El déficit ecológico

Latinoamérica y El Mundo

La humanidad gasta más recursos de los que la tierra puede reponer. Si todo el globo consumiera como los estadounidenses, se necesitaría explotar seis planetas. Cuba es el país en el mundo que rompe las reglas: tiene un buen índice de desarrollo humano (0,8) y un bajo nivel de producción y consumo. Una buena filosofía puede ser el Buen Vivir de Bolivia y Ecuador.

Caras y CaretasEsteban Magnani – Caras y Caretas (Argentina)

El crecimiento económico es visto como el gran objetivo de individuos, países y regiones. Casi nadie lo cuestiona. Pero los recursos del planeta ya no alcanzan para todos, por lo que aumentar la producción es acelerar el proceso de destrucción planetaria. La necesidad de desarrollar alternativas que incluyan un equilibrio satisfactorio.

El sentido común indica que el objetivo de todo buen gobierno es “crecer” a tasas chinas, un par de puntos en el PBI o, al menos, que la crisis se corte lo antes posible. Hasta los ajustadores seriales prometen, detrás del horizonte oscuro, un paraíso con auto, televisor LED y aire acondicionado para todos. En Grecia, donde el PBI cayó entre un 3 por ciento y un 7 anual entre 2008 y 2013, pese a que las condiciones de vida son muy superiores a la de países pobres de África, cada vez más personas consideran que la vida no merece ser vivida: la tasa de suicidios entre 2007 y 2011 se incrementó un 45 por ciento. El filósofo romano Séneca decía: “Pobre no es el que tiene poco sino el que mucho desea”. Y la humanidad no sólo desea mucho, sino que desea cada vez más. Y sin importar cuánto haya mejorado su situación respecto de las generaciones anteriores.

De acuerdo con esta lógica, el clímax de la humanidad se logrará cuando todos consuman como lo hacen en los EE.UU., algo a todas luces imposible: este país cuenta con menos del 5 por ciento de la población mundial y consume cerca de un cuarto de los combustibles fósiles del mundo. De hecho, un estudio reciente de la NASA, insospechada de ecologismo, utilizó un modelo matemático para analizar civilizaciones de los últimos cinco mil años cuyo excesivo desarrollo las llevó al colapso. Allí veían casos históricos donde el deterioro perjudicó más rápido al pueblo y, cuando este colapsó, terminó afectando a las elites. Históricamente, quienes toman las decisiones son los últimos en sentir el golpe, por lo que suelen cambiar el rumbo para evitar el derrumbe cuando ya es demasiado tarde. El estudio también indica que el colapso puede evitarse reduciendo la desigualdad, el consumo y disminuyendo la población.

¿Se puede medir cuánto consume la humanidad? El suizo Mathis Wackernagel creó un sistema para medir la “huella ecológica”, es decir, el impacto ambiental del consumo humano y así calcular la proporción de planeta Tierra necesario para sostener un estilo de vida material a lo largo del tiempo. De acuerdo con estos cálculos, para que la humanidad completa alcance la utopía de consumir como en los EE.UU., sería necesario explotar los recursos de seis planetas Tierra. Cinco más que los disponibles.

Parecería que la única medida del éxito nacional o personal es el nivel de consumo. Sin embargo, existen otros índices también valiosos, aunque menos populares, acerca de la calidad de vida. El Índice de Desarrollo Humano (IDH), estimado por Naciones Unidas, se calcula en base a la esperanza de vida, el nivel educativo y el PBI per cápita. Un país puede obtener entre 0 y 1, y se considera que a partir de 0,8 un país está desarrollado. 

En 2007 el mencionado Wackernagel cruzó los índices de huella ambiental y de desarrollo humano. Como era de esperar, los países líderes en desarrollo humano son también los que generan una mayor huella ambiental y aquellos con peores desempeños en el IDH son a su vez los que menos contaminan. La conclusión parece obvia: ser pobre es ecológicamente sustentable, en tanto que el bienestar implica la destrucción acelerada del planeta. O por decirlo de otra manera, una contaminación baja y sostenible no resulta compatible con niveles altos en la calidad de vida. 

Esta regla, a primera vista bastante obvia, admite una excepción: Cuba. En el gráfico de Wackernagel, Cuba es el único país que se encuentra en torno al 0,8 en el índice de desarrollo humano, pero su huella ecológica, si se extendiera al total de la población mundial no requeriría los recursos de un planeta completo. En este país el IDH se ve arrastrado hacia arriba por el acceso a la educación y a una salud que extiende la expectativa de vida hasta los 79 años, en tanto que el nivel de producción y consumo per cápita es relativamente bajo. 

Es fácil imaginar la cantidad de críticas que generó (y sigue generando) ese trabajo. No son pocos los que cuestionan la forma de medir la huella ecológica. Otros aclaran que Cuba no tiene niveles razonables de consumo gracias al comunismo, sino debido al bloqueo o a la propia incapacidad del sistema. Hay que reconocer que tanto el comunismo como el capitalismo, en tanto proyectos de la modernidad, ven al desarrollo económico como fin o, al menos, como medio fundamental. Lo extraño es que, incluso aquellos que viven en peores condiciones, suelen visualizar a Cuba como un país pobre porque, por ejemplo, no hay una gran variedad de ropa para elegir, los autos son viejos y el aire acondicionado es una rareza. Si expandir niveles de consumo altos a todos no se puede, el tan ansiado confort material del primer mundo es posible solo si se mantiene la desigualdad.

“Cuba es el único país que se encuentra en torno al 0,8 en el índice de desarrollo humano, pero su huella ecológica, si se extendiera al total de la población mundial no requeriría los recursos de un planeta completo. En este país el IDH se ve arrastrado hacia arriba por el acceso a la educación y a una salud que extiende la expectativa de vida hasta los 79 años, en tanto que el nivel de producción y consumo per cápita es relativamente bajo”

Pero aún hoy, con buena parte de la población mundial bajo la línea de pobreza, el nivel de consumo no resulta sustentable. La Red Global de Huella Ecológica “celebra” todos los años el Día de la Deuda Ecológica, momento en que el planeta gasta el equivalente de sus recursos renovables anuales. Según ellos, el 20 de agosto de 2013 la humanidad ya había consumido los recursos que el planeta puede (re)producir en un año. Como la humanidad no detiene su consumo en esa fecha, el excedente se traduce en déficit ecológico: contaminación, calentamiento global, desertificación y otros daños irreversibles a menos que se reduzcan los niveles de consumo. Cada año, el Día de la Deuda Ecológica se celebra un poco antes. ¿Puro marketing verde? Puede ser, pero da en el corazón de un problema global. 

Es muy difícil imaginar una solución aplicable en la realidad. Un economista francés llamado Serge Latouche desarrolló el concepto de “decrecimiento” que promueve un tabú: la necesidad de decrecer en las sociedades más avanzadas para encontrar un equilibrio entre humanos y naturaleza. Ecuador y Bolivia han sumado a sus constituciones nacionales el concepto milenario de raíz aborigen llamado “buen vivir” que busca, entre otras cosas, la “convivencia armónica con la naturaleza”. Esta idea encomiable y que hoy hasta parece de avanzada genera conflictos entre algunos proyectos de desarrollo que buscan reducir la pobreza y quienes defienden otro derecho constitucional nuevo: el de la Pachamama. 

El principal argumento en favor del crecimiento económico es combatir la pobreza pero soslaya, como vimos, que acabar con ella sin enfrentar la desigualdad requiere varios planetas de repuesto. Este camino inviable deja una sola opción: la redistribución de los recursos existentes desde los
más ricos hacia los más pobres, entre países y entre personas. Sobre esta cuestión han corrido ríos de tinta, pero su resolución no parece muy cercana ya que, según la organización Oxfam el 1 por ciento de la población global posee la mitad de la riqueza y este porcentaje aumenta. La otra mitad se la reparte el 99 por ciento restante. 

Para lograr una distribución equitativa de los recursos sería necesario encontrar una alternativa fuertemente superadora al sistema capitalista, no por razones políticas o morales, si no de supervivencia como especie. ¿Cómo lograrlo luego del colapso de las alternativas? No parece fácil siquiera imaginarlo. Mientras tanto el capitalismo avanza como una bicicleta que apunta al precipicio: si se detiene cae, si avanza se desbarranca.