El acné juvenil del gorilismo

Argentina
Roberto Mero

Se compraron el verso del “fin de la historia” y en su cinismo buscan justificar sus propias miserias. El denominador común del idiota útil del macrismo es un “democratismo” pasivo, la insatisfacción personal y el revanchismo social. Enfrentada al movimiento nacional y popular a lo largo de la historia esta casta social “progresista” siempre resultó funcional a la derecha.

Macri, Morales y Massa en una fiesta privada en Jujuy - Foto: Presidencia

Roberto Mero* – Latinoamérica Piensa

Abordaremos aquí esa patología epidérmica constatable en una parte de la generación que llegó a adulta bajo los siniestros 90. Me refiero el “gorilismo progre” que se expresa hoy en un sector del macrismo y que pega golpes de bandera de la extrema derecha a la extrema izquierda, con vociferaciones que otrora fueron parte del mito “revolucionarista”. No sé si se entiende. Hablo de esa nebulosa que fue de los desencantados del Partido Comunista (PC) a los atorados por el Partido Intransigente (PI). O que buscaban infiltrarse en la Coordinadora del Coti Nosiglia y terminaron de alcahuetes de la SIDE. Esa masa importante (en términos generacionales) que vio demoler sus esperanzas en la evaporación del Frente Grande y luego en el desquicio psicótico de Chacho Álvarez bajo la Alianza, es un tema histórico que se olvida. Y cuyos resultados están aquí, sabiamente elaborados por los vómitos de sangre de Durán Barba y Lanata antes bien que por la lectura de Mein Kampf. Denominador común del “gorilismo progre” que trabaja de idiota útil del macrismo: un supuesto “democratismo” pasivo (“ganaron y hay que darles tiempo”), insatisfacción personal (“nosotros nos rompemos el culo trabajando”) y revanchismo social (“mientras los negros choripaneros son una manada sumisa”). Si como dice el tango, este grupo expresa “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, manifiesta también esa especie de necesidad del “anarquismo de derecha” sobre el que tanto trabajaron las ligas fascistas francesas de Charles Maurras en los años 1930. Acusación al complot “banquero-parlamentario”, desprestigio de las organizaciones políticas, necesidad de “purificación de la raza” por medio de la violencia autónoma. Insisto. Como en la Francia de 1934 y de las hordas fascistas, el macrismo ha sabido nuclear a un grupo desesperado de “clasemedieros” detrás una vasta y basta ideología del resentimiento. Este acné juvenil del “gorilismo” pulula en la piel infectada de los disconformes con lo que “los K deberían haber hecho, pero que no hicieron”. Mezcla de “caceroleros” sin cacerola, de grandes burgueses sin dinero y de auditores pasivos de la artillería ideológica de “somos el peor país del planeta”, este “grupete” busca con pánico los justificativos históricos de sus propias miserias. Observarlos es más que necesario para comprender nuestras carencias pasadas en la guerra ideológica. Combatirlos es un deber nuestro que, aún sin garantía de triunfo, permitirá frenar con la enfermedad inyectada en sus cerebros.

La ideología como historia quebrada

En los tiempos en que el Occidente victorioso se dio al jolgorio por haber logrado rendir al gobierno de la Unión Soviética, Francis Fukuyama inventó la curiosa teoría del “fin de la historia”. Esto es, que la victoria capitalista (occidental y cristiana) venía a quebrar la tendencia a los conflictos de la humanidad por obra y gracia del Santo Espíritu del Mercado. Cientos de miles de artículos pagados y adocenados por la CIA y las agencias de inteligencia occidentales insuflaron que ese “fin de la historia” podría, sin embargo, confrontarse a algunos díscolos como el peronismo y el nacionalismo al estilo De Gaulle. Pelota picando en el arco, el delirio de Fukuyama jamás llegó más allá de la propaganda con la sucesión de guerras en los Balcanes, que luego se desataría (y desataría) el Islam político. Quedó sin embargo en el aire, esa especie de flatulencia del “todo vale”, del “puede decirse cualquier cosa”, del pelotazo salvaje para que tarde o temprano llegara a ser gol, con suerte. Una atenta lectura del macrismo como productor de materia fecal ideológica, permite entrever algunas ideas sobrenadando de aquel “fin de la historia” pasado de moda como efecto del coma etílico. Breve, el incierto triunfo en las urnas de noviembre 2015 se transforma ahora en “espantosa derrota”. Las “fuerzas armadas camporistas”, en apenas “ñoquis”. El estado de reclamo por “acabar con los subsidios”, una forma de la generalización de la miseria. Pero para el macrismo esto sólo es posible quebrando el núcleo central, el nudo inevitable: la organización político-social que podría (como podrá) poner fin al tiempo de vino, balas y hambre que la sociedad argentina debería aceptar para que “se acabe el desacuerdo”. Parece fino, parece sencillo pero esta idea pegajosa se ha metido en el cerebro de una generación a la cual le pasó por arriba la insurrección de diciembre 2001 y la instalación del gobierno popular. Para esos “cacerolos” aislados, la historia sólo comenzará con el barrido final y total de todos los símbolos y del espíritu que hicieron posible la más larga experiencia de gobierno de avanzada en Argentina. El fluido venenoso comienza a infiltrarse en los atónitos por las luchas intestinas del PJ, las miserias morales de algunos forajidos parlamentarios y la complicidad vergonzosa del sindicalismo moyanista. Estos aliados del olvido buscan detener esa oleada de furor que es la nuestra, susurrándonos la rendición en medio del combate. Única posibilidad que tienen ante el pánico que les produce el irredento coraje del pueblo argentino.

Jorge Altamira en las pantuflas de Alfredo Palacios 

Resucitando mitos donde se conjugan el rencor, el delirio y la amenaza del alzhéimer, Jorge Altamira acaba de lanzar una de aquellas parrafeadas que algún día quedaran en el latón de su revolución improbable. Digo, recuerdo su ataque a mansalva contra Milagro Sala jugándola desde la izquierdosa persuasión de la traición de clases. Es decir, la de Milagro Sala. Lenin era un ególatra. Stalin un asesino. Guevara un socialdemócrata. Del negro Chávez, ni hablemos, porque ni siquiera sabía cantar la Internacional en francés. Menos aún hablemos de Milagro Sala, quien según el bronce enhiesto de Altamira: “Sé que patotea a todo el mundo. Las denuncias que hizo el (ex jefe del gremio municipal jujeño Carlos) Perro Santillán me las contó a mí las veces que he ido a Jujuy”. Mezclando en la coctelera asociaciones y empresas, trabajo asalariado y tarea colectiva, patrones y cooperación, la baja mira de Altamira y sus declaraciones a la radio Once Diez no pudieron sino agradar a esa selecta banda de rufianes que otrora aplaudió sus jineteadas insurrectas contra el gobierno popular. Quizá por las neuronas que ya faltan más que por la miseria moral que le sobra, Altamira y su séquito de impolutos, trata de deslizarse en las pantuflas de Alfredo Palacios, recordado primer diputado socialista por la Boca allá por el 1904 que tantas esperanzas despertó, para luego asesinarlas en sus complots contra Perón, y su alianza con la Fusiladora. Y aquella inolvidable orden que dio como diplomático de la Libertadora en Uruguay: no pagarle el aguinaldo a los empleados ya que se trataba “de una prebenda demagógica”. Fiel al estilo de la jauría del lumpen político pseudo rebelde, Altamira talla la lápida impiadosa de quienes vociferan una revolución que sólo podría alterar el paseo de las palomas de la placita de Saint Germain-des-Prés.

*Periodista y escritor argentino en Par
ís, Francia.