El retorno no querido a Ciudad Juárez

Un pulmón con enormes zonas apagadas por el mal. Así describe el escritor y periodista Alejandro Páez Varela a su ciudad, en el estado de Chihuahua, a la que no quiere pero debe volver. Su relato personal y familiar se mezcla con la actualidad de Juárez, la inequidad, violencia y el espanto.

 Alejandro Páez Varela – Sin Embargo (México)

“No quiero volver a Juárez”, le dije a mi hermano. Me había recogido en el aeropuerto e íbamos hacia el Puente Libre. Era la noche del 25 de diciembre y caía un frío canijo que emblanquecía las calles, los toldos de los carros, los vidrios de las casas, la tierra. Una nata de contaminación cubría buena parte de la ciudad porque, supe por la televisión, se ha regresado al carbón y a la leña (en pleno Siglo XXI); el gas es endiabladamente caro a pesar de que algunas de las familias más poderosas del sector energético mexicano son juarenses, como los Fuentes.
“No quiero volver a Juárez porque me quita las fuerzas”, le insistí a Aurelio. La mancha urbana pasaba frente a nosotros: los mismos terrenos baldíos, las mismas paredes con pintura vieja, estrellada y carcomida; las mismas banquetas de tierra de cuando éramos niños. Algunas cosas han cambiado en décadas y casi todo para mal. La guerra pudrió lo que estaba medio podrido pero los apellidos de siempre le siguen chupando vida a la ciudad: los Fuentes, los Bermúdez, los Terrazas, los Escobar, los Quevedo, los Zaragoza, los De la Vega. Los mismos apellidos que han sacado todo de esta frontera y a los que –ahora resulta– debemos agradecer su misericordia. En el discurso oficial, esos zánganos son los padres de la patria chica. (Y ahora los Duarte, porque los periodistas chihuahuenses cuentan –y ya lo publicarán cuando existan condiciones– que la familia completa del Gobernador tiene un pie sobre todo lo que pueda escurrir centavos públicos: el mundo de las licitaciones, las universidades, los organismos descentralizados y las sierras de pino y metales; nada escapa a su apetito, dicen).
En esencia, es el mismo Juárez en el que crecimos mis hermanas, mi hermano y yo. El mismo. Montones de drogas, montones de adictos y (después del carnicero Felipe Calderón Hinojosa) de huérfanos. Montones de pobres y montones de carros viejos que defeca Estados Unidos y acá desplazan a montones de obreros por una ciudad destartalada, dislocada por la ambición y la maquiladora, sostenida sobre llantas de desecho. Grandes extensiones de terreno están bardeadas, incluso en las zonas más céntricas, porque las familias dueñas de Juárez no los quieren vender: especulan con la tierra; esperan su turno en la Alcaldía (algún sobrino, nieto o hijo llegará) para reorientar, otra vez, el crecimiento de la ciudad y así aprovechar un aumento en la plusvalía, como lo hicieron otros antes que ellos.
La ciudad, vista desde el cielo, es como el pulmón derecho de mi padre: con enormes zonas apagadas por el mal.

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