El relato de una argentina varada en Cartagena por el coronavirus: “Nadie sabe cómo nos volvemos”

Las últimas 48 horas fueron complicadas para los turistas que estamos en Cartagena, la ciudad amurallada estrella de Colombia. Como hicieron muchos países, para frenar el avance del coronavirus, Colombia también cerró la frontera, prohibió el ingreso de extranjeros y mandó a “desalojar” todos los destinos turísticos, entre ellos las islas y los parque nacionales. Las autoridades de Cartagena declararon además el toque de queda.

Yo estaba metida en un mar de agua cristalina, en una isla a unos pocos kilómetros de la ciudad cuando todo esto ocurrió. Esperábamos que nos pase a buscar una lancha con la que íbamos a volver a Cartagena para de ahí ir a Barú, el famoso destino de arena blanca y agua turquesa, esa puntita de mar Caribe que se puede ver en el mapa.

Pero la lancha no venía. Festejamos tener unas horas más en ese paraíso hasta que empezaron a llegar los rumores de que algo andaba mal en la ciudad. En unas horas nada más llegarían unos botes para desalojar a todos los turistas. Así empezó nuestra travesía. 

A esa altura el puerto de Cartagena ya estaba cerrado, por lo que nos llevaron a un pueblito en medio de la nada. Todos necesitábamos llegar a Cartagena pero nadie sabía cómo. No había cómo. La misma empresa del bote consiguió un micro, que algunos pudimos tomar hasta la ciudad. A pesar de que ningún micro podía entrar ya a Cartagena, lo logramos. 

Ahí empezó otra historia: encontrar lugar para dormir. Faltaban un par de horas para que empezara el toque de queda y nadie podía estar en la calle. Pasaba el tiempo y no conseguíamos dónde pasar la noche. Desde la recepción de un hotel nos asustaron: durante el toque de queda los militares salen a la calle y se pone pesado, que nos apuremos, nos dijeron.

El host salvador fue Juan David, que nos pasó a buscar con su hijita y nos llevó hasta su hospedaje en Boquillas, una localidad a 15 kilómetros de Cartagena. También nos consiguió algo para comer; ya estaba todo cerrado y no habíamos tenido tiempo ni de darnos cuenta hacía cuánto no comíamos. 

A la mañana siguiente volvimos a Cartagena. Pensábamos que íbamos a poder tener unos días para conocer la ciudad hasta coordinar la vuelta al país. Pero no iba a ser tan fácil. Literalmente la decisión era que los extranjeros se fueran.

Ahora empieza otra historia: conseguir un pasaje de vuelta. Llamados interminables a la aerolínea y a la Cancillería. ¿Cómo nos volvemos? Mientras, se suman nuevas versiones y rumores: que vamos a tener que hacer cuarentena acá, que no. Nadie sabe bien. La historia tiene por ahora un final abierto. Estamos como tantos otros argentinos varados en diferentes ciudades del mundo esperando algún vuelo que nos lleve a casa. 

No nos vamos a quejar, la situación que atraviesa el mundo con esta pandemia es más urgente y nuestros planes de vacaciones quedarán atravesados en segundo plano. Paciencia. Ya volveremos en otra oportunidad. Por lo menos pasamos dos días en un lugar mágico, en medio de un mar turquesa de agua cristalina. Hicimos snorkel, tomamos sol, nadamos con estrellas de mar y pensamos que eso sí era el paraíso.