Un emblema de traductor

Latinoamérica y el Mundo 

Por la pluma de Gregory Rabassa pasaron las historias más emblemáticas de Latinoamérica. Este traductor norteamericano colaboró en los cimientos de la ola literaria regional que cautivó al mundo entero. Rayuela y Cien años de soledad, entre tantas obras canónicas, pasaron por sus manos. En esta entrevista habla de su vida y la relación con los grandes escritores. 

Gregory Rabassa, traductor- Foto: blombergGuido Bilbao y R.M.Koster- El Malpensante (Colombia) 

De tanto ir al cine uno tiene la sensación de que ya conoce todo Nueva York, incluso el interior de las casas. Este apartamento en el Upper East Side de Manhattan, en la avenida Lexington, parece salido de una película de Woody Allen: el típico refugio de un profesor universitario. Una inmensa biblioteca ocupa la pared más grande de la sala. Colmada de libros, de dibujos, de manuscritos. Es imposible acercarse porque en el piso hay pilas y pilas de más libros. “No tenemos lugar para todos pero con mi esposa hemos decidido conservarlos, a pesar del desorden”, explica Gregory Rabassa. Aunque su nombre no le diga mayor cosa a los lectores latinoamericanos, este hombre de 91 años es el traductor que le abrió las puertas del mundo anglosajón a los más grandes: tradujo a Cortázar, a García Márquez, a Vargas Llosa, a Lezama Lima, a Jorge Amado, a Clarice Lispector, a Mujica Láinez y a José Donoso, entre otros. Tradujo más de treinta obras, “ni yo sé cuántas”. Por algo le dicen el Coyote mayor de la literatura latinoamericana.

Frente a la ventana cubierta por una cortina pesada y polvorienta hay una mesa pequeña, una silla y una máquina de escribir portátil, marca Olympia, que Rabassa compró hace medio siglo. La mandó a modificar para agregarle los acentos del portugués. En ella puede escribir en todas las lenguas románicas y hasta en alemán. “Aunque el siglo xx ha sido muy malo, he decidido seguir viviendo allí. No uso computadora”, susurra. Fue al mando de esta reliquia –¿la máquina de escribir más culta del continente?– que Rabassa colaboró, palabra por palabra, en cimentar el prestigio de esa nueva ola que se llamó el Boom latinoamericano. Vale decir, literatura que conquistó el mundo luego de ser traducida. Hasta conseguir tres premios Nobel.

“Si los traductores son los héroes anónimos de la literatura contemporánea, Gregory Rabassa es su superhéroe”, lo definió la New York Times Book Review. “Es el mejor escritor latinoamericano en inglés”, añadió Gabriel García Márquez.

Sentado en un sillón inmenso, en el living de su apartamento, Rabassa se sacude el prestigio y dice que los elogios deben ser para los autores. Que no cree merecer todo eso que dicen de él.

–Gracias a Dios tuve una educación a la antigua, típica de los años treinta –Rabassa creció en New Hampshire, una zona acomodada en las afueras de Nueva York–. En la escuela estudiábamos latín y francés y gran parte de este estudio consistía en traducir. Ahora no; con todo este, como le dicen, método directo, no creo que los estudiantes aprendan tantas palabras. Nosotros leíamos a Galdós, a Balzac… Cuando Galdós entraba en una sala comenzaba a nombrar todos los objetos, y uno aprendía palabras. Traducir es tener vocabulario incorporado, eso lo estoy entendiendo ahora. Con la edad estoy perdiendo la memoria. Puedo sentir la palabra, pero no llega a mi boca. Es ahora que empecé a usar diccionario. 

–Su padre era cubano, ¿él le enseñó español?

–Mi padre era cubano, pero hablaba un inglés perfecto. Mi madre era de Hell’s Kitchen, un barrio neoyorquino. En nuestra casa rara vez se hablaba español; solo recuerdo que mi padre lo hiciera cuando alguien venía de Cuba o cuando pasaba algo imprevisto. Por ejemplo, una vez se cortó un dedo y gritó: “¡Coño!”. El español lo aprendí en la escuela. Se decía que era la lengua del comercio, para comprar azúcar y esas cosas. Teníamos un profesor de español que también hablaba portugués y daba algunos cursos. Y como ya de niño era coleccionista de lenguas, tomé los cursos. Así aprendí español, francés, latín, portugués y algo de alemán. Pero donde más aprendí fue en la guerra, en el ejército. 

Rabassa es un hombre pacífico, pero está orgulloso de haber luchado contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en Italia destacado en Caserta durante la famosa Batalla de Montecassino, sitio donde los aliados perdieron 54.000 hombres. Como era estudiante de lingüística lo aceptaron en el servicio de inteligencia militar para trabajar en criptografía: descifrando mensajes en clave, una especie de traducción bajo fuego.

Fue en medio del infierno, no podía ser de otro modo, donde el Coyote encontró su extraño paraíso: entre las fuerzas aliadas en Italia había unidades británicas, francesas, polacas, canadienses, marroquíes, gurkhas.

–Pude practicar los idiomas que había estudiado, incluso el portugués, porque también había una brigada de la Fuerza Expedicionaria Brasileña. Además, aprendí italiano y algo de ruso, como izquierdista que era en aquel entonces. En la guerra fui testigo del trabajo de traducción más duro que jamás haya visto: un soldado tuvo que comunicarle a un general alemán que sería ejecutado, mucho antes de los juicios de Núremberg. 

El don oculto 

Al volver de la guerra, Gregory Rabassa se mudó al adrenalínico Greenwich Village de finales de los cuarenta. Solo pensaba en descansar. Como veterano de guerra, tenía derecho a que el gobierno le pagara los estudios y se matriculó en Columbia para culminar los suyos. La guerra lo había encontrado estudiando lenguas románicas en Dartmouth y al reanudar pensó elegir periodismo, pero le pareció mucho trabajo. Alguien de la Universidad le propuso entonces matricularse en la carrera de español. Era la vida que necesitaba. Cursos de día, lecturas en la tarde y jazz por la noche. Tardó diez años en hacer su doctorado en literatura hispanoamericana, que terminó en 1955. Después comenzó a dar clases. La traducción llegó a su vida de forma inesperada. Le ofrecieron colaborar con Odisea, una pequeña revista de la universidad, seleccionando cuentos de autores latinoamericanos. Como no existían traducciones, las versiones las hacía él mismo. Empezó porque sí y porque le pareció divertido. Resultó que los otros vieron allí un don. En 1966 lo llamaron de una editorial para traducir la novela de un argentino, un tal Julio Cortázar. El destino es una casualidad: un año después, en 1967, Rayuela era un éxito de crítica en Estados Unidos y Rabassa ganaba con su primer trabajo el National Book Award en la categoría de traducción.

–Es por ese libro que todavía sigo traduciendo. Yo ni sabía que había un premio tan importante a las traducciones. 

–Este año se celebra el cincuentenario de la publicación de Rayuela. ¿Cómo encaró ese primer encargo?

–Pues fíjate que yo no había leído Rayuela, entonces fui conociendo el libro a medida que lo traducía. Tiempo después seguí el orden sugerido por Cortázar, que no tiene final, como si fuera un disco rayado. Recuerdo que un crítico se preguntaba: “¿Qué espera este Cortázar? ¿Que leamos su libro dos veces?”. No lo entendían. A medida que avanzaba le mandaba algunas páginas a Julio, pues él hablaba un buen inglés. Con el tiempo nos hicimos grandes amigos. Primero por correo, luego vino a Nueva York y pasó un tiempo con mi familia. Teníamos una casa en la playa y nos visitó varias veces. Le gustaba mucho la música popular, el jazz. Y yo tenía de mis tiempos en el Village una buena colección de discos que él no conocía, cosas en estilo dixieland de grupos muy viejos. A Julio le encantaba un disco de Louis Armstrong recitando un poema para niños, La noche antes de Navidad
, que por desgracia perdí. 

De repente, Rabassa mueve un brazo para tomar impulso, agacha la cabeza y sin decir palabra se para y se va. Entra en una habitación y vuelve enseguida con un cuadro bajo el brazo, una serie de dibujos con fibras de colores.

–Esto para nosotros es un tesoro que define a Julio incluso mejor que su literatura. Nuestra hija le decía que era muy parecido a Abraham Lincoln, por su altura y su barba. Él nos envió estos dibujos para ella. Julio tenía cierto rapport con los chiquitos como nuestra hija, que entonces tenía cuatro o cinco años: tú veías que ellos lo entendían. Uno de sus cuentos trata de una chica que los niños perciben pero que, para los adultos, solo es una amiga imaginaria. Al final del cuento el narrador puede ver a la chica, igual que los niños. Ese era Julio: alguien que ve lo que los niños ven y que los adultos son incapaces de percibir. Traduje casi toda su obra. De los escritores que conozco de Hispanoamérica, Julio es el más singular. 

–Usted también tradujo El libro de Manuel. ¿Llegaron a hablar sobre esa paulatina politización de su literatura?

–En ese libro Julio trató de hacer algo que no era lo suyo. Políticamente coincidíamos, aunque Julio era mucho más idealista que yo. Yo en esencia soy un cínico. 

–¿Qué significa eso?

–Que tengo preferencias políticas, pero no creencias políticas. Digamos que lo que me guía es el cerebro y no el corazón. Tengo un corazón desconfiado. Yo quería ser científico. De adolescente abandoné la iglesia muy pronto, cuando descubrí que uno puede mentir en la confesión. Me acuerdo que pensaba: “A este padre no le voy a decir todos mis pecados”. Y mentí. Y nada me pasó. Tengo mis ideas políticas, pero no creo en la santidad de la gente. Julio era un idealista, yo no. 

A partir del éxito de Rayuela, Rabassa comenzó a recibir nuevas propuestas. Decidió seguir con las clases en Columbia –donde trabajó hasta jubilarse– y con las traducciones en sus ratos libres. No tenía la ambición de forjarse una carrera. Más bien lo tomaba como un hobbie. Cortázar, de alguna forma, se convirtió en su agente. 

–¿Es cierto que García Márquez tuvo que esperarlo más de un año para que usted fuera el traductor de Cien años de soledad?

–No fue exactamente así. Yo había decidido probar con el portugués y trabajaba en La manzana en la oscuridad, de Clarice Lispector. Estaba en eso cuando me contactaron por recomendación de Cortázar para traducir Cien años. Dije que no, que estaba ocupado. Pero Julio convenció a Gabo y él me esperó. Creo que había leído Rayuela en inglés para evaluar mi trabajo. Es que él sabe mucho más inglés del que dice que sabe. Al final, todo salió muy bien. Pero no lo conocí mucho, no hemos pasado demasiado tiempo juntos, salvo en algún que otro encuentro. 

–Cien años de soledad es una historia con un ritmo peculiar. ¿Qué implicó traducir un libro tan canónico?

–Fue uno de los pocos libros que había leído antes de que me propusieran traducirlo. Sabía que era muy bueno, que tenía algo importante entre manos. Pero lo trataba como cualquier otra tarea. Si no, la traducción hubiese sido muy mala. Traduzco la Biblia con el mismo espíritu con el que traduzco un texto de economía. Traducir es una cuestión de hábito. Yo solo pienso en el trabajo, no en sus implicaciones. Gabo no se metió mucho. Para entender algunas palabras, más bien consultaba a un médico colombiano que vivía en Long Island.

–¿Cuál fue el primer obstáculo en ese camino?

–¡El título! Había muchas formas de traducirlo. “Cien” no tiene un artículo delante como en inglés, “a hundred” o “one hundred”. También podía ser “century”. Me pareció que “one hundred” estaba más a tono con el espíritu de “cien”. Y cuando llegamos a “soledad” también encontramos cierta ambigüedad. Lo primero que viene a la mente es “loneliness”. Pero me decidí por “solitude” porque es una pizca más inclusiva y porque tiene el germen de “loneliness”, como bien lo demostró Billie Holiday. 

–¿Hablaba con García Márquez, se escribían?

–Nos escribimos y nos conocimos cuando se presentó el libro aquí en Nueva York. Al principio yo estaba en contacto con la casa editorial y con la American Society, que tenía un programa para estudiar la cultura hispanoamericana: ellos pagaban parte de los trabajos. En esa época ninguna editorial estaba dispuesta a invertir en traducciones. Decían que no se ganaba dinero con eso, aunque con Cien años de soledad tuvieron un éxito extraordinario. No traduje los últimos libros de Gabo por una cuestión de agenda. Pero la relación siempre ha sido buena. 

–Usted también tradujo El otoño del patriarca, con el que ganó el Premio Pen de traducción.

–Ese libro tiene una prosa, digamos, sin respiración, sin puntos. Recuerdo que el New Yorker iba a publicar un anticipo y querían ponerle puntos, párrafos, para hacerle el trabajo fácil al lector. Gabo y la editorial lo aceptaron. Solo pedimos que nada de punto y coma; era una cuestión muy técnica. Luego vinieron con otro problema: la palabra “mierda”. El New Yorker no publicaba vulgaridades y pedían cambiarla por un sinónimo. ¡Es que eran tan puritanos! Para mí eso era ir demasiado lejos. Porque “mierda” es una de las palabras predilectas de Gabo. Aparte, no puedes cambiar “mierda” por “excremento” sin perder algo en el camino. 

–¿Y qué pasó?

–Nos negamos. Supe que hubo una gran reunión en el New Yorker con los responsables de la revista y los abogados, todos reunidos alrededor de una palabra: “mierda”. Y finalmente optaron por publicarla. Yo creo que este triunfo le representó más honor a Gabo que el Premio Nobel. Él rompió “la barrera de la mierda” en el New Yorker. 

–Dice que Gabo no se metía en sus traducciones, ¿Vargas Llosa sí lo hacía? Usted tradujo La Casa Verde y Conversación en La Catedral.

–Vargas Llosa no habla inglés tan bien como cree. La personalidad de Mario es así. Su inglés es el inglés que aprendió en los libros, un inglés jesuítico, cicerónico, correcto, exacto. Es decir, impropio para la traducción. Él es un poco austero, por eso quería ser presidente. Él se siente presidente. Y yo tengo una teoría sobre su derrota, que atribuyo a la venganza de Fuji. En La Casa Verde hay un personaje, el malevo, llamado Fuji. Es un japonés brasileño… Al final, a Vargas Llosa le terminó ganando otro japonés latino, Fujimori. 

–También tradujo a Mujica Láinez.

–¡Manucho! Qué hombre. Me río cuando lo recuerdo. Yo traduje Bomarzo y también me gustó mucho De milagros y melancolías, que es una historia de todos los héroes de Hispanoamérica, buenos y malos, presentados como si fueran payasos, hasta el propio Bolívar. Era muy irreverente. 

 

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