El eufemismo de la compasión

Latinoamérica y El Mundo

Magnanimidad, lo hubiera llamado Winston Churchill, sobre sus enemigos alemanes que huían derrotados de la guerra. Compasión, lo llamó el joven periodista David Cameron, por los refugiados vietnamitas. Hoy el primer ministro británico y sus amigos se olvidaron de Churchill, de los vietnamitas y de todo. Hoy abandonan a su suerte a los hambrientos que llegan a Europa. 

Un joven africano llega a las playas de las Islas Canarias - Foto: Archivo

Robert Fisk – La Jornada (México)

La Gran Muralla China, las murallas de Roma y de toda ciudad medieval, la Línea Sigfrido, la Línea Maginot, el Muro Atlántico: las naciones –imperios, dictaduras, democracias– han usado toda cadena montañosa, todo río, para rechazar a ejércitos extranjeros. Y ahora los europeos tratamos a las masas de pobres y hacinados, a los verdaderos inocentes de Siria e Irak, de Afganistán y Etiopía, como si fueran invasores extranjeros decididos a saquear y subyugar nuestra soberanía, nuestra identidad, nuestra tierra verde y placentera.

Alambrada de púas en la frontera húngara. Alambrada de púas en Calais. ¿Acaso hemos perdido la única victoria que obtuvimos en la Segunda Guerra Mundial: la compasión?.

Puesto que nuestra frase hecha más reciente es decir al mundo que la “crisis” de refugiados es la más grande desde esa guerra, recordé cómo respondió Winston Churchill ante las columnas de refugiados alemanes que huían a través de las nieves de Europa oriental en 1945, frente al avance del vengador Ejército Rojo. Eran, tomémoslo en cuenta, los civiles del Tercer Reich, los que habían llevado a Hitler al poder y se habían regocijado con los bárbaros genocidios y las victorias militares de la Alemania nazi sobre naciones pacíficas. Eran el pueblo de una nación culpable que avanzaba con ánimo desfallecido hacia un destino incierto.

Habían pasado años desde que leí la carta que Churchill escribió a su esposa, Clementine, en el camino a la conferencia de Yalta, en febrero de 1945. Pero volví a leerla este fin de semana, y he aquí la sección clave: “Me siento libre de confesarte que mi corazón se entristece por los relatos sobre las masas de mujeres y niños alemanas que huyen sobre los caminos por todas partes, en columnas de 60 kilómetros de largo hacia Occidente, delante de los ejércitos que avanzan. Estoy del todo convencido de que se lo merecen, pero eso no se lo quita a uno de la vista. La miseria de todo el mundo me abruma y temo cada vez más que puedan surgir nuevas luchas de aquellos a quienes hoy estamos acabando”.

” Las naciones –imperios, dictaduras, democracias– han usado toda cadena montañosa, todo río, para rechazar a ejércitos extranjeros. Y ahora los europeos tratamos a las masas de pobres y hacinados, a los verdaderos inocentes de Siria e Irak, de Afganistán y Etiopía, como si fueran invasores extranjeros decididos a saquear y subyugar nuestra soberanía ” 

Churchill habría llamado “magnanimidad” a ese sentimiento. Era compasión.

De manera increíble, es Alemania –la nación de la que decenas de miles de refugiados huyeron antes de la Segunda Guerra Mundial, y de cuyos ejércitos escapaban por millones una vez que empezó el conflicto– el destino que hoy eligen los cientos de miles de personas que se arraciman en el viaje a Europa. La generosidad de Alemania refulge como un faro junto a la respuesta de Dave Cameron y sus amigos. ¿Será que nuestro primer ministro nunca leyó a Churchill? ¿O leyó demasiado a Tennyson? Le gusta citar una línea del Ulises de Tennyson –“Luchar, buscar, encontrar y no ceder”– que se inscribió en un muro de la villa de los atletas en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012. ¿Pero tal vez, me pregunto, también disfrutó el soneto favorito de Tennyson, Montenegro, en el que nuestro laureado poeta victoriano se regocija con los “guerreros (montenegrinos) que golpean al enjambre/de islamitas turcos”? Buena palabra, “enjambre”. “Buena como principio, pero mala como etiqueta”, como el propio Churchill advirtió en un mensaje a Hitler anterior a la guerra, con respecto al desprecio que el Fuhrer mostraba hacia otro pueblo inculto.

Hace más de 30 años, en Jerusalén, conocí a ese príncipe de los periodistas, James Cameron. Él había defendido mis notas sobre Irlanda del Norte –y por ello, claro, era mi héroe–, pero él, como Churchill, era un hombre de gran compasión. Pensé en él hace no mucho tiempo, cuando me quejaba de otro grupo de jóvenes refugiados ferales sirios que me habían seguido por una calle de Beirut. Hace casi 40 años Cameron informaba para la BBC sobre otra flota de refugiados que buscaba la salvación en embarcaciones precarias.

“Fue una convención periodística deshonesta llamar ‘gente en botes’ a los refugiados vietnamitas”, escribió en su texto, “que tenía un sonido casi confortable, como de personas en un viaje de placer. Los refugiados… son fugitivos, gente que huye, víctimas, los perdidos y abandonados… refugiados judíos, árabes, indios, paquistaníes, rusos, coreanos, de Bangladesh”. Cameron evocó a los hugonotes que huyeron de Gran Bretaña en el siglo XVII, y a los perseguidos judíos que escaparon de Europa oriental a Estados Unidos en la década de 1900.

” Hace casi 40 años Cameron informaba para la BBC sobre otra flota de refugiados que buscaba la salvación en embarcaciones precarias. ‘Fue una convención periodística deshonesta llamar ‘gente en botes’ a los refugiados vietnamitas , escribió en su texto […] Los refugiados… son fugitivos, gente que huye, víctimas, los perdidos y abandonados ” 

Y entonces Cameron se acercó a un momento como los de nuestro primer ministro. “En aquellos días el mundo era un lugar más o menos vacío; había espacio casi en todas partes para el forastero sin hogar. Todos los lugares donde un extraño podría querer refugiarse están ahora sobrepoblados y ya tienen sus propios problemas”. Y algunos refugiados “son ambiciosos, algunos están salvando el pellejo, otros siguen al rebaño. Pero aún no encuentro a un bebé refugiado que haya salido de su casa por otra razón que porque tenía que hacerlo”. No hay un “mandato divino”, sostenía Cameron, “que diga que uno debe permanecer donde nació”.

¿Acaso los seguidores de Moisés no fueron refugiados, como siguieron siéndolo durante dos mil años, “hasta que remplazaron su éxodo con el de alguien más”? Una ironía única de nuestra tragedia actual es que un navío irlandés ha estado salvado la vida a miles de refugiados náufragos a unas cuantas millas de la costa libia. Hace siglo y medio el éxodo irlandés por la hambruna arrojaba a sus refugiados en las costas de Canadá, con barcos atestados de hombres, mujeres y niños que morían o habían muerto de tifus, y fueron recibidos con compasión… pero también con miedo de que la peste contaminara a la población de las Provincias Marítimas canadienses.

Correspondió a Pól Ó Muirí, el editor en lengua inglesa de The Irish Times, cuyo padre fue un trabajador migrante de la construcción en Gran Bretaña, resaltar la semana pasada cuántos irlandeses ayudaron a construir el túnel del Canal de la Mancha, y cómo hoy día “los migrantes están del otro lado, intentando pasar”.

Sí, “algo se tiene que hacer” acerca de los refugiados, concedió retóricamente Ó Muirí. Pero entonces –y, puesto que me encanta la gran escritura, tienen que aguantarse conmigo– añadió: “Todo este asunto infunde un poco de temor, toda esa gente que se arroja a las vallas en la boca del túnel que los de Donegal ayudaron a construir… Pero cuando la cámara hizo un paneo hacia atrás para mostrar hombres de pie que observaban, con toda la dignidad de la que podían hace
r acopio, de pronto me di cuenta de que veía… a mi padre en Inglaterra… ¿También ustedes vieron a su familia en esos rostros? Miren un poco más de cerca. No tengan miedo”.

Como dicen, la necesidad no conoce ley. La compasión tampoco.

 

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