El Círculo Rojo y la delgada Línea Roja

Argentina
Roberto Mero

Como en el Infierno del Dante, el régimen macrista juega a la teoría de los círculos. Pero pierde la iniciativa política que creyeron retomar con la cumbia y la liberación del cepo, y con las primeras balas contra los trabajadores despidos de las empresas del Estado. Ninguna de las vociferaciones periodísticas y ministeriales ha servido para desarticular la movilización popular.

Mauricio Macri - Foto: Presidencia

Roberto Mero – Latinoamérica Piensa

¿Cuál es el común denominador de hechos aparentemente aislados como cerrarle a Sabbatella la puerta del AFSCA en las narices, rifar el ARSAT a una empresa francesa y declarar «grasas y ñoquis» a los funcionarios públicos etiquetados como militantes? La respuesta es una: el régimen macrista no logra instalar la institucionalidad necesaria y le habla a su frente interno, para acariciarlo allí donde es más sensible y reactivo. Es decir, en el odio contra el movimiento popular, el Estado y la Constitución. Macri y sus cómplices juegan a la teoría de los círculos, como aquella del Infierno de Dante. El nudo central, esa base social macrista que está haciendo los parabienes de la hotelería brasileña, uruguaya o de Miami, no va mas allá del 5% de la población y de ninguna manera le garantiza a Macri la fuerza de choque necesaria para salvar el pellejo en las próximas semanas. Los «convencidos» y beneficiados no necesitan que les expliquen lo que han ganado en un mes de desgobierno y caos bendecido por el Círculo Rojo. El segundo circulo macrista, el del clasemediero que forma parte del 10% de los habitantes, no tardará en recibir como garúa pegajosa la lista de facturas post-verano con un aumento de entre el 300 y el 500% en los insumos de base. Esto vaciará parte de sus ahorros sin que un aumento salarial se vea en el horizonte y menos aún una compensación por la inflación galopante. El tercer círculo, que voto Cambiemos como si se tratase de la elección de Miss Echenagucia, ya está en el horno del recorte y sus ahorros no durará más allá de marzo. ¿Alrededor del 20% de los habitantes activos? La fuerza de choque comunicacional del macrismo no basta para que ese último sector no cruce la delgada línea roja del repudio. Macri juega a fondo con ese secreto infamante del desprecio al pueblo, que fue y es el común denominador de la ideología del globo amarillo. Pero el desprecio no llena la heladera, no refresca la pieza ni paga las cervecitas que el mediopelo contaminado no podrá tomarse bajo el toldo del bar de la esquina. La innecesaria algarada de Prat Gay es el manotazo de ahogado, Clarín que convoca a la tropa diluida, tamborcito que entretiene el odio como único bofe para tirarle a cientos de miles de víctimas de un jueguito donde ellos mismos han sido los verdugos.

Los cómo, los cuándo y los dónde del estallido

Un breve aunque siempre indigesto repaso por los sitios macristas, sus tweets y fotitos, permiten entrever lo que Clarín ha perdido y sus esbirros ya no saben cómo maquillar: la iniciativa política que creyeron retomar con la cumbia y la liberación del cepo, las primeras balas contra los choripaneros y los despidos en masa en las empresas del Estado. Ninguna de las vociferaciones periodísticas y ministeriales ha servido para desarticular la movilización. Poco o nada han logrado los Urturbey y los Massa, la tibia dejadez de algunos capitostes del PJ y el esperable chupaculismo de un puñado de intendentes «perro-nistas», barones del conurbano. La chapa de plomo contra los comunicadores populares tampoco ha desvencijado un mecanismo de militancia que el macrismo había cometido el error de considerar como prebenda de tetrabriks y sanguches tenebrosos. Videla tuvo el acierto de vender a un puñado de politiqueros el ruego de la espera y la posible amenaza de un «golpe dentro del golpe» proyectado por Menéndez o Massera. Menem tuvo la muñeca de convocar a los gordos de la CGT para coimearlos con las privatizaciones amparadas por el plan Bunge y Born. De la Rúa gozó en sus primeras horas de aquel alivio del fin del menemato y la complacencia depresiva de Chacho Álvarez. Macri no cuenta con ninguna de esos escalones, soga de náufrago, salvavidas oportuno. La línea interna de los vendedores puerta a puerta del radicalismo es raquítica para gobernar. La tropa propia corre el riesgo de quedarse en casita y la otra tropa, que papito Franco y sus asociados tanto usaron en el «tiempo lindo», tampoco aparece como garantía. Pruebas al canto: la volatilización de los perros de presa en La Plata, valientes ante un puñado de manifestantes pero evaporados cuando se trataron de miles. La cómoda posición del régimen ha cambiado como sudestada y cambia cada día sin poder dar por «resolvido» el problema fundamental con el que se enfrenta: como hacer que el pueblo argentino desaparezca del mapa, que se borre, que se calle, que se rinda.

La feroz ligereza del vacío

Como alguna vez afirmó un pensador metafísico de Zimbabwe: «los ricos no piden permiso». Triste debe ser para el soldadito macrista de base el constatar que más allá de palabras, «su gobierno» carece de los medios financieros para pagar su sumisión reciente a la prédica electoralera de Durán Barba. Ese sacerdote del capitalismo caótico que es Prat Gay no sólo es incapaz de encontrar los rollos de dólares prometidos otrora sino que se limita a prometer camiones de un dinero que no tiene, que difícilmente conseguirá. O que, en todo caso, no le servirá al macrista ensoberbecido para explicarle a la hija o a la mujer que el aire acondicionado tronará desde ahora mudo e impotente ante la ola de calor inclaudicable. Ganar elecciones riéndose de los negros y desdentados fue posible, pero llenar la heladera es más arduo. Lejos de complacer nuestra esperanza, esta ferocidad del que votó con ligereza a los ricos para creerse que él también lo era, puede transformarse en el caldo de cultivo de un lumpenaje desesperado de clasemedieros que la historia recuerda con el nombre de fascistas. ¿Pueden? ¿Podrán? Aunque quien esto escribe crea que no, esa y no otro es el objetivo de la banda presidencial y de sus secuaces. Seguir golpeando contra los «kukas», agitar la amenaza de una revuelta K para justificar el exterminio, perorar sobre la culpa de «los de antes» para cubrir los desmanes de “los de ahora». La animalización del adversario es el primer arma de los déspotas. Y aquí viene a mí el recuerdo de aquel film nazi ampliamente difundido en el París de la Ocupación, mostrando a los judíos sucios y voraces como ratas. Viene a mí aquella imagen de Himmler sonriendo ante sus oficiales, poco antes de echar gas contra las cucarachas (el Zyklon B) para «exterminar esas larvas de prisioneros soviéticos», cobayos de los métodos que luego se utilizarían en Auschwitz, Bergen-Belsen, Treblinka. Nombrar es una forma también de apropiarse de la realidad del mundo. Prat Gay acaba de hacerlo. Atildado, casi elegante, despiadado en un enunciado que en otros lugares del mundo le valdría una denuncia por apología de la violencia y el crimen. Por el momento, y sólo por el momento, ese aparente vacío de ideas no tendrá quien le responda. En Núremberg sí. Y fue la horca.

Sabbatella, papelones y el cuento de la buena pipa

La historia recuerda aún a Alphonse Baudin, aquel diputado francés que al oponerse al golpe de Estado de Louis Bonaparte, murió acribillado en una barricada por la tropa del Príncipe-Presidente pronunciando una frase memorable, dirigida a quienes no creían en su heroísmo: «Ustedes van a ver lo que es morir por un sueldo de 25 francos». Aquello fue en París, en diciembre de 1851. Salvando el tiempo y las
distancias, la imagen de Martín Sabbatella poniendo la cara ante los locales usurpados del AFSCA no deja de recordarme aquel hecho doloroso que jamás deja de repetirse: el coraje ante la opresión, Hebe y las Madres ante la caballería, aquel pibe de rodillas poniéndose en cruz en medio de los gases. En la puerta del AFSCA aún no los hubo, pero nadie podrá decir hasta cuando. Algunos equivocados compararon a Sabbatella con un animador de picnics primaverales por su ardiente arenga en las playas de Villa Gesell. Muchos recordaremos su tartamudez ante la inquina de Morales Solá, que debió ser sobrepuesta por la intervención de Aníbal Fernández en los tiempos pretéritos de la campaña electoral. Sin el aura de los iluminados pero con el desparpajo de los temerarios, Sabbatella pasea su metro y 64 centímetros con la osadía de quien ha decidido plantarse ante Goliat. No para cagarlo de un cascotazo sino para reducirlo al ridículo, contándole el cuento de la buena pipa, tratándolo de papelonero, humillándolo desde un discurso de moral y democracia cuando lo que se tiene delante es a un doberman bañado en after shave. Paso y repaso esa imagen y sé que un día cercano el cuento de la buena pipa cesará, que Sabatella volverá a la gestión, al orden y a hacer lo que sabe hacer, que es política. Por el momento queda en el aire, como flotando en la magia que supera la mugre, una especie de energúmeno que nos representa en esto de hacer frente al despotismo con el arma implacable de la razón.

*Periodista y escritor argentino en París, Francia.