Ébola: todo depende del control

Latinoamérica y el Mundo 

El descubridor del virus del Ébola, Peter Piot, asevera que la OMS no actuó de forma rápida contra la enfermedad porque sus oficinas regionales en África no cuentan con personal capacitado. Para el científico belga, la clave ahora está en mantener la epidemia bajo control y elaborar nuevas estrategias para evitar la actual escasez de médicos en los centros de tratamiento. 

Peter Piot, descubridor del virus- Foto: AmazonawsRafaela von Bredow y Veronika Hackenbroch- Der Spiegel (Alemania) 

En declaraciones recogidas por Rafaela von Bredow y Veronika Hackenbroch, periodistas de Der Spiegel, y reproducidas por el dominical londinense The Observer, Peter Piot, microbiólogo pionero en la lucha contra el ébola, analiza la historia del virus y la situación actual. 

–Profesor Piot, como científico joven que trabajaba en Amberes, formó usted parte del equipo que descubrió el virus del ébola en 1976. ¿Cómo sucedió?

–Lo recuerdo todavía con exactitud. Un día de septiembre, un piloto de las líneas aéreas [belgas] de Sabena nos trajo un termo azul brillante y una carta de un médico de Kinsasa, en lo que entonces era Zaire. En el termo, escribía, había una muestra de sangre de una monja belga que había enfermado recientemente de una misteriosa dolencia en Yambuku, una remota aldea en la parte norte del país. Nos pidió que examináramos la muestra en busca de fiebre amarilla.

–Hoy en día el ébola sólo se puede investigar en laboratorios de alta seguridad. ¿Cómo se protegían en aquel entonces?

–No teníamos ni idea de la peligrosidad del virus. Y no había laboratorios de alta seguridad en Bélgica. Llevábamos nuestras batas blancas de laboratorio y los guantes de protección. Cuando abrimos el termo, el hielo de dentro se había fundido en su mayor parte y una de las ampollas se había roto. La sangre y los trozos de vidrio flotaban en el agua con hielo. Sacamos el otro tubo intacto de entre lo que se había roto y empezamos a analizar la sangre buscando agentes patógenos, utilizando los métodos convencionales en aquella época. 

–Pero el virus de la fiebre amarilla no tenía aparentemente nada que ver con la enfermedad de la monja.

–No. Y las pruebas de fiebre de Lassa y tifoideas fueron también negativas. ¿Qué podía ser, entonces? Nuestras esperanzas se centraban en ser capaces de aislar el virus de la muestra. Para poder conseguirlo, lo inyectamos en ratones y otros animales de laboratorio. Al principio y durante varios días, no pasó nada. Pensábamos que quizás los patógenos habían quedado dañados debido a la refrigeración insuficiente del termo, Pero luego comenzó a morir un animal detrás de otro. Empezamos a darnos cuenta de que la muestra contenía algo bastante mortífero.

–¿Pero continuaron ustedes?

–Llegaron de Kinsasa otras muestras de esta monja que, entretanto, había muerto. Cuando ya habíamos logrado empezar a examinar el virus en un microscopio de electrones, la Organización Mundial de la Salud nos dio instrucciones de enviar todas nuestras muestras a un laboratorio de alta seguridad de Inglaterra. Pero mi jefe de entonces quería concluir el trabajo a toda costa. Tomó una ampolla que contenía material del virus para analizarlo, pero le temblaba la mano y se le cayó encima del pie de un colega. El vial se hizo trizas. “¡Mierda!” fue lo único que pensé. Lo desinfectamos todo inmediatamente y afortunadamente nuestro colega llevaba zapatos de un cuero fuerte. No nos pasó nada a ninguno de nosotros.

–Finalmente pudieron ustedes crear una imagen del virus haciendo uso del microscopio de electrones.

–Sí, y lo primero que pensamos fue: “¿Qué demonios es eso?” El virus que tanto tiempo habíamos estado buscando era muy grande, muy largo y tenía forma de gusano. No tenía semejanzas con la fiebre amarilla. Más bien se parecía al virus de Marburgo que, como el ébola, causa fiebre hemorrágica. En los años ’60, el virus mató a varios trabajadores de laboratorio en Marburgo, en Alemania.

–¿Tenían miedo en ese momento?

–En aquel entonces apenas sabía nada del virus de Marburgo. Cuando hoy se lo cuento a mis estudiantes, deben pensar que salgo de la Edad de Piedra. Pero lo cierto es que tuve que ir a la biblioteca y mirarlo en un atlas de virología. Fue el American Centre for Disease Control el que determinó poco más tarde que no era el virus de Marburgo sino un virus desconocido y sin parentesco. Mientras tanto, también nos habíamos enterado de que centenares de personas habían sucumbido al virus en Yambuku y la zona de alrededor. 

–Unos pocos días después, fue usted uno de los primeros científicos en volar al Zaire.

–Sí. La monja que había muerto y sus compañeras procedían todas ellas de Bélgica. En Yambuku, que había formado parte del Congo Belga, gestionaban un pequeño hospital en una misión. Cuando el gobierno belga decidió enviar a alguien, me presenté voluntario inmediatamente. Tenía 27 años y me sentía un poco como mi héroe de la niñez, Tintín. Y tengo que reconocer que me embriagaba la oportunidad de rastrear algo totalmente nuevo.

–¿Había lugar al temor o al menos a la preocupación?

–Por supuesto, teníamos claro que nos enfrentábamos a una de las infecciones más mortíferas que se habían visto en el mundo, ¡y no teníamos idea que se transmitía por medio de los fluidos corporales! Podían haber sido los mosquitos. Llevábamos trajes protectores y guantes de látex y hasta pedí prestadas una gafas de motociclista para protegerme los ojos. Pero con el calor de la jungla era imposible utilizar las máscaras de gas que habíamos comprador en Kinsasa. Aun así, los pacientes de ébola que traté estaban probablemente tan conmocionados por mi apariencia como por su intenso sufrimiento. Le saqué sangre a una decena de esos pacientes. Yo estaba preocupadísimo no fuera a pincharme accidentalmente con la aguja e infectarme así. 

–Pero aparentemente logró usted evitar infectarse.

–Bueno, en un momento dado, la verdad es que desarrollé un cuadro de fiebre alta, dolor de cabeza y diarrea…

–¿…parecido a los síntomas del ébola?

–Exacto. Inmediatamente, pensé: “¡Ya está, maldita sea, lo he pillado!” Pero luego traté de conservar la calma. Sabía que los síntomas que tenía podían proceder de algo completamente diferente e inocuo. Y la verdad es que habría sido estúpido pasar dos semanas en una horrorosa tienda de aislamiento que se había preparado para los científicos en el peor de los casos. De manera que me quedé solo en mi habitación y esperé. Por supuesto, no pegué ojo, pero por suerte empecé a sentirme mejor al día siguiente. No era más que una infección gastrointestinal. En realidad, es lo mejor que te puede pasar en la vida: mirar a la muerte a los ojos y sobrevivir. Cambió enteramente mi enfoque, toda mi perspectiva vital en aquella época. 

–También fue usted quien le puso nombre al virus. ¿Por qué ébola?

–Ese día nuestro equipo se reunió por la noche ya tarde –habíamos bebido además un par de tragos– a debatir la cuestión. No queríamos decididamente bautizar el nuevo patógeno con el nombre de “virus de Yambuku”, porque eso habría estigmatizado la zona para siempre. Había un mapa en la pared y el jefe de nuestro equipo, un norteamericano, sugirió que viéramos cuál era el río más cercano y le pusiéramos su nombre al virus. El río era el Ébola. De modo que a las tres o las cuatro de la mañana ya teníamos un nombre. Pero el mapa era reducido y poco preciso. Solo después supimos que el río más cercano era en realidad
otro diferente. Pero ébola es un nombre bonito, ¿verdad?

–Al final descubrió usted que las monjas belgas habían diseminado el virus sin querer. ¿Cómo sucedió? 

–En su hospital ponían inyecciones de vitaminas a las mujeres embarazadas utilizando agujas sin esterilizar. De este modo, contagiaron el virus a muchas mujeres jóvenes de Yambuku. Les hablamos a las monjas del terrible error que habían cometido, pero echando la vista atrás creo que tuvimos demasiado cuidado con las palabras que usamos. Las clínicas que no respetaron esta y otras normas higiénicas hicieron las veces de catalizadores en todos los brotes adicionales del ébola. Aceleraron drásticamente la extensión del virus o la hicieron posible, para empezar. Incluso en el actual brote en África Occidental, los hospitales han desempeñado por desgracia este vergonzoso papel al principio.

–Después de Yambuku, pasó usted los treinta años siguientes de su vida profesional dedicado a combatir el sida. Pero ahora el ébola lo ha vuelto a alcanzar. Los científicos norteamericanos temen que sean cientos de miles de personas las que en última instancia lleguen a contagiarse. ¿Podía esperarse una epidemia así?

–No, en absoluto. Por el contrario, siempre pensé que el ébola, por comparación con el sida o la malaria, no presentaba demasiados problemas porque estos brotes siempre eran breves y de ámbito local. En torno de junio es cuando me quedó claro que había algo fundamentalmente distinto en este brote. Fue más o menos en ese mismo momento cuando la ONG Médecins Sans Frontières hizo sonar la alarma. Los flamencos tendemos a ser poco emotivos, pero en ese momento empecé a preocuparme de veras.

–¿Por qué reaccionó tan tarde la OMS?

–Por un lado, porque su oficina regional en África no tiene como personal a la gente más capacitada sino que se trata de nombramientos políticos. Y la sede central de Ginebra ha sufrido grandes recortes presupuestarios acordados por los Estados miembros. El departamento de fiebre hemorrágica y el que es responsable de la gestión de emergencias epidémicas resultaron gravemente afectados. Pero desde el mes de agosto, la OMS ha recuperado su papel de liderazgo.

–Hay en realidad un procedimiento bien establecido para contener los brotes del ébola: aislar a los infectados y vigilar estrechamente a quienes han estado en contacto con ellos. ¿Cómo ha podido llegar incluso a suceder una catastrofe como la que ahora estamos viendo?

–Creo que es lo que la gente llama una tormenta perfecta: cuando todas las circunstancias individuales son un poco peores de lo normal y se combinan entonces para ocasionar un desastre. Y en esta epidemia hubo muchos factores que eran adversos desde el principio mismo. Algunos de los países implicados acababan de salir de terribles guerras civiles, muchos de sus médicos habían huido y sus sistemas de atención sanitaria se habían venido abajo. En toda Liberia, por ejemplo, no había más que 51 médicos en 2010 y muchos de ellos han muerto desde entonces a causa del ébola. 

–El hecho de que el brote comenzara en la región fronteriza, densamente poblada, entre Guinea, Sierra Leona y Liberia…

–…también ha contribuido a la catástrofe. Debido a la extremada movilidad de la gente, resultaba mucho más difícil de lo habitual descubrir quiénes habían estado en contacto con las personas contagiadas. Puesto que en esta región a los muertos se les entierra tradicionalmente en las ciudades y pueblos en los que nacieron, había cadáveres del ébola enormemente contagiosos viajando aquí y allá entre fronteras en camionetas y taxis. El resultado fue que la epidemia siguió reavivándose en distintos lugares. 

–Por primera vez en la historia, el virus ha llegado hasta metrópolis como Monrovia y Freetown. ¿Es eso lo peor que puede pasar? 

–En las grandes ciudades –sobre todo en caóticos barrios de chabolas– resulta prácticamente imposible encontrar a quienes han tenido contacto con los pacientes, por enorme que sea el esfuerzo que hagas. Es por eso por lo que también me preocupa tanto Nigeria. El país alberga megaciudades como Lagos y Port Harcourt, y si el virus del ébola llega a alojarse allí y comienza a propagarse, sería una catástrofe inimaginable.

–¿Hemos perdido el control de la epidemia por completo?

–Siempre he sido un optimista y creo que ahora no tenemos otra elección que intentarlo todo, verdaderamente todo. Es bueno que los Estados Unidos y algunos otros países estén empezando por fin a ayudar. Pero Alemania, o incluso Bélgica, pueden hacer mucho más. Y hay algo que debería quedarnos a todos claro: esto ya no es sólo una epidemia, es una catástrofe humanitaria. No necesitamos sólo personal de atención sino también expertos de logística, camiones, jeeps y alimentos. Una epidemia así puede desestabilizar regiones enteras. Sólo puedo esperar que seamos capaces de mantenerlo bajo control. Nunca pensé que pudiera a llegar a ser algo tan malo.

–¿Qué se puede hacer realmente en una situación en la que cualquiera se puede infectar por la calle y en la que, como en Monrovia, hasta los taxis están contaminados?

–Necesitamos elaborar urgentemente nuevas estrategias. Actualmente, quienes prestan ayuda ya no son capaces de atender a todos los pacientes en los centros de tratamiento. De modo que los cuidadores tienen que enseñar a los miembros de las familias cómo protegerse ellos mismos del contagio en la medida de lo posible. Este trabajo educativo sobre el terreno es actualmente el mayor desafío. Sierra Leona experimentó con un toque de queda de tres días, en un intento de rebajar por lo menos un poco la curva de contagio. Al principio pensaba: “Eso es una locura total”. Pero ahora me pregunto, “¿por qué no?” Al menos, mientras estas medidas no se impongan manu militari.

–Un toque de queda de tres días suena un tanto desesperado.

–Sí, es bastante medieval. Pero, ¿qué se puede hacer? Aun en 2014 apenas tenemos formas de combatir este virus.

–¿Cree usted que podríamos enfrentarnos al comienzo de una pandemia?

–Habrá sin duda pacientes dé ébola en África que lleguen hasta nosotros con la esperanza de recibir tratamiento. Y podrían contagiar incluso a una cuantas personas que luego acaben muriendo. Pero un brote en Europa o América del Norte quedaría rápidamente bajo control. Estoy más que preocupado por las numerosas personas de la India que trabajan en el comercio o la industria en África Occidental. Sólo haría falta que una se contagiara, viajase a India a visitar a sus parientes durante el periodo de incubación del virus y luego, una vez enferma, acabase en un hospital público. Con frecuencia, médicos y enfermeras de la India tampoco usan guantes de protección. Se contagiarían inmediatamente y propagarían el virus.

 

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