Ojos que no ven

Uruguay 

Las primeras declaraciones del Partido Nacional luego de la derrota electoral estuvieron dotadas de una dialéctica reduccionista con críticas a las “políticas asistencialistas” del oficialismo. La autocrítica no parece ser una virtud de los representantes del PN que, sumidos en la soberbia, apelaron al “desencanto político” de los uruguayos para explicar la victoria del Frente Amplio. 

Luis Lacalle Pou, ex candidato presidencial del PN- Foto: univisionkansasHugo Acevedo- La República (Uruguay)

El vocablo soberbia, que tiene variadas acepciones cargadas de subjetividad, suele asociarse a personas que se ufanan de su supuesta superioridad material, cultural o intelectual y trasuntan una suerte de desprecio por el otro.

Esta es una decadente postura clasista, que abreva de la mediocridad, de arraigados privilegios sociales y de la “insoportable levedad del ser”, tal cual lo proclamó el escritor checo Milan Kundera en su memorable novela homónima.

En materia política, la soberbia es en realidad la madre del fracaso y de la más amarga frustración, cuando no se decodifica adecuadamente la realidad.

Tal el caso del Partido Nacional, que luego de las dos contundentes derrotas consecutivas del 26 de octubre y el 30 de noviembre, no parece haber reaccionado a la altura de las circunstancias.

Si bien los adversos resultados electorales aun no han sido evaluados orgánicamente por la colectividad, algunos referentes blancos reflexionaron en voz alta sobre las eventuales causas del estrepitoso fracaso.

Las primeras conclusiones –absolutamente despojadas de autocrítica- son francamente decepcionantes, en tanto revelan una mixtura entre el desencanto y el análisis meramente epidérmico de la coyuntura política.

Esa dialéctica reduccionista es la que signó la propia campaña electoral de la oposición y particularmente del Partido Nacional, cuyas propuestas jamás estuvieron en sintonía con los intereses de la mayoría de la población.

En ese contexto, se insiste en atribuir la alta votación del Frente Amplio únicamente al afecto bolsillo devenido de las mejoras económicas, presuntamente originadas por una coyuntura internacional favorable.

Evidentemente, no admiten que el tan mentado “viento de cola” se transformó en una mera brisa hace ya cinco años, cuando el mundo desarrollado comenzó a ser azotado por una devastadora crisis de larga duración.

algunos referentes blancos reflexionaron en voz alta sobre las eventuales causas del estrepitoso fracaso.

” Las primeras conclusiones –absolutamente despojadas de autocrítica- son francamente decepcionantes, en tanto revelan una mixtura entre el desencanto y el análisis meramente epidérmico de la coyuntura política. Esa dialéctica reduccionista es la que signó la propia campaña electoral de la oposición y particularmente del Partido Nacional “

También acusan al gobierno de captar la masiva adhesión de los sectores más vulnerables mediante prácticas asistencialistas, en clara alusión a las políticas aplicadas para enfrentar la emergencia social provocada por las ruinosas recetas neoliberales implantadas por la derecha.

Resulta insólito que se afirme que hay “un cambio cultural negativo en las personas” y que “se han relativizado los valores y la importancia de la educación”.

“Se fue hacia un paternalismo y dependencia del Estado. Aquello de la cultura del esfuerzo y el trabajo se ha ido perdiendo. El Frente Amplio ha ido capitalizado eso”, afirmó Ana Lía Piñeyrúa.

Por supuesto, no entendieron nada. La que subvirtió los valores fue la propia derecha, que sumió a la educación en una dramática asfixia presupuestal y pulverizó el mercado de trabajo, con altas tasas de desocupación, informalidad y precarización laboral.

El único atisbo de racionalidad entre tanta miopía es el reconocimiento de la falta de inserción del Partido Nacional en los sindicatos, que fue admitida por la senadora electa Verónica Alonso.

Lo que no comprende la legisladora es que para captar la masiva adhesión de los trabajadores, el nacionalismo debería abjurar de su arraigado compromiso de clase con la alta burguesía y el empresariado corporativo, lo cual no parece factible en un partido de genética patricia.

No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír.

Mientras no desciendan de su Olimpo, estarán inexorablemente condenados al fracaso.

 

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