El plato recalentado de la deuda

Argentina
Roberto Mero

Los anuncios económicos del gobierno atrasan treinta años. Forzado por la crisis económica del 2008, que aún no termina, el FMI sólo presta dinero a cuentagotas a quienes demuestran solvencia, planes sociales para evitar estallidos y medidas de liberalización que escapen a los engranajes del alegre burdel de los años locos de los ’90, a los que quiere retornar Macri.

Manifestación contra el gobierno de Mauricio Macri - Foto: Carlos Brigo

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa 

Los anuncios económicos del régimen macrista recuerdan a aquel divorciado reciente que decide llamar a sus ex novias para reavivar la llama seductora, veinte años después. De nada le valdrá ponerse el bléiser, el pañuelito en el cuello y el Old Spice: trágico será su negro despertar entre casadas, viudas, olvidadas, abuelas. La payasada de los anuncios macristas adquiere un perfil tragicómico. Como aquel soldado japonés de la Segunda Guerra Mundial que no se había enterado que la conflagración había concluido, el equipo de Prat Gay navega en una época que atrasa treinta años: el FMI ha cerrado el chanchito de los préstamos y la plata dulce, el desastre del 2008 ha forzado a la banca europea a poner dos cadenas antes de avanzar un centavo y ninguna promesa de gobierno lacayo puede convencer a la troika financiera internacional. En síntesis: en el 2015 sólo se presta (y siempre a cuentagotas) a quienes demuestran solvencia para devolver, planes sociales para evitar estallidos y medidas económicas de liberalización que escapen a los engranajes del alegre burdel de los años locos 1970-1990. Dominique Strauss-Kahn lo había advertido en el 2008 y su sucesora al frente del FMI Christine Lagarde lo juró por todos los santos: podrán prometer lo que quieran, pero sin garantías de cobro no hay un solo mango. El gobierno ultraliberal de Samarás en Grecia prometió vender hasta los calzoncillos, pero nadie le creyó. Rajoy en España se quiso alinear, pero también fracasó en aquello de conseguir plata dulce para sostener a las clases especuladoras, prometiese lo que se prometiera y se dispusiese a vender hasta el último tornillo nacional. La respuesta fue y es NO. Las recientes crisis en Irlanda o en Islandia debieron ser resueltas con planes sociales, financieros y económicos de inclusión. Negociando con el FMI y la Banca Central Europea, que están allí para «cobrar» y no para hacer ideología. El plato recalentado de la deuda que hoy promete servir el macrismo carece de todas las garantías para no terminar en el hospital. Empanada podrida estos anuncios sólo pueden convencer a los voraces arbolitos de la calle Florida, pero difícilmente a los delicados gourmets de las finanzas mundializadas.

Arrepentimiento y contrición del macrista de base

No hace falta haber sido monaguillo para saberlo. Puedo «arrepentirme» de haber cortado a mi abuela en finas rebanadas. Puedo pedir «perdón» por haberlo hecho. Pero no hay confesión que funcione si no hay «contrición». Es decir, la promesa sincera de no volverlo a hacerlo. Cualquiera puede constatarlo sin ser un astro de la estadística. En menos de una semana el fino chupaculismo al «Mauri» ha caído en las redes en una suerte de desazón explicable: una cosa es querer matar en nombre de Macri y otra muy diferente es estar dispuesto a morir para defenderlo. Ya sea por nuestra pasión en defensa del modelo o bien explicando que con el ingeniero el desbarranco no tardaría en llegar, todos nos desgañitamos durante la campaña para explicar la evidencia de una farsa bien maquillada. Es más que evidente que los arrepentidos no expurgarán su falta ante el confesionario sino delante del vacio impiadoso de la heladera. Es una constatación meridiana que aquellos feroces atacantes de «la yegua» hoy no tienen más que mirarse entre diez para comer el mismo pollo que devoraban cuatro. Y si en el fondo de mi corazón vibra el desprecio por los crédulos seguidores del infame exiliado en Miami, no puedo evitar la pregunta: ¿Bastarán nuestras fuerzas patrióticas y populares para terminar cuanto antes con esta pesadilla? Y otra: ¿Podrá un gobierno falaz y entreguista gobernar en nombre de un 51% que ya no representa? Cuando el carro triunfal de un emperador entraba en Roma, la costumbre imponía la obligación de llevar con él un esclavo que le repetía al oído, para que no lo olvidara: «La gloria no dura para siempre, vos sos mortal». Cuando el termómetro marque 41° y el clasemediero de base no se atreva a encender el aire acondicionado. Cuando el día 20 no se llegue a llenar la heladera. Cuando en vez del opíparo lomo y las mollejas haya que asarse unos patys. ¿Qué voz le susurrará al arrepentido que puede hacer contrición saliendo a la calle? ¿Qué otra voz más que la nuestra, organizada, permanente, que le repita que sólo en la calle obtendrá el perdón ante su error de creerse rico durante el tiempo evanescente de un votito?

Fascismo light para piojos resucitados

Tímida aún, por institucional y burocrática, la resistencia del Frente para la Victoria a las provocaciones del régimen macrista recuerda a aquella ardua fórmula que derrotó a la dictadura, mezclando pueblo en la calle y debate político, combate de calles y acuerdos de salones. La diferencia entre aquella Multipartidaria de 1981/1983 y esta construcción que estamos observando, estriba en una cuestión de tiempo y de masas. Aquella debió forjarse en un periodo de reflujo y de derrota del movimiento popular. Esta se funda en todo lo contrario: mientras algunos dirigentes esperaban irse a casa a dormir una siesta veraniega, el despertador del estruendo puso fin a esa calma deseada, llevándolos a plantar la impensable bandera de la movilización. La redes sociales, los manifestantes, los dedos en V, los recuerdos de lo que era ganar la calle a pesar de los palazos planean hoy por sobre la cabeza del régimen como una condena que no había imaginado Durán Barba. Creyeron que iban a golpear un cuerpo inerme, destartalado, choripanero. Y ahora están descubriendo que el engañador termina por ser engañado por el mismo engaño que destilaba. El fascismo light de los piojos resucitados se rompe los dientes contra lo inexplicable de su propia impotencia. Descubre ahora que los doce años de gobierno nacional y popular es un hueso durísimo de roer, que la cultura del pueblo en la calle no fue por la birra y el chori y que Lanata y Leuco, Longobardi y Majul terminaron por amasar un salame de carne podrida que los clasemedieros no saben por donde agarrar. Gobierno de corporaciones, primaria de la raza blanca, moralina del bienpensante contra la «corrupcion K», constitucionalismo de pacotilla. El rugido popular que no cesa contradice esos sueños acariciados por el cacerolero militante, su odio psicópata al pueblo, sus delirios de poca grandeza. Lo que a la Multipartidaria de los ‘80 le llevó meses lograr, lo que en la noche del menemato costó tanto reunir, hoy se da como fuerza organizada y patriótica allí donde el enemigo creía hallar una masa descerebrada. El FpV tendrá que también que resolver el enigma de estos tiempos: tomar la delantera organizativa o bien ser llevado como un corcho hacia la costa.

El anacrónico «terrorismo» macrista

Carros de asalto rodeando la Rosada, hidrantes apuntando manifestaciones, frases delirantes sobre el lomo para enfermos, Susana y Del Sel bailando la conga. El déjà vu del régimen que se inicia promete al mismo tiempo las certezas irreversibles de su propia muerte. Atacado por el síndrome de Benjamin Button, ya nació viejo y fuera de tiempo, condenado por una dinámica histórica que lo machaca como una aplanadora. Palazos en la noche para
desalojar de militantes un local asociativo, granaderos relucientes pero huérfanos de pueblo, jueces de la Suprema Corte elegidos por dedazo. La obscenidad de la mordaza que busca imponerse en los medios sólo es comparable a ese despampanante desafío de las redes sociales, sus camaritas filmando al pueblo en la calle, la insolencia de la verdad que rompe diques. Berreta y desalmada, la composición del staff macrista, remeda aquellos western en blanco y negro, donde una banda de forajidos tomaba por asalto un pueblito para someterlo a sus bajos instintos. Lo que el clan Macri aún no descubrió es que (en aquellas historias como en estas realidades) los malvados siempre terminan de la misma manera: al extremo de una cuerda, colgados de un árbol. O impiadosamente acribillados en un tugurio mistongo. Un personaje de un film reciente, de cuyo nombre no me recuerdo, decía que había que encontrar la forma de librar en el siglo XXI una guerra contra combatientes del siglo XIII. Se refería a esa turbulenta masa de fanáticos islamistas que se hacen reventar con bombas del 2015, pero una ideología inventada por Ibn Taymiyyah hacia 1300. ¿Cómo dar esta batalla de nuestros días contra quienes arbolan planes de colonización del siglo 18, que tratan a millones de nuestros ciudadanos como a malones del siglo XIX y buscan llevarnos a la exasperación de la Semana Trágica de 1919? La violencia de la política de clase del macrismo se potencia con el anacronismo de su ejecución, lo siniestro de su equipo nacido en las tinieblas de los años ‘90 y la arrogancia de creer (y hacernos creer) en la impunidad de sus malandras. Bajo la túnica del Estado Islámico o las sonrisitas decadentes de los secuaces financieros, el terrorismo sufre de un anacronismo irreversible: nació para morir, barrido por el pueblo y la historia.

La ingobernabilidad del naufragio

Recomenzando allí donde peor terminó, la banda organizada de la dirección económica macrista repite puntualmente las condiciones del desastre del 2001: endeudamiento y casino financiero, promesas de intereses sospechosos para los depósitos en dólares, irresponsabilidad de sus funcionarios ante el delito consumado, arrasamiento del salario, salvavidas de plomo para la industria nacional. Estos datos, dados por ciertos e inevitables hace una década atrás, vuelven sobre el tapete con la pornografía de una escenario conocido. Salvo que lo que era ideología de masas hace una década y media hoy no es sino un torpe remedo de una debacle anunciada. Concreto: el tríptico corralito-corralón y estado de sitio, que el equipo Cavallo larvó por etapas hasta el golpe final del 19 de diciembre 2001, ahora aparece como la reinstalación de un cadáver desnudo. Lo que ocurrió entonces, ocurrirá nuevamente y la ingobernabilidad del naufragio se repetirá. Salvo que esta vez el furor popular no reclamará un incierto «que se vayan todos» sino un «que se vayan ellos». No se trata aquí de evaluar legitimidades sino sobrevivencia. No se trata de lo que es posible o imposible, sino de la vida y de la muerte de la sociedad argentina tal como la conocemos. Hasta el chupaculismo de La Nación se está haciendo eco de este improbable cabalgar hacia la nada, recordándole a Macri que no cuenta con un electorado sólido ni una fuerza parlamentaria decisiva. Y mucho menos de la experiencia de negociación que (según el diario de los Mitre) tendría que haberlo llevado a un cierto nivel de acuerdos con el PJ. La orquesta macrista toca el Lago de los Cisnes sobre cubierta mientras el barco se inclina hacia el abismo devorante. Aún en el supuesto de haber ganado una elección democrática, la comisión del vencedor era para gobernar un país, no para hacerlo volar en pedazos dejando para un futuro (aún próximo) la dura tarea de pescar entre glaciares los cadáveres que queden.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.