Mirar al pasado para abrazar el presente

Uruguay 

Un economista, asesor del candidato a presidente Luis Lacalle, aseguró que antes del 2004 el país estaba muy bien. Sin embargo, no tuvo en cuenta la pobreza, la falta de empleo y la marginación que se vivió por esos años con los gobiernos colorados. Sin dudas Lacalle comparte su visión, aunque este le soltó la mano cuando sus ideas salieron a la luz y esclareció la ideología del partido.

Ismael Blanco- República (Uruguay) 

“Uruguay estaba muy bien antes del 2004”. Con esta noticia, el economista Juan Dubra, que forma parte del equipo de asesores de Luis Lacalle, nos amaneció en estos días.

Él, sin lugar a dudas es un hombre que está por “la positiva” y, como no podía ser de otra forma, no se detiene en cosas desagradables que incomodan y de lo que tanto se ha hablado del “antes del 2004”, como la pobreza, la falta de empleo, la marginación, la dictadura, los desaparecidos entre otras tantas. Juan Dubra nos habla de otra cosa, el economista egresado de la New York University y docente de la glamorosa Universidad de Montevideo, nos advierte y nos aclara que el Uruguay de antes del 2004 ¡estaba muy bien! Y no dudo que para Juan Dubra y los de su estirpe, el Uruguay estaba fantástico.

Es que no hay ninguna necesidad de detenerse en esas cosas que seguramente por esos tiempos el joven economista ni siquiera sabría que existían; como, por ejemplo, el récord de desempleo, el subempleo escandaloso y precario, los mayores niveles históricos de pobreza, en particular en los jóvenes, alcanzando cifras inmorales, el Uruguay de la desnutrición en los niños, de las ollas populares, de los merenderos populares, de los que debían emigrar a buscar suerte y futuro no como una aventura personal sino como un destino fatal, un destierro forzoso que separó y destrozó familias.

El Uruguay de Dubra, el de los “buenos resultados” de antes del 2004, incluye también los récords de la mayor tasa de mortalidad infantil, de los niños y jóvenes en las esquinas rebuscándose la diaria, de los miles de compatriotas que pedían al menos una “changa” para llevar al puchero a casa y podría seguir con mucho y mucho más. Y lo más peligroso de todo es que el economista asesor de Lacalle no aclara cuál es el límite temporal del “antes del 2004”.

“El Uruguay de Dubra, el de los “buenos resultados” de antes del 2004, incluye también los récords de la mayor tasa de mortalidad infantil, de los niños y jóvenes en las esquinas rebuscándose la diaria”

Este  “optimista y positivo”  doctor en economía que siente orgullo de haber pisado los salones de Stanford y que en un verano obtuvo el título de “Summer School in Behavioral Economics” y que además se trata de un uruguayo que tiene tanta facilidad en ver las cosas buenas “cuando mira para atrás”, me provoca escalofríos cuando no estremecimiento al escuchar tanta sinceridad, ya que, cuando se refiere al pasado anterior al 2004, no sé si debo remontarme a “los beneficiosos comienzos” de la deuda externa uruguaya, allá cuando los gobiernos de su partido Nacional comenzaron a comprometer al Uruguay en el endeudamiento, el declive y la recesión. Ese pasado era el Uruguay de la alianza herrero-ruralista, de “Chicotazo”, de los tiempos de los conocidos hacendados aliados cuyos apellidos también se repiten en la historia presente como los Bordaberry; y mucho más me preocupa si tengo que interpretar “en ese ir para atrás dubraniano”, lo que puede pensar de lo que pasó entre esos tiempos y la noche negra que se vino.

Sepan ustedes comprenderme, no es que me haya vuelto un obseso pero me empeño en saber: cuando Juan Dubra se refiere al pasado ¿qué es lo que ve? ¿Qué cosa él advierte y percibe del pasado anterior al 2004 que debamos añorar los uruguayos? ¿Cuál es la parte linda y maravillosa de la historia que yo no logro considerar? Puede que mi relato de situaciones desagradables lo aburran o de pronto él está cansado de escuchar una y otra vez y otra también que los pobres, los marginados, que los peones rurales, que las trabajadoras domésticas, que los derechos del obrero de la construcción, que los consejos de salarios y dale que dale…

Admito que me cuesta un esfuerzo enorme, casi como una parte importante de mis partes pudendas, entender en este caso al otro,  ya que entender al patriciado no es fácil para alguien que no solo forma parte del la porción ampliamente mayoritaria del pueblo, que es hijo y nieto de trabajadores y descendiente de hombres que entre otras actividades ya labraban la tierra en el viejo continente.

Juan Dubra, el asesor económico del candidato mayoritario derechista Luis Lacalle, sin duda tiene una visión distinta, digamos que patricia, aristócrata y paqueta de la que tengo yo. Su  “positivismo”, el de “su” Uruguay, el de los entonces gobiernos blancos y colorados, es muy otra. Para él con Luis Lacalle presidente todo sería una maravilla. Además —y entre nosotros— el Uruguay de hoy, “el nuestro”, el de la mayoría, está bien gordito con su PBI de 50 mil millones de dólares. Digamos que es toda una tentación… Digamos que lo entiendo, y digamos que lo hago no porque arriesgue esa porción tan noble y púdica de mi cuerpo que pretendo preservar; lo entiendo por algo más sencillo: porque lo nuestro, lo que existe entre Dubra y yo es “una cuestión de clase”…

“Lo suyo fue un acto “sincero y convencido” de patrón y de derecha. Por eso me apena que no sea usted el que venga a debatir de la economía de la restauración ya que se salió “de la línea” porque dijo la verdad y su candidato al que asesora, Luis Lacalle, le soltó la mano”

Yo veo el pasado con otra mirada, porque para la gran mayoría de los uruguayos, “aquella” realidad no era “positiva”. Los uruguayos la estaban pasando mal y muy mal y lamento recordárselo, porque el 40% de los uruguayos estaban por debajo del nivel de pobreza y el 17% estaba desempleado. Le recuerdo además al economista que no había consejos de salarios, que no existía la ley de 8 horas del trabajador rural, que existían trabajadores de primera y de segunda, que campeaba la persecución sindical, que el derecho laboral era un saludo a la bandera, que el salario mínimo era minúsculo por no decir ínfimo, que la gran mayoría de los uruguayos no tenían cobertura en materia de salud, que los pobres para operarse de cataratas debían pagar dos mil dólares, que la economía del país estaba quebrada, que los padres ni soñaban que sus hijos iban a tener una tablet para cada uno, que los bancos habían sido fundidos y saqueados; eran los tiempos Röhm, Benhamou, y los Peirano, entre otros. Ese pasado, reciente (y no tanto) de antes del 2004 era cuando campeaba la impunidad y la caducidad de los violadores de derechos humanos. Todo esto ocurrió en el país de las dulces  añoranzas de usted, Juan Dubra.

Por último y sólo con afán de aclararle mi talante —porque usted y yo no nos conocemos—, le diré que yo no soy para nada un pesimista, soy de su misma generación, solo que se me antojó hacer un ejercicio de memoria, y le aclaro más: soy un hombre plenamente optimista en el presente y en el futuro, ya parto de un pasado próximo reciente que me enorgullece y que usted en cambio detesta y le duele.

Ahora sí me despido, pero permítame una apostilla más. Usted dijo que en próximos días estarían prontos para debatir con el progresismo y con la izquierda de economía; me parece bárbaro, era hora. Ahora bien, hay algo que sinceramente me apenaría y es que uno de los que salga a debatir no sea usted en persona, créame sería de mi mayor agrado y ¿sabe por qué? Porque usted es una persona sincera, dice lo que piensa como un hombre de derecha y le digo más, aunque a algunos buenos amigos del
mundo de la psicología se enojen, yo no creo en estos casos que lo suyo haya sido una acto fallido. Lo suyo fue un acto “sincero y convencido” de patrón y de derecha. Por eso me apena que no sea usted el que venga a debatir de la economía de la restauración ya que se salió “de la línea” porque dijo la verdad y su candidato al que asesora, Luis Lacalle, le soltó la mano además de desautorizarlo y negarlo, y lo mandó “a guardar”…

¡Ah! Mándele saludos a De Posadas y a Licandro; ellos sí lo van a contener.

 

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