¿El año del arministicio?

Los diálogos de paz que se llevan adelante desde el 4 de septiembre de 2012 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y el grupo Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pueden terminar en un acuerdo 2014. Es el deseo de muchos colombianos que están cansados de este conflicto armado. El uribismo y los sectores más conservadores se opusieron a las conversaciones que se desarrollan en La Habana desde el comienzo.

Marta Ruiz – Semana (Colombia)

El pasado 25 de diciembre la historiadora Diana Uribe hizo un programa especial de radio para ponernos a soñar sobre lo que sería Colombia si se le pusiera fin a la guerra. Insistía Uribe en lo difícil que será inventarse ese nuevo país, acostumbrados, como estamos, a creer que el conflicto armado es nuestro destino inexorable. El pronóstico de la historiadora es bastante optimista y alentador. Me sumo a esa manifestación de esperanza.

Este 2014 que comienza será, probablemente, el año del armisticio. Se cerrará un largo ciclo de sufrimientos y agravios; y se sellará por fin el pacto colectivo del nunca más matarnos por una idea. Del nunca más, imponer con plomo y dinamita un modelo de sociedad. Será el año en el que se empezará a pasar la página de la violencia política.

Se va a requerir de mucho valor, especialmente por parte de aquellos que depondrán las armas, y los odios, para enfrentar con realismo los actos del pasado. Para darles cara a las víctimas, y para confiar en sus adversarios. Será doloroso para los soldados de un lado y otro, despojarse de sus discursos heroicos y mirar con ojos más humanos la tragedia que han dejado a su paso. Se va a requerir también de una inmensa generosidad de parte de la sociedad, para cerrar las heridas que entre los colombianos han abierto décadas de enfrentamiento. Civilidad será una palabra por estrenar en los años por venir.

Habrá que actuar rápido para cerrar las brechas. Se necesitarán mucha lucidez, imaginación y terquedad. Habrá que convencer a medio país, que vive en ciudades donde aún muchos creen que la guerra no existe, que no es normal tener calles llenas de escoltas y militares. Que, en cambio, ser de izquierda o de derecha no son anomalías de la democracia sino justamente parte de su esencia, del juego del pluralismo.

Que la protesta y el reclamo son parte de la vida social y no riesgos o amenazas. Habrá que aprender a escuchar, a respetar al otro; habrá que poner manos a la obra para reconstruir el tejido social, a partir de sus ruinas y de sus resistencias. Tendremos que cambiar, incluso, el lenguaje, como lo ha dicho en varias ocasiones Eduardo Posada Carbó.

Nada cambiará de la noche a la mañana. Todo será al principio imperceptible, incluso por momentos parecerá que las cosas van peor. Pero la esperanza seguirá moviéndonos. La esperanza será el motor para recorrer el difícil camino de la posguerra. Como lo están recorriendo países con conflictos más largos, duros y amargos, como Sudáfrica e Irlanda.

Tengo esa esperanza. La esperanza de que esté llegando un tiempo nuevo. Esperanza que me transmitió una bella tarjeta de navidad que recibí este fin de año, con una frase de Lou Reed: “No dejemos que nuestro pasado se convierta en nuestro destino”.

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