El desencanto de Leopoldo María Panero

El loco, el marginado, el poeta y novelista español murió la semana pasada en España. Decía que su pluma había sido póstuma toda su vida, caracterizada un malditismo visionario. Se nutrió de su propia tragedia, marcada por su paso por cárceles y neuropsiquiátricos. Fue en esa praxis que compuso su letra. Sabía, y así titula un poema, que “la maldad nace de la supresión hipócrita del gozo”.

 Jorge Aleman – Télam (Argentina)

Leopoldo Panero está muerto. Difícil saber qué sentir porque desde que lo conocí en 1976 él propuso un relación fuera de todo afecto posible y así lo acepté.

Pero no puedo olvidar a mi primer interlocutor sobre Lacan en España, a nuestro encuentro con Henry Lefebre y con Guattari, a cuando me llevó a ver del Desencanto y me preguntó si era una película deleuziana y su risa diabólica cuando le dije que solo veía a Edipo, al respeto que sintió por mi cuando le hice saber que siempre lo consideraría como un loco, a una noche de cuchillos en mi casa de Bourdieu donde las cosas estuvieron cerca de terminar muy mal, de Felicidad en la calle Ibiza con un conejo de peluche gigante que Leopoldo por razones simbólicas le hacía sostener en sus brazos a las tres de la mañana , y él desnudo quemando libros en las hornallas de la cocina, de sus deseos de practicar el ezquizoanálisis, de aquella conferencia donde sacó una caja de fósforos del bolsillo y gritó: esto es el objeto a! De cuando Adolfo Suárez hablaba por televisión y él mirando fijamente me dijo: es un ordinario. De las Santas que lo cuidaban, de las palizas que se hacía dar por desconocidos en la calle, del terror que despertaba su locura en la tertulia de Agustin Garcia Calvo, del humor gélido de Felicidad en los intentos de Leopoldo con las pastillas, de Michi el Gran Gatsby y Leopoldo Artaud,del drugstore de Fuencarral a las 5 de la mañana pidiendo dinero prestado , y de Leopoldo gritándome que no pregunte por quien ladran los perros del Amo porque ladran por él.

El Loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

La maldad nace de la supresión hipócrita del gozo

Una cucaracha recorre el jardín húmedo
de mi chambre y circula por entre las botellas vacías:
la miro a los ojos y veo tus dos ojos
azules, madre mía.
Y canta, cantas por las noches parecida a la locura,
velas
con tu maldición para que no me caiga dormido, para que no me olvide
y esté despierto para siempre frente a tus dos ojos,
madre mía.

 

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