El compositor elegido por Gabo

Colombia

El 21 de marzo se cumplirá un centenario del nacimiento de José Barros, el compositor colombiano que revolucionó la música popular del país. Hasta el escritor y Nobel de literatura Gabriel García Márquez decía admirarlo y lo recomendaba cada vez que alguien nombraba algo relacionado al «dominio del lenguaje». La canción «La Piragua» fue su gran éxito y legado. 

 

 

José Barros, compositor colombiano

Juan Gossaín- El Tiempo (Colombia) 

Han pasado más de 32 años. Era diciembre. Europa entera estaba nublada. Hacía mucho frío. Llegamos a Madrid para conectar con el avión que debía llevarnos a Estocolmo, donde Gabriel García Márquez recibiría el Premio Nobel.

Todo estaba tranquilo en el aeropuerto madrileño, hasta que apareció el propio novelista, con un gorro de cosaco, y acompañado por un grupo de amigos colombianos. Se armó un tumulto. Mientras chequeaba su pasaje en la aerolínea, una señora, con marcado acento andaluz, se acercó a él y le pidió que autografiara un ejemplar de ‘Cien años de soledad’. Gabito sacó su bolígrafo para complacerla. Fue entonces cuando la mujer le dijo:

–Lo que yo más admiro de usted no es la imaginación. Es el dominio del lenguaje.

El escritor se detuvo. Le sonrió.

–En mi tierra –exclamó por fin– un músico popular, refiriéndose a una antigua canoa que viajaba por el río, escribió este verso: “Ya no cruje el maderamen en el agua”. Maderamen, señora. Maderamen. ¿De qué se sorprende usted?

Entonces me acordé de mi compadre José Barros, que a esa misma hora debía estar sentado en las escalinatas del Hotel Panorama, a la orilla del río, contemplando la sobretarde luminosa que en diciembre cae sobre El Banco y las últimas cotorras atrasadas que regresaban chillando en busca de la dormida.

» De manera que cuando aquel avión volaba sobre las heladas tierras polares, a alguien de la comitiva se le ocurrió entonar La piragua. Los demás hicieron coro, incluido García Márquez, pero yo presentía que los pasajeros nórdicos, rubios y silenciosos, se iban a molestar «

De manera que cuando aquel avión volaba sobre las heladas tierras polares, a alguien de la comitiva se le ocurrió entonar La piragua. Los demás hicieron coro, incluido García Márquez, pero yo presentía que los pasajeros nórdicos, rubios y silenciosos, se iban a molestar. Lo cierto es que también se unieron a la fiesta, llevando el ritmo con las palmas, y al aterrizar estallaron en aplausos. Fue un homenaje a ambos: a Gabo y al maestro Barros.

No parecía que fuera él

Lo vi por primera vez en 1970. Yo era tan joven que tenía hasta pelo. Barros había organizado el Primer Festival de la Cumbia, en El Banco, una de las poblaciones más bellas del Magdalena, que tiene dos ríos a falta de uno, y Guillermo Cano me mandó como enviado especial de El Espectador.

Lo encontré sentado en la puerta de su casa, saludando a todos los compadres que pasaban por la calle. Era lo menos parecido que había a la imagen que uno se forma de los músicos del Caribe. Llevaba unos anteojos de concha y tenía el aspecto retraído de un seminarista.

Yo me negué a creer que él fuera él. No me cabía en la cabeza que aquel hombrecito flaco –enjuto, más bien–, hogareño, malgeniado y severo fuera José Benito Barros Palomino, el más grande compositor de la música popular colombiana, el autor de 800 canciones: ‘La piragua’, ‘Momposina’, ‘El chupaflor’, ‘La llorona loca’, ‘El guere-guere’, ‘Las pilanderas’, ‘La pava’, ‘Navidad negra’, ‘El vaquero’, ‘El pescador’, ‘Palmira señorial’, ‘El gallo tuerto’, ‘Patuleco’, ‘Mala mujer’.

Mi compadre

Esa misma noche me invitó a un patio lleno de árboles donde nos reunimos a echar cuentos con un grupo de viejos amigos suyos. El viento cantaba entre los palos de tamarindo. En esas estábamos cuando llegó Hugues Martínez, un guitarrista guajiro, con su instrumento al hombro. Barros empezó a entonar los compases de la nueva cumbia que estaba componiendo.

Hugues tocaba. Barros cantaba con su vocecita de susurro. Los demás seguíamos hablando a gritos. De repente se fue haciendo un silencio que nadie pidió. La gente, extasiada, se quedó con la boca abierta. Era la historia de una piragua antigua que pertenecía a don Guillermo Cubillos, oriundo de Fusagasugá, que había llegado a esas tierras ardientes para convertirse en comerciante de navegación.

» ‘Todavía no la he terminado’, dijo Barros, como si estuviera presentando sus disculpas. Mientras tanto, yo sentía en el alma lo mismo que debieron sentir los que oyeron por primera vez a Beethoven tocando en el piano su Novena Sinfonía «

–Todavía no la he terminado –dijo Barros, como si estuviera presentando sus disculpas. Mientras tanto, yo sentía en el alma lo mismo que debieron sentir los que oyeron por primera vez a Beethoven tocando en el piano su Novena Sinfonía.

Tres días después, cuando se acabó aquel festival de maravillas, y ya todo el mundo estaba empacando maletas para regresar a su casa, Barros me dijo que necesitaba un favor. Estaba ruborizado. Me pidió que le bautizara a su hija Katiuschka. Fuimos de inmediato a la iglesia. Confieso que esa es una de las alegrías más grandes que me ha dado la vida.

La historia del patuleco

El territorio luminoso del Caribe es tan variado y pintoresco, que un patuleco en Puerto Rico o en Nicaragua es un hombre afeminado. Un maricón, para decirlo claramente. Pero en Colombia es un cojo, el que tiene un defecto en las piernas.

José Barros, que se había vuelto andariego, y estaba azotando el polvo de todos los caminos de América, vivía por esa época en Barranquilla, pobre pero entusiasta, aguantando hambre y durmiendo a la deriva, donde lo cogiera la noche, como aquel personaje suyo, Juan Choperena, el hombre de pelo en pecho, que “se murió sobre la arena, teniendo el cielo de techo”.

Un día se presentó ante el tendero de la esquina, un antioqueño laborioso y bebedor, que caminaba renqueando, a pedirle que le fiara unos plátanos y una libra de arroz. El hombre lo despidió con dos piedras en la mano: “Vaya a trabajar, pedazo de vago, dizque músico, fuera de aquí”.

» José Barros, que se había vuelto andariego, y estaba azotando el polvo de todos los caminos de América, vivía por esa época en Barranquilla, pobre pero entusiasta, aguantando hambre y durmiendo a la deriva, donde lo cogiera la noche, como aquel personaje suyo, Juan Choperena «

–Me sentí tan herido –me contaba mi compadre muchos años después– que, para desquitarme de él, le compuse la canción:

“En la esquina de La Paz

con la calle de San Juan

se la pasa ‘Patuleco’

tragando ron y comiendo pan”.

Para que la venganza fuera completa, el canto llevaba hasta la dirección del establecimiento. Fue el éxito más grande de aquellos tiempos. Barros, saboreando su revancha, se fue a dar una vuelta, pero mirando de lejitos, para evitar la furia de ‘Patuleco’.

–La tienda estaba repleta. Yo me quedé en la acera de enfrente pero el paisa me vio, me hizo un gran gesto de saludo y me gritó: “Mirá el resultado de tu canción. No me cabe la clientela. ¿Cuándo me componés otra, paisanito?”. Y se revolcaba de risa.

Los pesares de ‘Pesares’

Después se marchó para Medellín, como una veleta, porque allá estaban las primeras compañías disqueras de Colombia. Sufrió tantas penurias que un día tuvo que robarle dos papas a una fritanguera del mercado público. Lo único que consiguió fue quemarse la mano. La cocinera estuvo a punto de matarl
o a sartenazos. Pero nunca se dio por vencido. Una emisora musical convocó, para finales de año, un concurso de músicos a ver quién componía el pasillo más hermoso de la temporada. Barros les comentó a sus amigos que iba a participar. Ellos trataron de disuadirlo diciéndole que de dónde sabía él de pasillos si era un músico costeño de cumbias y porros.

» La vida es así: Barros, que no bebía licor, y que detestaba a los borrachos, compuso en Buenos Aires uno de los tangos más celebrados de su época, en el que le pide al cantinero que sirva una nueva tanda. Huía despavorido de esa tendencia parrandera de los músicos. ‘Yo no soy músico”’, solía repetir, ‘sino compositor’ «

–Pero yo necesitaba la platica del premio para comer –me dijo–. Así que me encerré diez días en el cuartucho de la pensión donde dormía.

Ganó. Nada menos que con Pesares. El gran Jaime Llano González me dijo un día, mientras la interpretaba al órgano, que era una de las canciones más hermosas en toda la historia de Colombia. Y es un pasillo auténtico.

“Qué me dejó tu amor, mi vida se pregunta,

y el corazón responde: pesares, pesares…”.

Los suicidas

Agobiado por las necesidades, Barros se metió a buscador de oro en la región minera de Segovia, en Antioquia, pero lo único que pudo encontrar fue una fiebre reumática que casi lo mata, y que le dejó secuelas hasta el final de su vida. Hubo días en que no podía caminar por las calles de El Banco si no se agarraba a las paredes. A veces tenía dificultades para hablar.

Se fue de aventurero a Panamá y por ahí derecho a México, que en ese tiempo era el imperio de la música popular y las películas en América Latina. No pudo resistir la tentación y compuso una ranchera, Mala mujer, que se convirtió en la reina de borrachos y cantinas:

“Mala mujer tú serás

hasta que mi Dios

te quite la vida”.

Nunca hablaba de esa canción. Aunque fue famosísima, prefería olvidarla. Un día me confesó la verdad: le habían contado que, oyéndola, varios borrachos despechados se suicidaron al pie de un traganíquel, en tabernas de Medellín, Pereira y Barrancabermeja. Mi compadre, un hombre tierno y amoroso, sentía que buena parte de la culpa era suya.

Portugués en La Guajira

La vida es así: Barros, que no bebía licor, y que detestaba a los borrachos, compuso en Buenos Aires uno de los tangos más celebrados de su época, en el que le pide al cantinero que sirva una nueva tanda. Huía despavorido de esa tendencia parrandera de los músicos. “Yo no soy músico”, solía repetir, “sino compositor”.

Cuando regresó a sus querencias de El Banco, se volvió un hombre hogareño que criaba hijos y dormía a las 7 de la noche. Su padre había sido un portugués trashumante, José María de Barros Traveceido, cuyo nombre me recuerda a los personajes de los cuentos de Pessoa. Entró a Colombia por La Guajira y se quedó a vivir en un pueblito de pescadores llamado Camarones, que hoy es un barrio en las afueras de Riohacha, el mismo sitio donde nació el almirante Padilla.

El portugués retomó su camino al enviudar y anduvo por ahí, dando vueltas, hasta que se afincó en El Banco y se volvió a casar. Allí nació su hijo José Benito, que a los 15 años se ganaba la vida cantando en la plaza del pueblo. Después aprendió a tocar la guitarra.

Epílogo

El próximo 21 de marzo se cumple un centenario de su nacimiento. Murió en Santa Marta, a los 92 años, en el 2007. Y ayer, en el Carnaval de las Artes de Barranquilla, le hicimos su homenaje. Cómo me hubiera gustado que fuera a las 6 de la tarde, mientras el sol se hunde en el agua y van brotando en el cielo los primeros luceros de la noche, pero no en el escenario de un teatro, sino a la orilla del río, junto a la arena, “donde yace, dormitando, la piragua”.

 

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