El Cervantes para la pequeña gran Elena

La escritora y periodista Elena Poniatowska recibió hoy el Premio Cervantes, el mayor galardón de las letras hispanas. Se lo otorgaron por su brillante trayectoria. “La obra de Elena se habría vuelto anacrónica y combustible si se hubiera limitado a informar. Pero he aquí que un fenómeno sobrevuela la materia de la que trata y la convierte en algo más”, dice la novelista Rosa Beltrán al trazar un semblante sobre esta mujer de 81 años, que bien lleva sus tres nacionalidades: polaca, francesa y mexicana.

Rosa Beltrán – El País (España)

“—¿Qué vas a ser de grande?

 —Todo.

 —¿Qué vas a hacer con tu vida?

 —Todo. Voy a ser el todo de todos.

 —¿Cómo?

 —Voy a inaugurar un nuevo tiempo, voy a sacudir a las buenas conciencias, voy a cambiar el statu quo, voy a jugármela, voy a ser escritor, voy a entrar a todas las casas, meterme en camas victorianas y virginales, cargar todas las culpas, voy a hacerle ver a mis contemporáneos y a sus hijos y a los hijos de sus hijos toda la corrupción y la hipocresía de la sociedad emanada de la Revolución Mexicana, rasgar todo el velamen, recorrer los paralelos y los meridianos de la tierra, voy a atreverme a todo, voy a darle la vuelta a todos los cerebros, a la cintura de todas las mujeres”.

Quien diga que estas no son las palabras exactas de Carlos Fuentes en entrevista con Elena Poniatowska tiene razón. Pero quien afirme que estas son las palabras exactas de Carlos Fuentes tiene aún más razón, porque la maestría de Elena consiste en captar lo que las palabras dichas por sus entrevistados se mueren por decir y no le dirían más que a ella.

Si su obra se ha vuelto un referente indispensable de cómo suena México es porque Poniatowska es una de las autoras pioneras en la inclusión de la oralidad y la transtextualidad mucho antes de que estos términos fueran adoptados por la academia y puestos, junto con su obra, ahí. En eso que llamamos cultura popular; momentos emblemáticos de un uso particular del gran archipiélago que es la lengua castellana. Su aguda observación de los hechos y los protagonistas no habría dejado más que el testimonio (como si fuera poco) de lo que ocurre y lo que nos ocurre desde la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI en ese fuego de artificio, brillante y fugaz, al que llamamos periodismo si se hubiera limitado a ceñirse a él. Pero Tom Wolfe y Truman Capote —y si me apuran Bernal del Castillo— sabían que no se puede hacer periodismo sin hacer ficción: es decir, literatura.

La obra de Elena se habría vuelto anacrónica y combustible si se hubiera limitado a informar. Pero he aquí que un fenómeno sobrevuela la materia de la que trata y la convierte en algo más. ¿Por qué las crónicas de Poniatowska no se desgastan, por qué no les sucede lo que debe ocurrir, que se las lleve el viento?:

“Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos, niños-blanco, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta que el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así el uno junto al otro como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, click, click, click, click y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando la cortina de satín rojo”.

La noche de Tlatelolco (1971) es uno de los libros más leídos sobre la matanza estudiantil del 68 y, junto con Hasta no verte Jesús mío, Tinísima, Querido Diego, te abraza Quiela y tantos otros, compone una obra traducida a 20 lenguas y celebrada por la crítica y los lectores de muchos países. Pero, sobre todo, por lectores de distintas generaciones. Porque es un referente de la libertad de decir, que subvierte géneros y estereotipos, negando a cada paso que lo hace y con la transparencia enigmática de la voz infantil. De modo que: Tan-tan ¿quién es? Es la niña Elena. Cuidado, señoras y señores, de este corderito de Dios, de esta plantita tierna. Cuidado, recuerda Platón: de los animales el niño es el único realmente peligroso.

 

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