El hipódromo, teatro del poder

Argentina 

El historiador Roy Hora investiga el papel que el turf tuvo en la vida del país. Para el autor, este deporte permite entender las grandes transformaciones de nuestra sociedad. El turf es interesante porque fue un espacio de encuentro entre tres actores decisivos de la sociedad argentina: la clase propietaria, las clases populares y las primeras estrellas deportivas.

Roy Hora, historiador argentino- Foto:udesaPablo E. Chacón- Télam (Página 12) 

El libro, publicado por la editorial Siglo XXI, retrata la confluencia de distintos mundos sociales, las expectativas de clase y la centralidad como deporte, lentamente desplazado por el fútbol.

Hora es historiador, investigador del Conicet, profesor titular en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), y autor, entre otros libros, de Historia económica de la Argentina en el siglo XIX y Los estancieros contra el Estado, en la misma editorial.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

¿Cómo relacionar tu historia del turf en la Argentina con tus libros sobre la historia económica y las elites terratenientes?

Hay muchas relaciones pero la que ahora me parece importante poner de relieve es algo indirecta, y gira en torno a la pregunta por cómo ha cambiado el lugar de los poderosos en la sociedad argentina. Yo creo que el turf ofrece un buen mirador para entender las grandes transformaciones de nuestra sociedad, producto del hecho de que en su momento el hipódromo fue un espectáculo de enorme relevancia, cuyos protagonistas fueron actores centrales en la vida del país. Las clases populares, en primer lugar. Basta mirar la prensa periódica entre 1880 y 1950 para advertir cuan popular era el hipódromo, que intensa era la atracción que ejercía sobre amplios segmentos de la población masculina. Muchas páginas dedicadas al turf, todos los días. De hecho, fue el primer espectáculo deportivo con repercusión nacional, y hasta fines de la década de 1930 atrajo no sólo más apuestas sino también más atención y más público que el fútbol. Y también, claro está, el turf fue muy importante para las elites.

En las últimas décadas del siglo XIX, los hombres más poderosos del país, reunidos en el Jockey Club, invirtieron enormes recursos para forjar un turf elitista, y durante varias décadas fueron los verdaderos señores del hipódromo. Invirtieron sumas extraordinarias en caballos, incluso importando ejemplares que se encontraban entre los más caros del mundo. (Carlos) Pellegrini y sus compañeros de afición armaron el hipódromo porque les gustaban las carreras, pero también para realzar la presencia pública de la elite social. El hipódromo fue, en su momento, un gran teatro del poder, donde se exhibía orgullosa la clase alta, ante un público de masas. Construir un turf elitista no fue fácil, ya que la Argentina del siglo XIX era la tierra del caballo, y el caballo estaba muy presente en el mundo popular (nuestro mito popular es el gaucho, un hombre a caballo).

Fue preciso desarmar esa relación. Pero a fines del siglo XIX lo lograron, entre otras cosas porque opacaron a los jinetes, les restaron protagonismo y, como cuento en el libro, a veces recurrieron a medidas bastante violentas para alcanzar este resultado. Finalmente, el hipódromo fue el escenario en el que, mucho antes que en el fútbol, nació la estrella deportiva. Fue allí, y no en la cancha, donde surgieron los primeros deportistas profesionales reconocidos, los primeros  ídolos populares, casi siempre provenientes de los estratos inferiores del mundo del trabajo. Lo interesante del caso es que, para ganar protagonismo, cosa que sucedió más o menos desde la década de 1920, los jockeys tuvieron que librar una batalla contra los propietarios de los purasangres, es decir, tuvieron que desplazar del centro del escenario a los dueños de caballos. Para un historiador, pues, el turf es interesante por cuanto constituye un espacio de encuentro entre tres actores decisivos de nuestra sociedad: la clase propietaria, las clases populares y esa categoría que hoy nos fascina, las estrellas deportivas. Explorar como fue cambiando la relación entre estos tres actores, qué tensiones y conflictos de produjeron entre ellos, es un ejercicio cautivante, que nos dice mucho sobre cómo se transformó nuestra sociedad entre los tiempos de Roca y Perón.

Argentina fue una nación burrera. ¿Es que dejó de serlo, o cambiaron los hábitos suntuarios, por llamarlos de alguna manera?

Hace al menos medio siglo que la Argentina dejó de ser una nación burrera, para pasar a ser una nación futbolera. Y dejó de serlo no sólo porque los grandes terratenientes de la era oligárquica que dominaban el hipódromo fueron perdiendo gravitación económica desde al menos la década de 1940, o porque los ricos pasaron a interesarse en otras cosas. El ocaso del turf fue un fenómeno global. Pasó en todos lados, en Europa y América. En ningún país hoy tiene el peso que tenía en 1910. ¿Qué lo hizo retroceder? En primer lugar, hay que recordar que el turf fue muy popular no porque estaba asociado a la apuesta (de hecho, esa relación continúa funcionando), sino porque la población conocía y apreciaba a los caballos. En un país como el nuestro, la relación de los hombres con los equinos era muy intensa, incluso para los que vivían en grandes ciudades (porque también allí había caballos por todas partes).

Desde la década de 1920, lentamente, este lazo se fue extinguiendo, producto del avance del automóvil y la desaparición del caballo de la vida urbana. Desde los 30 y 40, el automóvil fue una verdadera pasión popular,  y terminó opacando al caballo. Y también hay que señalar, claro, el auge de otros espectáculos de gran atractivo visual, como el boxeo y el fútbol, que en el período de entreguerras comenzaron a concitar gran interés, sobre todo entre los más jóvenes. Todos estos entretenimientos crecieron con enorme fuerza, y el turf no pudo competir con ellos en un pie de igualdad. De todos modos, no desapareció de la noche a la mañana. La cantidad de espectadores que iban al hipódromo creció hasta la década de 1950, pero a un ritmo más lento que en el fútbol, el boxeo o el automovilismo y, de hecho, haciendo retroceder al hipódromo en la oferta de entretenimiento deportiva. Desde la década de 1960, este retroceso se aceleró. El hipódromo hoy sólo atrae a un grupo muy pequeño que conoce el espectáculo y aprecia a los caballos, y a uno un poco más grande, pero no tan grande, al que sobre todo le interesa la apuesta.

Si el turf atravesaba, hasta cierto punto, las clases sociales, ¿cómo era (cómo es) su despliegue respecto de la clase política?

En la era del turf elitista, entre el 80 y la Primera Guerra Mundial, el turf tenía muy buena prensa entre la elite dirigente. Era apoyado y fomentado, e incluso se lo auxilió con fondos públicos. Las principales autoridades del país iban al hipódromo en ocasión de los grandes premios. Y eso no sólo pasaba porque los señores del turf eran hombres ricos e influyentes. Esto contaba, sin duda, pero no era lo más importante. Más relevante es que,
en la década de 1880, cuando se fundó el Jockey Club, el turf se asoció a una ideología productivista. La elite dirigente entendía que el hipódromo servía para mejorar la raza caballar.

Para estos actores, muchos creían, la pista de carreras cumplía una función similar a la de las exposiciones de ganado: seleccionar a los mejores ejemplares, que luego elevarían la calidad del rodeo nacional. Hay que recordar que en el último cuarto del siglo XIX y hasta el Centenario, la ganadería vacuna y lanar experimentó cambios muy profundos, en parte impulsados por el cambio genético en las razas. Y algo similar estaba pasando con los caballos, desplazando al caballo criollo por razas importadas. Hacia 1910, esos argumentos productivistas comenzaron a ser desacreditados, y se puso de relieve que el purasangre no servía para trabajar o para combatir. Década de 1920, cuando el automóvil y el camión comenzaron a marginar al caballo del sistema de transportes urbano y luego rural, ya nadie creía que el turf era más que un simple entretenimiento.

¿Cómo es de la crítica moral proveniente de la clase media? ¿Podría pensarse como esa suerte de estigmatización que padece el jugador, de alguna manera hermanado con el consumo de alcohol, drogas, etcétera? ¿Por qué la clase media?

La figura del jugador, la idea de que el jugador constituye un tipo social desviado, problemático, tiene historia. No siempre se lo concibió de la misma manera. En las décadas de apogeo del turf elitista, entre 1880 y 1920, más o menos, tendía a pensarse que, en relación al juego, existían dos categorías de personas. Por una parte, estaban los hombres educados y cultos. Este grupo, los poderosos, tenían derecho a apostar sin restricciones, en primer lugar porque podían autocontrolarse. Sobre ellos no caía ninguna sanción moral, y no eran concebidos como jugadores.

De hecho, se exhibían sin pudor en el hipódromo. Por otro lado, estaban las clases populares. Desde el punto de vista del Estado y los grupos de poder, estos grupos sí debían ser objeto de educación y disciplinamiento, y sus gustos tenían que ser controlados y regulados. Por eso no había casino en Avellaneda o la Boca y sí en Tigre o Mar del Plata, que entonces eran balnearios elitistas. En síntesis, en esas décadas no había una condena moral al jugador: en esa sociedad jerárquica, todo dependía del tipo de sujetos en cuestión. El ascenso de la clase media cambió esta manera de encuadrar el problema de la apuesta y el juego. En el libro muestro que la impugnación al apostador, la creación misma de la categoría de jugador, está asociada a la conformación de la clase media.

La crítica a esta figura fue importante en el propio proceso de construcción de la clase media como un grupo dotado de una cierta identidad, identificado con ciertos valores y costumbres: esfuerzo, educación, moderación, postergación del disfrute, ahorro, mérito, etcétera. De hecho, la denuncia del jugador le sirvió a este grupo en formación para diferenciarse tanto de los oligarcas como del pueblo, y su rápida difusión es muy reveladora de procesos de cambio social y cultural propios del período de entreguerra. Por una parte, le permitió tomar distancia de las elites, a las que criticaba porque eran rentistas, improductivas, ociosas, despreocupadas, en fin, por tirar manteca al techo. Y también para marcar su diferencia respecto de las clases populares, a las que denunciaba por su supuesta incapacidad para controlarse y moderarse, para privilegiar el ahorro y la educación por sobre el placer inmediato y el impulso ciego. En este sentido, pues, la crítica moral al turf es una ideología de clase media tanto porque sus principales promotores surgieron de este grupo social como por la manera en que describe al mundo, enfatizando la superioridad moral de las clases medias respecto tanto a las elites, ociosas y decadentes, como a las clases populares, faltas de educación y civilización. Y, consecuente con esta visión del mundo, la clase media es el grupo que, desde hace tiempo, más alejado del turf se encuentra.

¿Cómo es el papel del Jockey Club en la creación de esa cultura burrera y qué queda hoy de todo eso?

El Jockey Club fue fundamental para hacer del hipódromo un espectáculo que en la época se tenía por formidable, y para asegurarle medio siglo de vigorosa expansión. Durante esos años, también sirvió para el lucimiento de la elite social. Desde la década de 1920, este cuadro fue cambiando, pues entonces surgieron estrellas de la pista como el gran jockey Irineo Leguisamo, que mostraron que el hipódromo ya no estaba sólo para celebrar a los poderosos. A partir de ese momento, mucha gente concurrió a Palermo no sólo para ver a los caballos de los ricos sino también atraída por los grandes jinetes. El ascenso de este tipo de héroes populares, las estrellas de la pista, hizo que el poder y el prestigio del Jockey Club y de los grandes propietarios disminuyeran.

Hoy pocos los recuerdan, pero en su momento esos jinetes alcanzaron enorme relieve público. A mí me parece que su ascenso, logrado contra los propietarios, es un hito en la historia de la democratización de nuestra sociedad. En el libro muestro como, a partir de la década de 1920,  las miradas de la tribuna dejaron de concentrarse en los propietarios y sus caballos, y también pasaron a enfocar a estos hombres surgidos bien de abajo, verdaderos hijos del pueblo. A los propietarios esto no les gustó. Leguisamo ofrece el gran ejemplo de este cambio en las jerarquías del hipódromo. Este excepcional jinete era pequeño, oscuro y analfabeto, pero ello no impidió que fuera enormemente popular, al punto de que hubo bebidas y postres que llevaban su nombre. Y ello cambió la relación de poder entre los jinetes y los propietarios. En la segunda mitad del siglo XX, el brillo de esas estrellas se fue opacando, como consecuencia de que la atención popular comenzaba a dirigirse en otras direcciones.

Cuando el turf comenzó a retroceder, el Jockey Club tampoco pudo hacer nada para frenar este declive. Pues la causa última de esta declinación no estaba vinculada a las características de sus estrellas o a problemas referidos a cómo organizar el espectáculo. El problema estaba afuera, en el ocaso del mundo del caballo y en las grandes fuerzas que estaban reorganizando el universo de los espectáculos deportivos, desviando la atención popular en otras direcciones, que en esencia son las que hoy conocemos. 

 

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