El predictor de la crisis capitalista

Latinoamérica y el Mundo 

Jeffrey Friedman, historiador norteamericano, predijo la crisis económica del 2008 basándose en datos muy endebles. Este investigador se reveló como un fuerte defensor de la apertura económica y la globalización. Pero al mismo tiempo, demostró en su libro una gran agudeza para exhibir las consecuencias que produjo en repetidas oportunidades este capitalismo global.

Jeffry Frieden- Foto: harvardmagazine

Julián Blejmar- Miradas al Sur (Argentina) 

Puede resultar extraño realizar hallazgos a partir de referencias algo endebles y conclusiones refutables, pero Jeffrey Frieden parece ser una excepción a la regla. Historiador y profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard, Frieden editó en 2005 la obra Capitalismo Global, donde anticipó la posibilidad de una crisis internacional como la que el mundo experimentó en su mayor crudeza sólo tres años más tarde, y cuyos coletazos continúan afectando a gran parte de Europa y a las actuales exportaciones de nuestro país hacia el viejo continente.

En su obra de 576 páginas, Frieden ambicionó narrar la historia del capitalismo mundial en el siglo XX, desde la Belle Epoque de la feliz Europa de preguerra, hasta las protestas de los globalifóbicos de fines de siglo, como forma también de extraer sus mayores lecciones. Y tal vez por no pertenecer a los círculos financieros, por la complejidad de su texto, o porque su conclusión derivaba de datos endebles, es que sus predicciones no tuvieron mayores repercusiones, quedando reducidas al círculo académico, incluso luego de estallada la crisis.

Cierto es que la obra recibió más de una objeción. Según Alberto Muller, investigador del Centro de Estudios para la Situación y Perspectivas de la Argentina (Cespa) de la UBA, tal como era de esperar en una investigación tan abarcativa, Frieden tuvo más de una dificultad en la presentación de los datos duros, pues la conformación y antigüedad de muchas de las estadísticas en las que se basó, las tornaba delicadas para efectuar comparaciones y análisis. Además, Frieden obvió lo sucedido en algunos países del mundo y centró su estudio en el crecimiento económico pareciendo desterrar el análisis de la distribución del ingreso, salvo en casos excepcionales como los de Estados Unidos o el Brasil de comienzos de siglo.

 ” Lo cierto es que en esta combinación de datos endebles y deducciones refutables, Frieden llegó también a una de las conclusiones más certeras: para aquellos años iniciales del siglo XXI, el capitalismo era incluso más global que a inicios del siglo XX, pero el mundo parecía no haber aprendido la lección sobre la necesidad de un organismo supranacional que lo regule, y una nueva crisis global resultaba altamente probable. Tres años bastarían para darle la razón en este punto “

Por eso, una de sus principales conclusiones tuvo la falencia de sostenerse sobre una débil sustentación: Frieden asevera que la apertura al comercio global, es decir, la interacción económica de los países, resultó a la larga siempre beneficiosa para el conjunto de estas naciones. Así, asociando en gran medida desarrollo al crecimiento del PBI, este investigador se reveló como un fuerte defensor de la apertura económica y la globalización. Pero al mismo tiempo, demostró una gran agudeza para exhibir las consecuencias que produjo en repetidas oportunidades este capitalismo global. En efecto, remitiéndose a sus mismos estudios históricos, Frieden detalló cómo, debido a los éxitos que produjo la economía global hasta 1914, gran parte de Occidente estuvo interesada en sostener y aumentar el comercio internacional (paradójicamente Estados Unidos no había sido de los más fervientes defensores de esta apertura) y mantener el patrón oro, ignorando los costos asociados de estas políticas económicas, que se tradujeron en la degradación en las condiciones de vida de amplios sectores de la población. De hecho, para este académico, los conflictos sociales producidos en Europa poco antes del comienzo de la Primer Guerra Mundial, no obedecieron tanto a factores económicos como sí a la imposibilidad de dar una respuesta política a la nueva realidad social que había creado el capitalismo global. La ausencia de reformas políticas y económicas de envergadura y supranacionales una vez finalizada la guerra, señalaba Frieden, derivó, en los hechos, en la continuidad y profundización de este mismo tipo de capitalismo global, que a partir de los treinta comprometió las condiciones de vida de buena parte de la clase trabajadora y tuvo como resultado el surgimiento de dictaduras nacionalistas en Alemania, Italia, Japón y algunas de las antiguas colonias africanas, las cuales a la postre cerraron sus economías y finalmente (soslayando en gran medida otros factores por fuera de los económicos), acabaron quebradas en medio de una profunda conflictividad social. Así, Frieden profundizaba su hipótesis aseverando que ignorar los beneficios de la apertura económica implicaba altas probabilidades de fracaso, aunque también, que la falta de regulaciones mundiales que frenen las consecuencias indeseadas de la globalización sobre ciertos sectores de la población mundial, también conlleva altos riesgos de disrupciones sociales y económicas.

De hecho, Frieden observó en los acuerdos de Bretton Woods, que propiciaron nuevas regulaciones económicas a nivel mundial, un interesante esbozo de un organismo supranacional que pudiera estimular pero a la vez conducir el capitalismo global, mitigando sus efectos no deseados. A este sistema le asignó incluso gran parte de la denominada “Edad de oro” del capitalismo, aunque señalaba que, por sus características intrínsecas, terminó siendo una solución temporal, pues la estabilidad del nuevo patrón dólar propició una integración comercial y financiera que excedió cualquier tipo de regulación, llevando a desajustes que fueron enfrentados con políticas de protección nacional descoordinados entre sí, las cuales detuvieron la integración y el crecimiento mundial. El regreso a un capitalismo global y abierto, señaló, no ocurriría sino hasta la década del noventa, propiciando especialmente el desarrollo de dos economías fuertemente integradas al mundo, como las de India y China. En el medio, Frieden volvió a analizar los datos de crecimiento de diversos países durante el período conocido como de “Guerra Fría”, encontrando que aquellos que buscaron integrarse comercialmente, como algunos de los tigres asiáticos (Japón, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur) fueron los que mayores índices de crecimiento experimentaron, pero, nuevamente y como Alberto Muller bien lo señala, soslayando otros elementos de análisis, como las condiciones de privilegio comercial que Estados Unidos les otorgó a algunos  de estos países, en su interés por evitar los gobiernos comunistas, o el inicial período de proteccionismo que muchos de ellos implementaron hasta desarrollar una industria competitiva a nivel mundial.

Lo cierto es que en esta combinación de datos endebles y deducciones refutables, Frieden llegó también a una de las conclusiones más certeras: para aquellos años iniciales del siglo XXI, el capitalismo era incluso más global que a inicios del siglo XX, pero el mundo parecía no haber aprendido la lección sobre la necesidad de un organismo supranacional que lo regule, y una nueva crisis global resultaba altamente probable. Tres años bastarían para darle la razón en este punto, y para comenzar el interrogante, aún no resuelto, sobre cómo se logrará una salida de la crisis mundial que evite a la vez caer en otra de similar factura.

 

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