El fin de la izquierda mexicana

La aprobación por parte del Parlamento mexicano del programa de reformas en materia laboral, educativa, política, financiera, fiscal, telecomunicaciones y energética, significaron un claro triunfo de las políticas neoliberales que impulsa el el gobierno de Enrique Peña Nieto. La derrota legislativa evidencia el debilitamiento de AMLO y de la izquierda en general. El respaldo a estas medidas por parte del PRD, con su participación en el Pacto por México, parecen terminar de sepultar las opciones políticas de oposición en México.

La nueva izquierda de MéxicoJohn M. Ackerman – Proceso (México)

Nos encontramos al inicio de un nuevo ciclo histórico que marca una gran oportunidad para refundar la acción política de izquierda. Las reformas a los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos simultáneamente marcan la consolidación del proyecto de subdesarrollo neoliberal y el fin del ciclo de resistencia política iniciados desde los ochenta. El trágico infarto al miocardio padecido por Andrés Manuel López Obrador en la víspera de la aprobación de la contrarreforma energética no solamente debilitó las protestas en el Senado y la Cámara de Diputados, sino que también simboliza el agotamiento de los modelos de izquierda política y social del pasado.

Estos 30 años de valientes movilizaciones populares, campesinas, sindicales, estudiantiles y electorales en contra de las políticas entreguistas, corruptas y oligárquicas del PRI, el PAN y sus modernos corifeos perredistas, concientizaron profundamente a la población, dieron esperanza y aliento a la sociedad y limitaron de alguna forma la voracidad de los poderes fácticos.

Se ha garantizado la sobrevivencia de una variedad de expresiones sociales alternativas, por ejemplo en las comunidades indígenas de Chiapas con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y en Oaxaca con una gran diversidad de organizaciones y movimientos comunitarios. El Partido de la Revolución Democrática (PRD), nutrido en su nacimiento con lo mejor de los movimientos de izquierda, se consolidó como una estructura política organizada y bien financiada que además logró controlar importantes aparatos burocráticos, incluyendo de manera destacada el gobierno de la Ciudad de México. Asimismo, en el Congreso de la Unión los diputados y los senadores de izquierda pudieron atrasar durante años la aprobación de algunas de las más agresivas reformas, al visibilizar el descontento social frente al avance del proyecto oligárquico.

Hoy, sin embargo, estas tres vías de acción demuestran claras señales de agotamiento. Primero, aunque duela aceptarlo para quienes desde el comienzo apoyamos la lucha del EZLN, el poderoso mensaje “Para todos todo…para nosotros nada” no se ha cumplido en los hechos. A 20 años del levantamiento, los gobiernos federales y estatales han logrado “contener” el movimiento al nivel local y evitar la articulación de un gran movimiento nacional para transformar la Patria.  Si bien la insurrección trajo beneficios para el “nosotros” que participó en ella, “todos” no hemos tenido la oportunidad de gozar de sus frutos.

Segundo, igualmente doloroso resulta reconocer que la larga, incansable y generosa lucha de López Obrador para conquistar Los Pinos y transformar al país por la vía electoral ha fracasado. Las nuevas “reformas estructurales” en materias laboral, educativa, política, financiera, fiscal, telecomunicaciones y energética institucionalizan y legalizan el saqueo de la nación por un puñado de burócratas corruptos y empresarios apátridas. Esta histórica barrida legislativa ha evidenciado el debilitamiento del movimiento de AMLO y de la izquierda política en general.

Mientras, el apoyo del PRD a estas contrarreformas por medio de su participación en el “Pacto por México” significa su muerte definitiva como una opción política de “oposición”. Y la absoluta complicidad de gobernadores del PRD como Ángel Aguirre y Graco Ramírez, así como del jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, con las políticas neoliberales y represivas del régimen autoritario, dejan a este partido sin un solo ejemplo de un gobierno diferente con visión progresista que mostrar a la ciudadanía.

Finalmente, hoy el Congreso de la Unión ya ni siquiera sirve para retrasar la aprobación de reformas nocivas o como tribuna para el descontento social. La velocidad con la cual se aprobaron todas las contrarreformas y el vergonzoso espectáculo de las “protestas” pactadas y montadas por los senadores y los diputados de “izquierda” durante la discusión de la contrarreforma energética evidenciaron el total avasallamiento de la oposición parlamentaria.

¿Qué hacer? El primer paso es reconocer el tamaño de la derrota. Carlos Salinas de Gortari finalmente logró su revancha histórica en contra de quienes arruinaron su fiesta de llegada en 1988, Cuauhtémoc Cárdenas y el PRD, al igual que de quienes destruyeron su fiesta de salida, el EZLN y los valientes indígenas rebeldes de Chiapas que se levantaron en armas el 1 de enero de 1994.  Ha muerto la vieja izquierda.

Pero acto seguido habría que valorar las grandes fortalezas y las importantes enseñanzas de esta vieja izquierda, así como identificar los puntos flacos que explican su derrota. Entre sus fortalezas se encuentran su compromiso con la acción política pacífica, su defensa del legado de la Revolución Mexicana y de los principios de la Constitución de 1917, y su visión de transformación profunda de las estructuras económicas y sociales. En contraste, una de sus debilidades más importantes ha sido la desarticulación entre las luchas sociales y las acciones políticas, del mismo modo que entre las dimensiones locales, nacionales e internacionales de resistencia.

En particular, han faltado esfuerzos de organización y articulación al nivel nacional desde una lógica horizontal, participativa y combativa. Urge generar nuevos espacios para la confluencia plural de la enorme diversidad de talentos y propuestas ciudadanas de izquierda sin el clientelismo corrupto de los partidos, la “solidaridad” interesada de las ONG o el sectarismo intolerante de los “ultras”.

No hay que temer a los líderes o a los liderazgos, pero sí evitar a toda costa tanto los cultos unipersonales como los sectarismos intolerantes. Y en lugar de pegarle al avispero de la represión por medio de provocaciones violentas, habría que tomar acciones bien pensadas que abonen a la construcción de un movimiento cada vez más fortalecido que eventualmente será capaz de derrocar al régimen.

La sociedad mexicana sigue igual de combativa, irreverente y consciente que siempre. Muy pocos hoy le creen a Peña Nieto o a la caduca clase política. Solamente falta organizar y articular la esperanza para que todos podamos atestiguar pronto un nuevo amanecer. ¡Ha muerto la izquierda, larga vida a la izquierda!

 

Leer artículo aquí