La unión no hace la fuerza

Uruguay 

La alianza que se celebró entre el Partido Nacional y el Partido Colorado sintetiza el difícil objetivo en común que ambos partidos comparten: impedir que el Frente Amplio alcance un tercer mandato. Atrás quedaron las disputas entre las fuerzas tradicionales porque ahora se unen con una estrategia en común para intentar que los vientos políticos comiencen a soplar hacia el otro lado. 

Luis Lacalle Pou (PN) y Pedro Bordaberry (PC) Redacción- Miradas al Sur (Argentina) 

El candidato blanco Luis Alberto Lacalle Pou perdió su clásica sonrisa abierta de propaganda dental cuando la Junta Electoral Uruguaya oficializó que el Frente Amplio había alcanzado la “mayoría parlamentaria” por tercer período consecutivo. Nadie, ni siquiera el más pesimista de los asesores del comando nacionalista, había previsto una perfomance electoral tan alta de Tabaré Vázquez: 48% de los sufragios (replicó los votos obtenidos por José Mujica cinco años atrás y superó, en consecuencia, el promedio de 40 puntos vaticinados por los sondeos), sumó  cincuenta diputados y quince senadores al hemiciclo, cuatro puntos arriba de los porcentajes sumados entre Lacalle junior y el candidato colorado Pedro Bordaberry. Sin embargo, el hijo del ex jefe de Estado oriental dio a entender a su círculo áulico que no tirará la toalla y que, en consecuencia, buscará el milagro de dar vuelta en el balotaje del 30 de noviembre un comicios presidencial que parece prácticamente entintado ya con los colores azul, blanco y rojo de la centroizquierda uruguaya. En ese sentido, la primera inyección anímica para levantar la moral alicaída del dirigente blanco provino, paradojalmente, de un gesto arrebatado protagonizado por la otra gran familia de la elite tradicional. Caía la noche en Montevideo el día de la elección y Bordaberry, ya anoticiado de la pesadumbre cosechada en las urnas por blancos y colorados, decidió cruzar la ciudad y visitar a Lacalle Pou en el recoleto Hotel NH Colombia, donde estaba alojado su búnker. El frontman colorado, de porte rocoso y voz elevada, se abrazó con sobreactuada euforia con el coordinador de los equipos programáticos del Partido Nacional, Pablo Da Silveira (eventual candidato a Ministro de Cultura de Lacalle Pou), en el lobby del hotel y, a boca de jarro, arrojó una frase –que, supuestamente, no debería escuchar la prensa– envenenada para sellar el pacto de convivencia de cara a la segunda vuelta: “Vine para que hagan mierda a Tabaré”.

Previo a la llegada del Frente Amplio al gobierno uruguayo en el año 2004, los blancos y los colorados rivalizaban como gallos de riña en cada elección. En general, los cuadillos nacionalistas hacían pie con más fuerza en el interior rural y, paralelamente, sus rivales, con una verba más industrialista y obrera, controlaban el territorio de las cabezas departamentales del país. Sin embargo, esa disputa tenía mucho de puesta en escena porque, en términos programáticos, los denominadores comunes entre blancos y colorados eran más fuertes que los disensos interpartidarios y, por otro lado, el fantasma comunista estaba lejos de inquietar la hegemonía bipartidista conservadora uruguaya. Por lo tanto, esa  tensa convivencia entre el Partido Nacional y Colorado sufrió un terremoto cuando el frenteamplismo cambió la ecuación de la distribución del poder institucional en el país. Antiguos competidores, las antiguas mesas del doble comando bipartidista tuvieron que reinventar su relación para unir fuerzas ante el enemigo común que moviliza en cada elección a los ciudadanos con su clásico slogan “aprontá tu corazón”. Recapitulando, nacionalistas y colorados ensayaron, por primera vez, un camino de unidad cinco años atrás para intentar cercar la llegada al gobierno del ex guerrillero tupamaro José Mujica. La ola mujiquista venía en ascenso y la alianza coloranca fracasó en su gesta como dique de contención. Este año, Lacalle Pou y Bordaberry, con el oído endulzado por encuestadores que vaticinaban un derrumbe frenteamplista, habían proyectado llegar a la segunda vuelta desde un piso más alto. Pero, la calculadora, sumado las dos cosechas, arrojó un magro 43%. En ese sentido, el primer anuncio de los dos comandos para envalentonar la mística prebalotaje es redoblar los esfuerzos militantes con el fin de tener un debut ganador en el lanzamiento del Partido de la Concertación, el sello con el que blancos y colorados competirán por la Alcaldía de Montevideo dentro de un semestre. El experimento, si bien no verá sus frutos en las urnas de fin de noviembre, afina el matrimonio interpartidario, refuerza los puentes organizadores en pleno segundo tiempo de la campaña presidencial y, en ese sentido, podría marcar la futura relación civil de dos fuerzas políticas incapaces, hasta el momento, de torcer la era frenteamplista dividiendo fuerzas, consignas y candidatos. 

“Esa tensa convivencia entre el Partido Nacional y Colorado sufrió un terremoto cuando el frenteamplismo cambió la ecuación de la distribución del poder institucional en el país. Antiguos competidores, las antiguas mesas del doble comando bipartidista tuvieron que reinventar su relación para unir fuerzas ante el enemigo común que moviliza en cada elección a los ciudadanos con su clásico slogan ‘aprontá tu corazón'”

Pero, no todas son flores en el alocado y febril matrimonio de Lacalle junior y Pedro Bordaberry. Así como el tiburón sigue el olor de la sangre, y los banqueros el flujo del dinero, la clase política regional, y global, no suelen apostar sus fichas a dirigentes cuyas acciones de popularidad estén a la baja. Es el llamado de la naturaleza, podría ser el epígrafe.  Este fin de semana, por ejemplo, los dirigentes blancos Walter Zimmer y Guillermo Besozzi intentaron dar a entender que no permanecerán mucho tiempo en la nave blanca, si ésta se transforma en un Titanic, cuando en pleno sincericidio declararon al matutino montevideano El País que “no creemos que Lacalle Pou venza en noviembre, hay que ser prudente con las expectativas”. Pero, los cortocircuitos no quedan ahí. Lacalle Pou y su compañero de fórmula Jorge Larrañaga visitaron esta semana la casa nacional del Partido Colorado para afinar la agenda de actividades y el mapa de recorridas en el interior del país. Al principio, el encuentro fue todo color de rosa. “Unas 150 personas casi llenaban el patio de la casona de Martínez Trueba. Hubo aplausos para la delegación. Un grupo de damas se abalanzó sobre Lacalle Pou para saludarlo con un beso e, incluso, pedirle para sacarse una selfie con él”, taquigrafió un cronista del diario El País. Pero, luego, un dirigente colorado, de la línea histórica más progresista, aguó la fiesta desplegando en el interior del comité un cartel anti Lacalle: “Ahora y nunca, batllistas no votan herreristas”.

Por último, la estrategia de blancos y colorados para remontar la empinada cuesta arriba pasará por pulir y reelaborar el relato opositor en plena campaña. Los publicistas y gurúes de Lacalle Pou intentaron, desde un principio, bajar en grados el tono conservador y patricio de su cliente, desideologizarlo, ir “por la positiva” (principal consigna) en el contacto mediático con la gente. La idea del búnker blanco, que está de moda a nivel continental en la góndola de los partidos conservadores, es buscar más ambigüedad en el discurso, ampliar la heterogeneidad del campo receptor, camuflar lo más posible el horizonte neoliberal. Pero, como afirma, un editorial del influyente diario El País del último martes, titulado “Las mayorías silenciosas”, el corazón de la Doña Rosa uruguaya; es decir, el actor orgánico a las franjas políticas menos participativas de la sociedad, volvió a serle fiel al gobierno frenteamplista. “Se ha dicho que históricamente el voto discreto, callado, que no hace alhar
aca de su opción en la campaña y que conforma la mayoría silenciosa, es un voto que proporcionalmente se inclina más hacia los partidos tradicionales, y en particular hacia el Partido Colorado. Pues bien, esta hipótesis también falló. En este nuevo Uruguay político en el que por primera vez en la historia un partido gana tres veces seguidas la mayoría absoluta en Diputados, hay que darse cuenta de que hubo un cambio importante en la opción de esa mayoría silenciosa. Ese voto discreto va ahora hacia el Frente Amplio”, masculló con algo de bronca entrelíneas el abolengo diario montevideano. Lacalle Pou y Bordaberry entienden que algo de razón hay en esa hipótesis. La primera derrota de la familia coloranca ante el Frente Amplio, antes que electoral, militante o política, es de carácter cultural. Esa huella es difícil de borrar de forma rauda. Colorados y blancos iniciarán ese camino en este balotaje. Podrán perder pero, luego, vendrá el turno de Montevideo. La idea de ambos partidos es no bajar los brazos e intentar que los vientos políticos comiencen a soplar hacia el otro lado, como lo hizo siempre en el Uruguay.

 

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