Los próximos retos

Uruguay 

A pesar de los avances del Frente Amplio en materia de desarrollo, las consecuencias de la aplicación de políticas económicas de corte neoliberal aún persisten. El daño que estos gobiernos infligieron en la sociedad, principalmente en los sectores menos privilegiados, se siguen sintiendo ya que son muy difíciles de revertir en el corto plazo.

Foto: Frente Amplio

Julio Guillot- La República (Uruguay) 

Los efectos de la aplicación de políticas económicas de corte neoliberal no han desaparecido aún, a pesar de los esfuerzos desplegados por los gobiernos progresistas.

La dictadura primero, y los gobiernos democráticos pos dictadura después, condujeron al país al desmantelamiento del aparato productivo, a la reducción de las fuentes laborales, a la pérdida de poder adquisitivo del salario, al desempleo, a la deserción de niños y jóvenes del sistema educativo y al aumento de la delincuencia. Y eso, sin que se hubieran aplicado a rajatabla las recetas del fundamentalismo neoliberal como lo hizo Menem en los años noventa en Argentina.

Todos estos cambios en la infraestructura tuvieron sus efectos en la superestructura que llevaron a la ruptura del entramado social. El deterioro de las condiciones materiales se reflejó en profundos cambios culturales que implicaron una paulatina pérdida de valores que habían estado incorporados en la sociedad uruguaya toda, incluidos los sectores de menores recursos.

El Frente Amplio accedió al gobierno consciente de que la tarea que le aguardaba era un hierro candente. Apenas instalado en la Presidencia, el doctor Tabaré Vázquez desarrolló políticas sociales cuyos resultados auspiciosos fueron visibles al poco tiempo; pero el daño infligido a la sociedad —y fundamentalmente a los sectores menos privilegiados— es muy difícil de revertir en el corto plazo. Ha habido, es cierto, un descenso exponencial del desempleo a la vez que un aumento sustancial del salario real, pero no ha sido posible terminar con la marginalidad. En este contexto se ubican los tristemente famosos “ni-ni”, esos jóvenes que ni trabajan ni estudian y cuyo futuro de fracaso social no es difícil adivinar.

“Apenas instalado en la Presidencia, el doctor Tabaré Vázquez desarrolló políticas sociales cuyos resultados auspiciosos fueron visibles al poco tiempo; pero el daño infligido a la sociedad —y fundamentalmente a los sectores menos privilegiados— es muy difícil de revertir en el corto plazo”

A esta realidad de fractura social hay que agregar factores culturales que inciden negativamente en la escala de valores. Basta ver el contenido de la mayoría de los programas televisivos que se emiten por los canales de aire privados, que ensalzan el individualismo, los comportamientos violentos, el éxito fácil para el cual no se necesita cursar estudios formales; las gurisas sueñan con ser modelos de pasarela o bailarinas de caño, mientras los varones se ven jugando al fútbol en Europa o liderando una banda de narcotraficantes. Es el resultado de la competencia desleal que sufre el sistema educativo de parte de los medios privados y de paradigmas aceptados. De alguna manera, esos niños y jóvenes al margen del sistema educativo formal están recibiendo una cierta formación, exactamente opuesta a las metas y valores que persigue la educación diseñada desde el Estado.

Los gobiernos de izquierda han desarrollado planes para reinsertar a esos jóvenes en la sociedad, tanto en el sistema educativo como en el mundo del trabajo.

Todavía falta, es cierto, pero los gobiernos frentistas han actuado para rescatar a los ni-ni mediante acciones de inclusión y justicia social. Terminar con la marginalidad es uno de los grandes desafíos para el tercer gobierno del FA.

 

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