieran por enterados; quienes no querían colaborar con los trabajadores eran los “libertadores”, particularmente el flamante vicepresidente, Isaac Rojas, que no coincidía en absoluto con las palabras del presidente y se preparaba para derrocarlo e instalar un gobierno antiobrero y antinacional. 

Pocos días después, el contraalmirante Arturo Rial, hombre clave del golpe, le dijo a un grupo de trabajadores municipales: “Recuerden que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero muera barrendero”. 

“A las 13.10 de aquel 3 de octubre, Perón marchaba al exilio. Sabía que las cosas no iban a quedar así, sabía que su pueblo no se iba a quedar mirando desfiles y procesiones. Confiaba profundamente en sus descamisados, aunque desconfiara de alguno de sus dirigentes”

El General seguía en la cañonera, pegado a la radio y escribiendo sus primeras impresiones sobre lo que les estaba pasando a él y a la Argentina. Finalmente, el 3 de octubre llegó el salvoconducto que le permitía salir del país. Los “libertadores” le prohibieron hacerlo por vía fluvial porque temían que a su paso por las distintas ciudades se produjeran manifestaciones peronistas. Le tenían un particular pánico a lo que podía ocurrir en Rosario, una de las capitales del peronismo. Combinaron con el gobierno paraguayo que el traslado se haría en un hidroavión Catalina, llegado especialmente de Asunción. 

Al mediodía y en compañía del embajador paraguayo, se trasladó al Murature a la espera del avión paraguayo. También estaba Mario Amadeo, un diplomático perteneciente al círculo íntimo del cardenal Antonio Caggiano, que acababa de ser nombrado canciller de la “Libertadora”. Tenía orden de asegurarse que la salida de Perón se hiciera como estaba prevista. Cuando el General subía a la máquina, perdió estabilidad y le cupo a Amadeo la curiosa misión de salvar a Perón. 

A las 13.10 de aquel 3 de octubre, Perón marchaba al exilio. Sabía que las cosas no iban a quedar así, sabía que su pueblo no se iba a quedar mirando desfiles y procesiones. Confiaba profundamente en sus descamisados, aunque desconfiara de alguno de sus dirigentes. También confiaba plenamente en sus enemigos, en aquel conglomerado de partidos y corporaciones a los que sólo los unía la voluntad de negarlo a él y a su movimiento. Sabía que muy pronto empezarían las disputas carroñeras por el poder y confiaba en que sus compañeros sabrían aprovechar la oportunidad para comenzar la resistencia.

Las repercusiones de la caída

Al llegar a Asunción se instaló en la casa de su amigo Ricardo Gayol, un comerciante argentino. Por varios días guardó silencio hasta que, más tranquilo, decidió dar algunas notas a medios extranjeros. En la que publicó el diario El Día de Montevideo, hizo una especie de balance de su gestión y analizó la realidad argentina: “Cuando llegué al gobierno de mi país, había gente que ganaba 20 centavos por día, peones que ganaban 15 pesos al mes. Se asesinaba a mansalva en los ingenios azucareros y los yerbatales, con regímenes de trabajo criminales. En un país que poseía 45 millones de vacas, los habitantes se morían de debilidad constitucional. La previsión social era poco menos que desconocida y las jubilaciones insignificantes cubrían sólo a los empleados públicos y a los oficiales de las Fuerzas Armadas. Instituimos jubilaciones para todos los que trabajan, incluso para los patrones. Creamos pensiones para la vejez y la invalidez, desterrando del país el triste espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. (…) Cuando llegué al gobierno ni alfileres se hacían en el país. Lo dejo fabricando camiones, tractores, automóviles, locomotoras, etc. Dejo recuperado
s los teléfonos, los ferrocarriles y el gas, para que vuelvan a venderlos otra vez. Les dejo una marina mercante, una flota aérea (…) Esta revolución, como la de 1930, también septembrina, representa la lucha de la clase parasitaria contra la clase productora. La oligarquía puso el dinero; los curas, la prédica; un sector de las Fuerzas Armadas, dominado por la ambición, y algunos jefes pusieron las armas de la República. En el otro bando están los trabajadores, el pueblo que sufre y produce. La consecuencia es una dictadura militar de corte oligárquico-clerical”.

“Otro corresponsal le preguntó qué pensaba hacer para regresar al poder en la Argentina. El General lo miró y le respondió: ‘Nada. Todo lo harán mis enemigos'”

Otro corresponsal le preguntó qué pensaba hacer para regresar al poder en la Argentina. El General lo miró y le respondió: “Nada. Todo lo harán mis enemigos”. 

Nuestro Ernesto Guevara, que un par de años después empezaría a ser más conocido como el “Che”, estaba entonces en México, donde se había establecido con su esposa y su hija Hildita, y trabajaba de fotógrafo para la Agencia Latina, un intento del peronismo de contrarrestar la manipulación informativa de las agencias norteamericanas. El Che, que se había ido de la Argentina disconforme con algunas cuestiones del peronismo, como su represiva política universitaria, el autoritarismo y el culto a la personalidad, le escribía en aquellos días de septiembre a su querida madre Celia: “Esta vez mis temores se han cumplido, al parecer, y cayó tu odiado enemigo de tantos años; por aquí la reacción no se hizo esperar, todos los diarios del país y los despachos extranjeros anunciaban llenos de júbilo la caída del tenebroso dictador; los norteamericanos suspiraban aliviados por la suerte de 425 millones de dólares que ahora podrán sacar de la Argentina; el obispo de México se mostraba satisfecho de la caída de Perón, y toda la gente católica y de derecha que yo conocí en este país se mostraba también contenta; mis amigos y yo, no; todos seguimos con natural angustia la suerte del gobierno peronista y las amenazas de la flota de cañonear Buenos Aires (…) Aquí la gente progresista ha definido el proceso argentino como ‘otro triunfo del dólar, la espada y la cruz’. Yo sé que hoy estarás muy contenta, que respirarás aire de libertad (…) Vos podrás hablar en todos lados lo que te dé la gana con la absoluta impunidad que te garantizará el ser miembro de la clase en el poder, aunque espero por vos que seas la oveja negra del rebaño. Te confieso con toda sinceridad que la caída de Perón me amargó profundamente, no por él sino por lo que significa para toda América, pues mal que te pese y a pesar de la claudicación forzosa de los últimos tiempos, la Argentina era el paladín de todos los que pensamos que el enemigo está en el norte. (…) Tal vez en el primer momento no verás la violencia porque se ejercerá en un círculo alejado del tuyo (…) El Partido Comunista, con el tiempo, será puesto fuera de circulación, y tal vez llegue un día en que hasta papá sienta que se equivocó. Quién sabe qué será mientras tanto de tu hijo andariego. Tal vez haya resuelto sentar sus reales en la tierra natal (única posible) o iniciar una jornada de verdadera lucha. México, 24 de septiembre de 1955”.

A desperonizar

Decía don Arturo Jauretche: “Las mayorías no odian, odian las minorías porque la conquista de derechos produce alegría mientras que la pérdida de privilegios provoca rencor”. 

Los rencorosos dieron rienda suelta a un revanchismo con un fuerte acento de odio de clase. Se formaron inmensas fogatas en los hogares y policlínicos de la Fundación Eva Perón, donde se quemaron miles de libros, juguetes, frazadas, sábanas, cubrecamas, platos, tazas y cubiertos, destinados a los chicos argentinos, porque llevaban el sello de la institución. 

La Ciudad Infantil “Amanda Allen”, conocida y admirada en el mundo como un ejemplo de contención y educación de la infancia desvalida, fue asaltada por las tropas. Sus pequeñas casitas y un enorme comedor que alimentaba a centenares de niños por día fueron aplastados por los tanques, y sus piscinas fueron cegadas con cemento. 

El último sueño de Eva Perón fue la construcción del hospital de niños más grande y mejor equipado de Sudamérica. Comenzó a construirse en un predio de 94 hectáreas en el barrio de La Paternal, sobre la calle Warnes. Los “libertadores” evaluaron que se convertiría en un monumento a la obra de Evita y decidieron detener su construcción; prefirieron salvaguardar sus miserias políticas a atender la salud de los niños. El lugar fue abandonado, a pesar del avanzado estado de su edificación, y lentamente fue ocupado por familias que lo bautizaron “albergue Warnes”. Casi como alegoría, un presidente de origen peronista pero que había “evolucionado” hacia el “neoliberalismo”, Carlos Menem, el mismo que fue a visitar en su lecho de enfermo al almirante Rojas y se despidió con un recordado beso, fue el encargado de demoler, entre otras cosas, lo que quedaba del esqueleto del Hospital Pediátrico María Eva Duarte de Perón en 1991. 

“La resistencia comienza en la mesa familiar, en la cual todos estaban indignados, las mujeres lloraban. Después con los vecinos, nos dimos cuenta de que debíamos hacer algo y comenzamos a pintar ‘Perón Vuelve’”

Mientras las principales potencias reconocían al nuevo gobierno, en Villa Manuelita, una barriada muy pobre cercana al frigorífico Swift, en la zona sur de Rosario, bajo la atenta mirada de las fuerzas represivas de la caballería, un grupo de mujeres, junto con sus pequeños hijos, colgó un cartel en el tanque de agua. Lo habían escrito con brea sobre una improvisada tela armada con guardapolvos cosidos y allí podía leerse: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”. 

En las barriadas humildes, en los cordones industriales, en el interior profundo, al borde de las cañas de azúcar, de los algodonales, las familias peronistas sabían que más allá de las proclamas y los discursos, el gobierno que asumía venía a llevarse por delante todas las conquistas sociales, todos los derechos adquiridos. Sabían también que comenzaría la revancha de los poderosos y que había que prepararse para una larga lucha.

Uno de los miembros de aquella Resistencia, Enrique Oliva, recodaba: “La resistencia comienza en la mesa familiar, en la cual todos estaban indignados, las mujeres lloraban. Después con los vecinos, nos dimos cuenta de que debíamos hacer algo y comenzamos a pintar ‘Perón Vuelve’. Los comandos civiles habían llenado las paredes con ‘Cristo Vence’, que era una cruz con una letra ‘v’ en el medio. Entonces, nosotros convertíamos la cruz en una letra ‘p’. En algunos sitios, ellos le agregaban ‘muerto’. Pero la imaginación popular es inagotable, y un anónimo le agregó ‘de risa’: ‘Perón vuelve muerto de risa’”.

De la resistencia al regreso

Vendrán entonces la heroica resistencia; el decreto 4.161, que prohibía mencionar a Perón, Evita, al peronismo y al justicialismo, y los fusilamientos de 1956. 

Desde el exilio, el General comandaba la Resistencia con lugartenientes como John William Cooke, el único peronista que pudo ostentar un documento en el que el jefe lo nombrada su heredero y conductor. En ese marco, el sindicalismo combativo y la juventud serán la vanguardia de aquella heroica resistencia que tuvo en Felipe Vallese a su primer desaparecido durante el gobierno títere de José María Guido. 

Corría 1964 cuando Perón intentó regresar por primera vez al país. El Operativo Retorno, producido el 1 de diciembre, incluía una comitiva de 16 personas que lo acompañarían desde Madrid. Pero el avión que lo transportaba, tras hacer escala en Río de Janeiro, fu
e obligado a retornar a España. Debieron pasar siete años para que el viejo líder volviera a pisar tierra argentina, cuando su regreso, lejos de ser un fantasma que asustara a las clases dirigentes, se convirtió en una salida política legitimada por una abrumadora mayoría que, tras 18 años de exilio, lo sostenía con mayor fuerza que nunca. El dictador Alejandro Agustín Lanusse lo desafió en 1972 a presentarse a elecciones. Perón regresó al país el 17 de noviembre de 1972. Lanusse firmó un decreto de “residencia”, hecho a la medida de Perón, con la intención de excluirlo legalmente de los comicios del 11 de marzo de 1973 a los que el peronismo se presentó con la fórmula Héctor Cámpora-Vicente Solano Lima, bajo el lema “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

“Para 1974 la Argentina estaba rodeada por gobiernos militares y era la única democracia del Cono Sur”

Los dueños de país de la maravillosa música venían desarmando a sangre y fuego aquel Estado benefactor peronista desde el golpe de 1955. El peronismo intentaba reinstalarlo en un contexto altamente desfavorable. La crisis del petróleo desatada a fines de 1973, como consecuencia de la guerra del Yom Kipur, había complicado un pacto social firmado por los empresarios y los sindicalistas, que sólo contemplaba las variables económicas locales para conseguir una frágil tregua de precios y salarios. El aumento del petróleo comenzó a colocar un enorme signo de interrogación sobre el futuro de la economía nacional y el propio Perón había comenzado el año usando su predicamento para pedirle a su pueblo que ahorrara energía y a los chicos de la casa que ‘apaguen las luces que los grandes se olvidan prendidas’. Los que veían un poco más allá comenzaban a pensar qué forma iba a adquirir este nuevo ajuste económico y cómo se las iba a ingeniar el líder para aplicar las recetas de un Fondo Monetario al que le había cerrado las puertas entre 1946 y 1955. Ahora el país de Perón era miembro pleno de un FMI que se preparaba para hacerles pagar a los países periféricos los efectos negativos de una crisis que estaba complicando seriamente a las economías más desarrolladas.

Para 1974 la Argentina estaba rodeada por gobiernos militares y era la única democracia del Cono Sur. La feroz dictadura de Augusto Pinochet, impuesta a sangre y fuego el 11 de septiembre de 1973, señalaba a las claras cuál era la política del Departamento de Estado de EE.UU. para con América latina.

Aún en ese contexto desfavorable, la Argentina podía exhibir un dato que la distinguía del resto de los países de la región: a un año del regreso del peronismo al poder, la participación de los trabajadores en la riqueza nacional llegaba a la histórica cifra del 49 por ciento. Y algo más, también intolerable para los dueños del poder: otra vez los trabajadores podían hacer valer sus derechos y las patronales sentían esa insoportable sensación de impotencia frente a los justos planteos de las comisiones internas, los delegados de fábrica y hasta, ¡qué horror!, las mucamas.

Palpitando el final

En el frente interno, el peronismo era una olla a presión que empezó a explotar el 20 de junio de 1973 en Ezeiza, durante el acto de recepción del líder del movimiento, proscrito por más de 17 años. El peronismo estaba muy lejos de aquella monolítica expresión política de los años 40 y 50. Ahora convivían en su seno conflictivamente sectores antagónicos que sólo tenían en común el rótulo de peronistas y que venían enfrentándose desde fines de los 60 por la conducción partidaria y por demostrarle a Perón quién era más peronista, tarea difícil teniendo en cuenta que el líder iba cambiando las orientaciones de su movimiento según las circunstancias.  

A las divisiones internas del peronismo que luchaban por imponer su supremacía, se sumaba la acción de numerosas organizaciones político-militares de izquierda que complejizaban el curso de la vida institucional, no sólo por el alto grado de conflictividad que imprimieron en el ámbito estudiantil y sindical, sino también por las consecuencias de un enfrentamiento de aparatos entre las guerrillas, las fuerzas de seguridad y los escuadrones de ultraderecha y paramilitares, como las Tres A.

La juventud, que junto con el sindicalismo había puesto la mayoría de los presos y los muertos para lograr que el “Perón Vuelve” pasara de consigna a realidad, mutó en muy poco tiempo de “maravillosa” a “estúpida e imberbe” en la consideración del dueño del movimiento que no había podido controlar su ira durante la tradicional asamblea popular peronista que volvía a celebrarse tras 18 años en la Plaza de Perón el 1 de mayo de 1974, cuando los jóvenes montoneros le reclamaban el cumplimiento del programa electoral del Frente Justicialista de Liberación y cuestionaban la presencia de gorilas como los comisarios Alberto Villar y Luis Margaride y saludaban a Isabelita con ya clásico cantito “Evita hay una sola, no rompan más la bolas”. Quizá, como dijo Perón, ellos eran demasiado jóvenes y él demasiado viejo. 

“Para mucha gente era el hombre que había transformado a la Argentina de país agrario en industrial, de sociedad injusta en paraíso de la justicia social. Para otros, era un dictador fascistoide y demagogo que terminó con la disciplina social y les dio poder a los ‘cabecitas negras'”

La derecha peronista comenzó a frotarse las manos ante la derrota política de la izquierda del movimiento y pareció dispuesta a disimular sus diferencias internas alentada por los factores de poder que la apoyaban aportando generosos fondos para el financiamiento de sus aparatos propagandísticos y armados. Pero Perón, en sus probables últimos días de lucidez, se sintió en la necesidad de alertar a los peronistas de todos los colores sobre la pesada herencia que les dejaba. Fue otro día gris, el 12 de junio por la tarde, cuando antes de despedirse de su pueblo alertó sobre las consecuencias del incumplimiento del Pacto Social, el desabastecimiento y aconsejó a los militantes que se transformaran en atentos vigilantes de “las circunstancias que puedan producirse”. En la memoria popular, sin embargo, quedaría grabada su despedida, su referencia a la más maravillosa música que llevaba en sus oídos. 

El 1 de julio de 1974 amaneció nublado, no era un día peronista. Los partes médicos alertaban sobre el inminente final para la vida del hombre que había manejado la política argentina a su antojo desde 1945. Para mucha gente era el hombre que había transformado a la Argentina de país agrario en industrial, de sociedad injusta en paraíso de la justicia social. Para otros, era un dictador fascistoide y demagogo que terminó con la disciplina social y les dio poder a los “cabecitas negras”. 

La palabra del pueblo argentino, la maravillosa música, enmudeció aquel 1 de julio. La Argentina fue un país de colas. Los ricos las hacían para comprar dólares, los pobres para comprar fideos y para darle el último saludo a su líder. Había algo distinto al entierro de Evita. No era tan evidente la división entre las dos Argentinas, la que brindaba con champagne porque se había muerto la “yegua” y la que lloraba a su abanderada. La sensación era distinta porque el peronismo había ampliado su base electoral por izquierda, pero también por derecha. No eran pocos los conservadores que habían confiado a Perón la misión de pacificador de la Argentina, de última carta para frenar al “comunismo”. Así que no tenían mucho para festejar y, sin sumarse al dolor popular, no exhibían ni pública ni privadamente su satisfacción reparadora de viejos rencores.

Las calles se llenaron de lágrimas, flores y caras preocupadas. Viejos, grandes y chicos lloraban en las calles como se llora la muerte de un familiar muy cercano. No podían olvidar al hombre que junto con Evita los había reafirmado en su dignidad
, en sus derechos. La frase más escuchada era “qué va a ser de nosotros”. Nadie se engañaba sobre los días que vendrían. La sensación de vacío político era proporcional al tamaño de la figura desaparecida. Isabel, la heredera efectiva del legado dejado simbólicamente al pueblo, no estaba a la altura de las circunstancias y sólo tenía de Perón su apellido. Nadie ignoraba que el brujo José López Rega ocuparía el lugar central en la política por el que había venido luchando desde su puesto de mucamo de Puerta de Hierro, que ofrendaría a lo peor del poder político militar de la Argentina. Quedaba flotando una pregunta: por qué el último Perón, el hombre que había autorizado la alegría, el hombre que cambió como nadie el reparto de la riqueza a favor de los trabajadores y legalizó sus derechos, dejaba aquella terrible herencia, antesala del infierno tan temido.