La crisis y la batalla cultural

Chile

Es probable que la crisis de credibilidad política social también se refleje en las expresiones artísticas. ¿Tendrá la coyuntura actual su correlato en las distintas disciplinas del arte? Algunos artistas reflexionan sobre la batalla cultural, simbólica, filosófica y política. ¿Puede el arte convertir estas circunstancias en modos de pensar y sentir con potencial transformador?

Parte de la colección de la obra "Enemigos" del artista brasilero Gil Vicente

Marco Fajardo-  El Mostrador (Chile)

Tras los múltiples casos políticos que han golpeado a la Nueva Mayoría y a la derecha provocando crisis de legitimidad y credibilidad transversales, el mundo de la cultura debate sobre si parte de todo esto quedará registrado bajo una expresión artística. Así es como surge la idea de Enrique Correa como personaje de una película que retrate a un lobista, los memes como reacción artística más inmediata y los fondos concursables como filtros artísticos de parte de varios creadores consultados en relación a la crisis política actual que enfrenta el país.

Tras los caso Caval, Penta, SQM, SII y Corpesca, el gobierno de Michelle Bachelet y también la oposición de derecha sufren un grave problema de legitimidad, con duros cuestionamientos en medio del peor momento político desde el retorno de la democracia. Los políticos han hablado en los medios y la gente ha dado su sentencia en las encuestas, ¿pero qué piensan los artistas y críticos al respecto?

La escritora Diamela Eltit, el dramaturgo Egon Wolff, el crítico y artista visual Pablo Chiuminatto, el musicólogo Juan Pablo González y el académico y el experto en cine Carlos Ossa enfrentaron preguntas como la posible reacción de la cultura frente a los hechos de corrupción y la responsabilidad (o no) del artista para enfrentar estos temas, mientras sorprendentemente coinciden en que no creen que haya un cambio de paradigma a partir de la crisis.

” ‘El arte se deja instrumentalizar pero solo por momentos, es incontrolable. La crisis actual debiera poner en crisis los supuestos de un grupo que por décadas supone hablar desde la virtud, eso quizás puede manifestarse, quizás no, la fuerza de la negación es tan grande como la de la verdad’ “

“A veces el arte está dialogando con un ayer y un mañana más extenso”, señala Chiuminatto. “El arte se deja instrumentalizar pero solo por momentos, es incontrolable. La crisis actual debiera poner en crisis los supuestos de un grupo que por décadas supone hablar desde la virtud, eso quizás puede manifestarse, quizás no, la fuerza de la negación es tan grande como la de la verdad”.

¿De qué hablamos cuando hablamos de crisis?

¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de crisis? Para Wolff (Santiago, 1926), Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile 2013, por ejemplo, esta ni siquiera se circunscribe meramente a lo político, “sino a lo metafísico, ya que abarca espacios y sentidos muchísimos más amplios”. Apunta a que hay una desorientación general, en muchos aspectos.

“Hay periodos en que la mente y el alma del hombre se desperfila y desorienta, cuando los hechos que suceden atentan contra la credibilidad y la confianza de las personas, cuando el sustrato por el cual el ser humano afirma sus ideas se desploma en una confusión general como está sucediendo hoy”, expresa. “Un momento como éste es el que está sucediendo en el Chile de hoy. ¿Razones? Muchas. La multiplicidad de las impresiones contradictorias, disparada día a día sobre el ser humano, en un mundo sobrepoblado, en todos los sentidos, no lo dejan pensar y sentir ordenadamente”.

“’ Hay periodos en que la mente y el alma del hombre se desperfila y desorienta, cuando los hechos que suceden atentan contra la credibilidad y la confianza de las personas, cuando el sustrato por el cual el ser humano afirma sus ideas se desploma en una confusión general como está sucediendo hoy’ ”

Para otros como Ossa, la situación reinante se relaciona “con el agotamiento de ciertas prácticas de consenso que sirvieron para neutralizar el espacio público crítico y desmovilizar procesos sociales capaces de presionar por mayor democratización, el resultado es un collage de fenómenos difíciles de analizar en el corto plazo”.

“El asunto es, ¿qué está en crisis? ¿La política, los medios, la elite o la sociedad? ¿Todos juntos pero en grado y valor diferentes? El arte chileno, sin por ello afirmar ningún nacionalismo rancio, no es un campo homogéneo y en él también se van a expresar las tensiones entre lo utópico y lo abyecto”, afirma este académico de la Universidad de Chile.

Eltit, varias veces candidato al Premio Nacional de Literatura, prefiere hablar de la situación  actual como “el resultado monetario de una ya larga colusión entre las empresas y sus intereses y particularmente un número no menor de parlamentarios, que no sólo representan y favorecen económicamente a los grupos de poder sino además reciben beneficios adicionales por sus actuaciones legislativas a favor de los grandes grupos”.

“En el marco de ciertas reformas que buscaba el gobierno de Bachelet -ninguna de ellas verdaderamente radical- estallaron las maquinarias dedicadas al lucro y se vio cómo operaba la cooptación económica cruzando fronteras ideológicas para vender sus influencias y conseguir las necesarias sumisiones al capital”, agrega.

Enrique Correa como protagonista

Para la escritora lo importante sería cómo reacciona el mundo de la cultura ante los problemas en curso.

“La situación actual y su trama sería interesante para el cine, por ejemplo, un film acerca de la figuras del lobista como un paradigma de la oscuridad siniestra que porta la trama neoliberal”, reflexiona.

“Para señalar un ejemplo entre varios lobistas, se puede pensar en el miembro de la Fundación Salvador Allende, Enrique Correa, y su asociación nada menos que con el yerno de Pinochet y saqueador de bienes públicos, Ponce Lerou y sus  expansivas y explosivas redes con la centro izquierda”, dice. “O esta figura -Correa- ultra simbólica asesorando al grupo Penta y su alucinante fraude al fisco”.

” Ahora bien, la coyuntura actual es difícil que tenga un correlato cancionístico inmediato. Es el humor y las redes sociales las que se está haciendo cargo de la sátira, como forma de crítica, de modo que la canción parece andar más lento “

“Para qué seguir porque él está allí, al acecho con su empresa como un cuervo maquínico trabajando de una manera simplota para Dios y para el Diablo con una precisa simetría para aniquilar cualquier atisbo de fronteras. Una especie de Drácula chileno -sin su poética- que se va directo a la yugular para meter a medio mundo en su saco y tener todo el poder que le da la noche más oscura”, sentencia.

Memes y música

Al menos en la música, las obras podrían venir con rapidez, porque ya hay rodaje. Para González, director del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, “hace tiempo que la canción popular se refiere a la crisis política”.

“El rap lo ha hecho de manera sistemática estos últimos años”, explica. “Ahora bien, la coyuntura actual es difícil que tenga un correlato cancionístico inmediato. Es el humor y las redes sociales las que se está haciendo cargo de la sátira, como forma de crítica, de modo que la canción parece andar más lento. Además la idea de canciones contingentes de comienzos de los años setenta parece sucumbir frente al humor contingente y la rapidez de las redes y sus MEMEs, por ejemplo”.

“Quizás sea ‘Renca, París y Liendres’, de Miguel Farías,
la ópera que más se refiere a la sociedad chilena actual”, expresa. “De hecho, este compositor junto al sociólogo Alberto Mayol preparan una nueva ópera referida a la actualidad mundial, donde finalmente la actualidad política nacional aparecerá en escena”.

El deber del artista

Por otro lado surge una pregunta inevitable: ¿acaso la crisis como tema es un deber obligatorio para el artista?

“La responsabilidad del artista linda con la libertad”, asegura Chiuminatto, pintor y académico de la Universidad Católica. “Es siempre fácil juzgar al otro y caracterizarlo de ideológico o alienado”.

” ‘Es posible que los artistas asuman un discurso político concreto, lo que se ha llamado ‘arte comprometido’; no obstante, luego de mi experiencia de tres décadas en el contexto del arte, pienso que es casi más valioso si logramos plasmar el compromiso en la cotidianeidad’ “

Él no cree que la responsabilidad pase por una tematización en la obra misma. “Es posible que los artistas asuman un discurso político concreto, lo que se ha llamado ‘arte comprometido’; no obstante, luego de mi experiencia de tres décadas en el contexto del arte, pienso que es casi más valioso si logramos plasmar el compromiso en la cotidianeidad y en la participación civil. Si no están en coherencia, si no hay un reflejo, se vuelve una cuestión formal vacía e incluso, a veces, simplemente oportunista. Porque si no logra una presencia en el espacio público casi inmediato no logrará integrarse a la discusión; corre el peligro de llegar tarde”.

“Creo sinceramente que cada artista debe producir lo que estime conveniente y su responsabilidad es, precisamente, con los niveles estéticos de su producción”, afirma por su parte Eltit. “Pero claro, yo pienso que todos los materiales son políticos y aún la negación total de lo político y el rechazo a cualquier toma de posición es también un hecho político que se puede leer con facilidad”.

Para González, en cambio, los artistas debieran abordar este tema pero no necesariamente desde su producción simbólica. “Lo pueden hacer también desde su discurso, sus opciones y actitudes”.

Aún así, el musicólogo aventura que eventualmente los artistas constituyan una reserva moral para la sociedad actual ante la crisis de la política y la iglesia, “de modo que su responsabilidad es mayor”.

“Sin embargo, para un artista es difícil anteponer una agenda colectiva a su agenda individual en cuanto creador”, añade. “Sus intereses y necesidades como artistas son muy poderosos y la idea de ponerse al servicio de intereses y necesidades externas, por muy loables que sean, no siempre resuenan en ellos a no ser que coincidan con los propios”.

” ‘El arte -es una definición provisoria y sin ánimo de verdad- puede considerarse un territorio de conflicto -de estilos, concepciones, representación, etc.- y en ese plano es muy político porque está poniendo en discusión la construcción simbólica del orden -tanto del propio como del social’ ”

Wolff refuerza esta idea de que el artista en principio no trabaja por encargo, al menos no en principio. “El arte tiene la función de permitir al ser humano a tener contacto con su interior emocional y racional, ignoto para él a veces y mucho más para lo que él proyecta sobre los demás”, señala.

“Si el conflicto actual se circunscribe a lo político, el artista sólo podrá referirse a ello indirectamente con las herramientas de su oficio”, asegura. “En el hecho siempre ha sido así. Al artista le conmueve todo lo que le sucede al hombre para hacerlo infeliz. Éste es su terreno ideal, ahí campea. Lo político no es más que uno de sus aconteceres. Por eso para estar como estamos, confusos, alterados y acontecidos, el artista tiene la responsabilidad de entregarse a ello en cuerpo y alma. Es su función ideal, para eso está”.

“¿Existe una relación entre ética y estética? Al respecto las posiciones son divergentes, pues la obligación de dar valor a un horizonte social es algo que todos deberían asumir, ¿por qué no se pregunta esto a ingenieros, abogados o economistas? ¿Ellos están libres de responsabilidad cuando han sido los principales artífices de este modelo y sus consecuencias?”, se pregunta Ossa.

“El arte -es una definición provisoria y sin ánimo de verdad- puede considerarse un territorio de conflicto -de estilos, concepciones, representación, etc.- y en ese plano es muy político porque está poniendo en discusión la construcción simbólica del orden -tanto del propio como del social”, señala. “Hoy conviven en nuestro país -y soy muy esquemático en así decirlo- dos visiones una estética administrativa y una crítica a las instituciones. En torno a esto dispersión y homogeneidad”.

La cultura en disputa

Como se ve, la cultura también es un campo en disputa… y el poder se lo hará sentir. “Pronto el discurso sobre la democracia, la integridad, el papel de las instituciones harán el trabajo de normalización”, advierte Ossa. “Este es el punto, ¿en qué medida el arte contribuye a la normalización de las anomalías? ¿Qué peso social tiene para instalar una mirada? Una parte importante de la producción artística depende de fondos concursables y eso filtra el discurso y su alcance”.

“ ‘El arte va a trabajar sus propias limitaciones epocales y en su interior es deseable que aparezcan obras que discutan el sentido del presente y pueden convertir estas circunstancias en modos de pensar y sentir con potencial crítico y transformador ‘ “

“Las relaciones entre arte y política dependen de una política cultural que ha definido los contornos del presente y también los límites de lo decible”, dice. “El arte va a trabajar sus propias limitaciones epocales y en su interior es deseable que aparezcan obras que discutan el sentido del presente y pueden convertir estas circunstancias en modos de pensar y sentir con potencial crítico y transformador. La estética se ha convertido en el asilo de la cultura neoconservadora y ese espacio es de disputa”.

“Es muy difícil predecir el comportamiento de las artes ante los acontecimientos políticos, especialmente las crisis. Vivimos en ellas, nunca se sale completamente”, resume Chiuminatto. “A veces pensamos que porque los hechos están en la prensa son asimilados inmediatamente por la cultura. No pienso que sea así. Basta ver, por ejemplo, cómo en estas últimas décadas, desde la mirada internacional, la producción cultural chilena supone una perspectiva exclusivamente centrada en los discursos relacionados con el trauma de la dictadura, los derechos humanos y las víctimas. Sin embargo, Chile, su producción cultural, es mucho más que eso. Pero para el contexto internacional ese es el ‘registro vocal’ de Chile, si tratas de presentar otro, no es apreciado”.

“Sólo el tiempo permitirá comprender el valor de la crisis actual, sobre todo, no es fácil tomar consciencia del momento en que se asume el discurso del monopolio de la virtud: ellos son los malos, nosotros los buenos”, concluye. 

 

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