El progreso fue un fracaso

Latinoamérica y El Mundo

El mito de la modernidad es la idea de progreso para el mundo occidental. Ya sea a través del capitalismo o por la vía del comunismo, el proyecto civilizador se construyó sobre la base del dominio de la naturaleza para satisfacer las necesidades humanas. Pero este modelo puso en evidencia su fracaso con la crisis ambiental en curso. Los indígenas están lanzando un grito de alerta.

Una mujer indígena andina cultivando la tierra – Foto: Percy Ramírez / Oxfam

Yuri F. Tórrez – La Razón (Bolivia)

En el lienzo El sueño de la razón produce monstruos el entrañable pintor español Goya escenifica los horrores que produce el proyecto de la modernidad. Una de las aristas perversas de este proyecto civilizador se evidencia con la crisis ambiental en curso, amén de haber privilegiado a la razón como la senda para alcanzar la felicidad. Esta sujeción de la naturaleza en nombre del progreso es una muestra inequívoca de la gestación de esta narrativa moderna (cristiana, marxista, capitalista), que se construye sobre la base del dominio de la naturaleza para satisfacer las necesidades humanas.

Para el mundo occidental, el mito de la modernidad es la idea de progreso, asumida como el sendero por el cual se iba a conseguir la felicidad humana, sea a través del capitalismo perfecto o, en su defecto, por la vía del paraíso comunista. Ni uno ni otro.

En este contexto, se debe precisar que la crisis de la modernidad es una de sus dimensiones constitutivas, la razón histórica, como diría Edgardo Lander. O sea, la visión liberadora de la ilustración quedó truncada; en palabras de Júrgen Habermas, “la modernidad es un proyecto inconcluso”. Asimismo, la crisis de los metarrelatos de la filosofía de la historia supuso la crisis de los sujetos de esa historia, la disolución de todo sujeto, como es el caso de los marxistas. La otra dimensión de la modernidad, vinculada a la razón instrumental y tecnológica, parece estar vigente; es decir la historia, incluso en tiempo de descolonización, continúa existiendo en un solo sentido. O sea, a los países subdesarrollados nos queda un largo trecho por recorrer para llegar a la meta en la cual aguardan los ganadores de la gran carrera universal hacia el progreso.

” ¿Cómo alcanzar los patrones de consumo y bienestar material que han alcanzado los países ‘desarrollados’ si al mismo tiempo sacrificamos nuestros recursos naturales y nuestra biodiversidad?, ¿seremos realmente felices si alcanzamos esa riqueza material anhelada? Parece que la infelicidad humana se debate en un péndulo “

En este sentido, surge preguntas paradojales: ¿cómo alcanzar los patrones de consumo y bienestar material que han alcanzado los países “desarrollados” si al mismo tiempo sacrificamos nuestros recursos naturales y nuestra biodiversidad?, ¿seremos realmente felices si alcanzamos esa riqueza material anhelada? Parece que la infelicidad humana se debate en un péndulo: por un lado, la extrema pobreza, que hace que los habitantes de los países subdesarrollados, como el caso boliviano, vivan en condiciones infrahumanas; y, por el otro, el exceso de riqueza material de los países que alcanzaron el supuesto “progreso material” está originando una pérdida de valores.

En el discurso del capitalismo y del socialismo los objetivos son muy parecidos: industrialización, conquista espacial, industria militar. etc. Incluso el propio Lenin decía: “el comunismo es socialismo más electricidad”. Vale decir, la apuesta científica/tecnológica fue la misma: una ciencia con eficacia práctica y bajo el legado Baconiano, en el que los hombres deben alcanzar su felicidad sometiendo a la naturaleza bajo sus designios. En todo caso, este mito de la modernidad no sólo es un mal (y exagerado), plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino que además es la constatación de que el paradigma extractivo de la modernidad está en crisis. Mientras se agota la fantasmagórica historia imaginada por Hegel, los indígenas están lanzando un grito de alerta, denunciando la crisis del modelo civilizatorio de la modernidad, que se reduce a una mera instrumentalización política para embarcarse en el tren de la historia (o del mito) del progreso.

 

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