Disputa con Perú por el origen de una danza andina que Bolivia también reivindica como propia

Al compás de bombos, platillos, matracas y trompetas, cientos de bailarines desfilaron este martes frente al palacio de gobierno de Bolivia para reivindicar la morenada, una danza folclórica andina de origen incierto, sobre la que se abrió una disputa al ser declarada patrimonio cultural por Perú la semana pasada.

Vestuarios repletos de lentejuelas y máscaras multicolores se conjugaron con el tronar de la percusión bajo el sol de mediodía que abrasaba la Plaza Murillo, en el casco histórico de La Paz.

La disputa en torno a esta danza surgida en la época colonial se reavivó luego de que este mes Perú la declarara como “patrimonio cultural de la nación” y como “una de las ’embajadoras’ de la cultura artística de Puno”, región fronteriza con Bolivia en la zona del Lago Titicaca.

El gobierno boliviano reaccionó con dureza a la medida adoptada por el país vecino. La ministra de Cultura, Sabina Orellana, informó en una conferencia de prensa que el Ministerio acudiría a la Unesco para “defender” esos ritmos que “son la identidad de todas y todos los bolivianos”.

El Ministerio de Cultura de Perú afirmó, sin embargo, que la declaratoria “no manifiesta o afirma el derecho de exclusividad, o de denominación de origen de la danza, o de algún personaje propio de nuestro origen altiplánico”.

Convocados por el gobierno de Luis Arce, decenas de conjuntos de morenada y caporales, otro baile típico en disputa, llegaron a la capital boliviana desde varios puntos del país para manifestar su descontento con la supuesta “apropiación” de la tradición por parte de Perú. 

Frente al Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano, las troupes de morenada deleitaron a los presentes –entre ellos, la ministra de Cultura, el ministro de Educación, Adrián Quelca, y el embajador italiano, Francesco Tafuri– con el característico bamboleo de izquierda a derecha y derecha a izquierda, lento y ordenado, desde los hombros hasta los pies.

La coreografía de ritmo cansino recuerda, según historiadores, el dolor y sufrimiento de los esclavos al llegar a América.

En Bolivia, la morenada es uno de los íconos del Carnaval de Oruro, celebrado cada año en el mes de febrero, e integra la fiesta religiosa Señor Jesús del Gran Poder de la ciudad de La Paz. Ambos fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

El presidente Arce dijo en Twitter que Bolivia “reivindica” las declaratorias de la Unesco de las dos festividades que “han encantado al planeta, pero sobre todo, han universalizado la cultura boliviana”.

Perú, en cambio, celebra cada febrero la Festividad de la Virgen de la Candelaria, donde la morenada es protagonista.

Prácticas andinas

Según la historiadora Julia Elena Fortún, esta danza surgió entre cofradías de esclavos negros que satirizaban a sus señores al bailar el minué, ritmo de origen francés popular entre las cortes europeas del siglo XVII. Reproducían esas “burlas” en festividades religiosas, bailando al son de una mezcla de instrumentos africanos y europeos.

Más tarde, integrantes de la nación indígena aimara adoptaron esta danza e incorporaron máscaras con rostros negros para mantener su esencia.

“Son danzas que trascienden las fronteras de los Estados nación”, aseguró el antropólogo boliviano Juan Fabbri. Son parte de “una cultura andina, de una filosofía andina, de unas prácticas andinas”, añadió.

Esta no es la primera vez que la región andina vive una disputa por el folclore. En 2009, Bolivia amenazó con acudir a la Corte Penal Internacional de La Haya luego de que la candidata peruana a Miss Universo desfilara en el concurso con el traje de la diablada, una danza común a los países del altiplano.

Además de la protesta, el encuentro en Plaza Murillo tuvo un cariz festivo: marcó el vigésimo aniversario de la declaratoria del Carnaval de Oruro como “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” por la Unesco.

“¡Jallalla, Bolivia!”, gritó alguien del público cuando la última autoridad terminó de hablar. En quechua y aimara, significa “¡Que viva!”.