El planeta al horno

Latinoamérica y El Mundo

ONU realizará en diciembre una nueva reunión global sobre Cambio Climático. Desde hace años que estos encuentros no llegan a acuerdos que den una respuesta real a lo que sucede en el planeta. El carácter perentorio de los retos a los que se enfrentan todas las economías, desde el Cambio Climático hasta las pérdidas ecológicas, resulta más evidente cada año que pasa.

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Miguel Grinberg – La Tecl@ Eñe (Argentina)

Entre los días 1º al 12 de diciembre de este año, tendrá lugar en Lima (Perú) la 20ª sesión anual (COP 20) de los negociadores que en el marco de la ONU vienen tratando (en vano) de forjar un acuerdo político para encarar los desafíos que surgen de un problema global denominado “Cambio Climático”. La 19ª reunión efectuada en Varsovia (Polonia) el año pasado repitió un añejo ritual de retórica improductiva y de metáforas complacientes bajo un lema de “Iniciativa de Economía Verde”, financiada teóricamente por recursos ambientales que las Grandes Potencias no han comprometido en absoluto.

El funcionario germano Achim Steiner, Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del Programa de la ONU para el Medio Ambiente, declaró al respecto que “El carácter perentorio de los retos a los que se enfrentan todas las economías, desde el Cambio Climático hasta las pérdidas ecológicas, resulta más evidente cada año que pasa, y lo mismo ocurre con la necesidad de producir desarrollo, poner fin a la pobreza y generar empleo decente. Los modelos económicos del siglo XX es poco probable que nos sirvan en un planeta de 7.000 millones de habitantes, que alcanzará los 9.000 millones en 2050. El público de todo el mundo espera que sus dirigentes y encargados de la formulación de políticas encuentren soluciones”.

El punto de partida de todos estos afanes improductivos es la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático adoptada a finales de la Cumbre ECO 92 realizada en Río de Janeiro en junio de 1992. Allí se admitió que:

Las Partes en la presente Convención, reconociendo que los cambios del clima de la Tierra y sus efectos adversos son una preocupación común de toda la humanidad… preocupadas porque las actividades humanas han ido aumentando sustancialmente las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, y porque ese aumento intensifica el efecto invernadero natural, lo cual dará como resultado, en promedio, un calentamiento adicional de la superficie y la atmósfera de la Tierra y puede afectar adversamente a los ecosistemas naturales y a la humanidad… etc. etc.

A más de dos décadas de aquella Convención, que cinco años después (1997) desembocó en un llamado Protocolo de Kyoto que nunca pudo ser instrumentado, según la Agencia Internacional de Energía, nuestro mundo quema para funcionar, 90 millones de barriles de petróleo diarios, de modo que hacia mayo pasado la concentración de gases nocivos (CO2) superó la marca límite de 400 partes por millón. Lo cual acelera los procesos de recalentamiento global, inductores de catástrofes ambientales recurrentes. En el plano teórico, todos los negociadores de las Grandes Potencias se manifiestan preocupados por el futuro de nuestro planeta, pero en la práctica, al mismo tiempo que proponen la reducción de emisiones de gases indeseables, intensifican sus planes de desarrollo tecno-industrial.

“El Protocolo de Kyoto, que caducará en 2015 sin haber decolado jamás, apenas ha cubierto el 15 por ciento de las emisiones, dado que Estados Unidos (el mayor emisor) nunca lo ratificó, en tanto no incluía a China e India, que hoy ocupan el segundo y tercero lugar en la lista de emisores. Así la ONU sólo consigue adornar con proclamas un callejón sin salida” 

El Protocolo de Kyoto, que caducará en 2015 sin haber decolado jamás, apenas ha cubierto el 15 por ciento de las emisiones, dado que Estados Unidos (el mayor emisor) nunca lo ratificó, en tanto no incluía a China e India, que hoy ocupan el segundo y tercero lugar en la lista de emisores. Así la ONU sólo consigue adornar con proclamas un callejón sin salida donde nadie atina a salir del circuito del consumo petrolero masivo. Y mayor emisión de gases.

El mismo fenómeno de índole planetaria, llamado al principio Efecto Invernadero, luego Calentamiento Global, después Cambio Climático, y más recientemente Fenómenos Extremos, plantea una vasta serie de disyuntivas ecológicas, económicas, sociales, culturales y generacionales cuya resolución se vuelve cada día más urgente. Ante la flagrante irreversibilidad del problema central, la ONU viene hablando ahora sobre “adaptación” y “mitigación”, o sea, buscar estrategias donde los impactos ecológicos destructivos puedan ser limitados.

No pasa jornada en la cual algún punto geográfico deje de ser trastornado por una inundación, una sequía, una ola de calor o de frío, un incendio forestal, un tornado o un tifón. Los climatólogos ya no ponen en duda el auge de tales eventos que barren las obras de los humanos. Aunque siguen las polémicas sobre si se trata de una etapa o un ciclo, o si de debe al impacto de nuestra especie sobre el entorno natural, donde se verifican asimismo deshielos de glaciares, acidificación de los océanos, granizadas sin precedentes, declinación de los corales o muerte súbita de grandes mamíferos marinos.

Durante los últimos 42 años ha venido construyéndose en el marco de las “Naciones Unidas” un historial de idas y venidas en torno del “Medio Ambiente” que se ha convertido en un vasto pantano hoy centrado en las anomalías climáticas. La retórica de la ONU es mantenida en pie por la burocracia de esa entidad internacional y por la variada incompetencia o desinformación de los políticos del mundo que van rotando año tras año por su Asamblea General.

Al volverse más que evidente el cambio climático mundial, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) crearon en 1988 un Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Se trata de una entidad abierta a todos los países miembros de las Naciones Unidas y de la OMM.

Las funciones del IPCC consisten en analizar, de manera exhaustiva, objetiva, abierta y transparente, la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender los elementos científicos del riesgo que supone el cambio climático provocado por las actividades humanas, sus posibles repercusiones y las posibilidades de adaptación y atenuación del mismo. El IPCC no realiza investigaciones ni controla datos relativos al clima u otros parámetros pertinentes, sino que basa su evaluación principalmente en la literatura científica y técnica revisada por homólogos y publicada en revistas calificadas. Sus diagnósticos son cada vez más apocalípticos.

“Y mientras las organizaciones de la ONU tienen su sede en capitales europeas y reciben fondos del presupuesto de la entidad “madre”, el Pnuma fue asentado en Gigiri, un suburbio africano de Nairobi, capital de Kenya, y se mantiene con contribuciones voluntarias de países solidarios, lo cual limita inmensamente sus funciones, a menudo simbólicas”

La primera expresión política multitudinaria enfocada en los problemas ambientales tuvo lugar en Estados Unidos, el 22 de abril de 1970, Con un llamado Día de la Tierra impulsado por senador ambientalista Gaylord Nelson. En aquellos días, los científicos resaltaban un nexo preocupante entre el deterioro ambiental y la salud humana. El presidente estadounidense Richard Nixon se solidarizó con el emblema “verde” que
movilizó a veinte millones de ciudadanos, y en diciembre de ese mismo año el Congreso autorizó la creación de una Agencia de Protección Ambiental (EPA), para combatir el humo negro en el aire y los desechos tóxicos volcados a los ríos de Estados Unidos. Con tal “eco-militancia” oficial se intentó desplazar la agitación juvenil nacional contra la escalada de la guerra en Vietnam. Nixon fue reelecto en 1972, pero debió renunciar como consecuencia de un escandaloso espionaje electoral difundido como Caso Watergate

Ese mismo año 1972, en junio y en Estocolmo, tuvo lugar la primera eco-cumbre de la ONU, llamada “Conferencia sobre el Ambiente Humano”, que inició un ciclo de “asambleas verdes” cada año menos ecológicas y más desarrollistas. Una por década. Diez años después, en Nairobi (1982), se admitió a secas el incumplimiento del Plan de Acción de Estocolmo. La ECO 92 en Rio de Janeiro, promovida como “Conferencia sobre Ambiente y Desarrollo”, logró la firma de una Convención Marco que quedó atascada en el papeleo. Ya en 2002, la cumbre perdió el rótulo ecológico y se convirtió en una sosa  reunión sobre “Desarrollo Sustentable”. Y por fin, la cumbre Río+20 en Brasil proclamó metas abstractas de “Economía Verde”, en tanto se sigue agudizando la división mundial entre ricos y pobres y va debilitándose la biodiversidad global.

Dentro de la jerga institucional de la ONU existe la sigla COP, que en inglés identifica a las conferencias de las partes firmantes de tratados internacionales (en inglés, Conference of Parts). Pero a pesar de tratarse de un rubro de primera magnitud, en las Naciones Unidas lo “ambiental” no se debate con status de “organización” –como la Salud OMS), la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Trabajo (OIT), o la Ciencia, la Educación y la Cultura (Unesco) – sino como un modesto operativo: Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma). Y mientras las organizaciones de la ONU tienen su sede en capitales europeas y reciben fondos del presupuesto de la entidad “madre”, el Pnuma fue asentado en Gigiri, un suburbio africano de Nairobi, capital de Kenya, y se mantiene con contribuciones voluntarias de países solidarios, lo cual limita inmensamente sus funciones, a menudo simbólicas.

Como dicen los muchachos de mi barrio, “estamos en el horno”.

*Escritor, poeta y periodista argentino. Autor de los libros Ecofalacias – El poder transnacional y la expropiación del discurso “verde” (Ed. Fundación Ross) y Nuestro futuro indómito – Afirmación de la existencia humana como poder visionario (Ed. Ciccus). Memoria de ritos paralelos. Ed. Caja Negra (2014)

 

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