El fortín de los Rastrojos

Pasó el tiempo y la localidad colombiana de Trujillo sigue como en la era de Álvaro Uribe. La banda criminal Los Rastrojos continúa operando allí, frente a las narices de la policía y el ejército. Es un pueblo destrozado por la violencia, el impuesto del grupo delictivo a todo el que tiene un desarrollo económico, y la destrucción de la infraestructura. El municipio es un reflejo “de los estragos institucionales que nos dejaron ocho años de seguridad democrática y de la precariedad de las políticas del gobierno Santos”.

 María Jimena Duzán – Semana (Colombia)

Hace dos meses fui a hacer un reportaje a Trujillo, Valle, para un libro de Fonade y me encontré de frente con la Colombia rural que nos dejó Álvaro Uribe y sus ocho años de seguridad democrática: un pueblo quebrado, con una cantidad de campesinos desplazados que aún están esperando ser reparados por vía administrativa y, lo más grave de todo, un pueblo sometido totalmente al poder de los Rastrojos.

Esta banda criminal heredó las estructuras de poder de los narcoparamilitares del norte del Valle, unos criminales que se ampararon en connivencia con el Ejército y la Policía de entonces para cometer una de las masacres más crueles y oprobiosas que nos debería avergonzar a todos los colombianos: la de Trujillo, que se produjo a lo largo de diez años –desde 1987 hasta 1997–, tiempo durante el cual asesinaron, de manera sistemática, a por lo menos 345 campesinos inocentes.
Había ido a Trujillo a finales de los noventa cuando la Corte Interamericana condenó a Colombia por esa masacre y conminó al Estado a reparar a las víctimas. Mi visita fue triste pero esperanzadora. Las víctimas sentían que por fin la Justicia les había llegado y que era hora de comenzar de nuevo, así muchas de esas mujeres nunca hubieran podido encontrar los cuerpos de sus hijos en el río Cauca. A Trujillo lo recordaba como un pueblo olvidado, sin puesto de salud, sin carretera a pesar de que quedaba a solo dos horas de Cali.

Ahora que volví lamentablemente es muy poco lo que ha cambiado. Vi la misma carretera destruida, los mismos huecos; la misma sensación de que había llegado al fin del mundo. Es evidente que la desmovilización de los paramilitares en 2005 no le trajo la paz a Trujillo, sino el rearme de un nuevo actor ilegal que hoy domina el pueblo de la misma forma como hace 25 años lo dominaba el Alacrán. La seguridad democrática le sirvió a Trujillo para pasar de los hombres del Alacrán a los de los Rastrojos. Desde 2006 esta banda criminal ha convertido a Trujillo en su cuartel de operaciones para librar desde allí una guerra a muerte con los Urabeños por el control del noroccidente colombiano, un corredor codiciado por las bandas para sacar la pasta de coca. A pesar de que van perdiendo la guerra porque cada día los Urabeños se les acercan más, hasta hoy Trujillo sigue siendo el fortín más poderoso de los Rastrojos.

Había ido a Trujillo a finales de los noventa cuando la Corte Interamericana condenó a Colombia por esa masacre y conminó al Estado a reparar a las víctimas. Mi visita fue triste pero esperanzadora. Las víctimas sentían que por fin la Justicia les había llegado y que era hora de comenzar de nuevo, así muchas de esas mujeres nunca hubieran podido encontrar los cuerpos de sus hijos en el río Cauca. A Trujillo lo recordaba como un pueblo olvidado, sin puesto de salud, sin carretera a pesar de que quedaba a solo dos horas de Cali.

Ahora que volví lamentablemente es muy poco lo que ha cambiado. Vi la misma carretera destruida, los mismos huecos; la misma sensación de que había llegado al fin del mundo. Es evidente que la desmovilización de los paramilitares en 2005 no le trajo la paz a Trujillo, sino el rearme de un nuevo actor ilegal que hoy domina el pueblo de la misma forma como hace 25 años lo dominaba el Alacrán. La seguridad democrática le sirvió a Trujillo para pasar de los hombres del Alacrán a los de los Rastrojos. Desde 2006 esta banda criminal ha convertido a Trujillo en su cuartel de operaciones para librar desde allí una guerra a muerte con los Urabeños por el control del noroccidente colombiano, un corredor codiciado por las bandas para sacar la pasta de coca. A pesar de que van perdiendo la guerra porque cada día los Urabeños se les acercan más, hasta hoy Trujillo sigue siendo el fortín más poderoso de los Rastrojos.

Trujillo debería ser hoy el ejemplo de que el Estado colombiano sí puede ser eficaz en la reparación de las víctimas y sí tiene cómo asumir sus responsabilidades históricas. Pero hoy Trujillo es el reflejo de nuestras derrotas, de los estragos institucionales que nos dejaron ocho años de seguridad democrática y de la precariedad de las políticas del gobierno Santos.

 

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