Seis cuentos de Guzmán

Chile

El nuevo libro de Jorge Guzmán, Cuerpos, contiene seis cuentos cuyos narradores son hombres y mujeres. Presenta, de esta forma, distintas voces y estilos narrativos. Son personajes guiados por sus deseos. El autor, que se destaca por su densidad, hace de estos relatos un texto más claro y accesible. Una breve mención de cada historia invita también al deseo, pero del lector.

El Mostrador

Galo Ghigliotto – El Mostrador (Chile)

Lo primero que resuena en la cabeza al internarse en las páginas de Cuerpos (Santiago: LOM Ediciones, 2014), último libro de cuentos de Jorge Guzmán (1930), es la idea de la experiencia: reverbera como un mantra a medida que se avanza en la lectura, porque quien lee es capaz de comprobar de qué manera el autor ha puesto en práctica su amplio bagaje de técnicas narrativas, producto de un dilatado ensayo a lo largo de su obra en cuanto a estructuras, voces, perspectivas, etcétera. Jorge Guzmán ha desarrollado una obra interesantísima en novelística, ensayo y cuento, publicada dentro y fuera de Chile, repasando en varios de sus libros la historia de nuestro país y enlazando, a través de la representación, los hechos del presente con el pasado más remoto y vice versa. En Ay mama Inés (1993), por ejemplo, esboza el mito fundacional de Chile usando como personajes a Inés de Suárez, Pedro de Valdivia y Lautaro, constituyendo sin duda una de las obras basales de la literatura chilena no sólo por la temática desarrollada y la captura de un espíritu nacional transversal a las épocas, sino por la elaboración de la trama y su lenguaje. Sin embargo, poco se ha leído este libro y parece estar lejos de pasar a ser lectura obligatoria en la enseñanza básica y media, lo cual ya no es sorprendente en un país como el nuestro. Como sea, la insuficiente difusión de la obra de Guzmán no resta mérito a su trabajo, sino todo lo contrario: lo anuncia como un mito literario viviente.

En los cuentos de Cuerpos, la experiencia del creador no resuena solamente en la calidad literaria. Los textos parecen estar escritos por alguien “que viene de vuelta”, colmado de vida, experto en amores y decepciones, en causas políticas y sus desilusiones; así parece, porque el autor es capaz de proyectar una amplia gama de matices en sus personajes e historias. Algunas de estas biografías aparecen deshilachadas por la distancia entre sus hitos (el primer amor y la viudez, por ejemplo), pero siempre bien enlazadas y apegadas al tema central de este conjunto de relatos: el deseo.

“Guzmán nos enseña que posee la maestría necesaria para ocultar una trama cualquiera bajo una campana de cristal o, dicho de otro modo, nos enseña que la claridad no significa obviedad, ni tampoco la complejidad es un requisito indispensable para la buena literatura”

Se trata de seis cuentos cuyos narradores son hombres y mujeres, presentando distintas voces y estructuras entre ellos. Ya en el primer cuento, “Hotel de lujo”, el narrador usa las tres personas gramaticales para contarnos la historia de una viuda que se resiste a aceptar la propuesta de un hombre que la corteja; un narrador nos sitúa en la escena, luego la amiga que llama a la protagonista nos entrega un poco más de contexto y finalmente la protagonista en persona nos cuenta sus tribulaciones, desatando así una narración hilarante a ratos y siempre magnética. En “Mermelada de damasco” o “Hilo de vidrio” aparece el deseo en la etapa adolescente desde la voz femenina y masculina, compartiendo una conexión a fetiches lejanos o poco evidentes y esa condición de la pubertad del placer oculto, secreto, algo turbio, que cumple con la premisa delineada en uno de los cuentos: “la historia nunca quedó muy clara”. En “La alegría ya viene” el guiño político subyacente en los relatos anteriores explota hacia un ejercicio de representación algo más explícito cuando relaciona la vida sexual de una pareja con el entusiasmo de un logro político y sus resultados, pero sin variar en un ápice el interés de su lectura. “Fuente de soda” parece una historia sacada del chacotero sentimental, en cuanto conserva una frescura de anécdota pero, sobre todo, dibuja un desenlace difícil de anticipar y transmite con éxito una emoción compleja a nivel narrativo, una mezcla de vergüenza/arrepentimiento/aceptación por parte de su protagonista. Como cierre, “Las faldas de Cecilia”, quizás el cuento mejor logrado del conjunto, narra la historia de un profesor de matemáticas que piensa a la izquierda de estos días –incluyendo un guiño “publicitario” a Las letras del horror de Manuel Salazar– y se obsesiona con una estudiante que no sólo tiene lindas piernas, sino también carácter fuerte y un cargo relevante en el centro de alumnos de su universidad.

Si bien la obra de Jorge Guzmán se caracteriza por su densidad, este libro de cuentos es más claro y accesible, distanciándose en ese sentido de novelas como Job-Boj o Ay mama Inés. De esa forma, Guzmán nos enseña que posee la maestría necesaria para ocultar una trama cualquiera bajo una campana de cristal o, dicho de otro modo, nos enseña que la claridad no significa obviedad, ni tampoco la complejidad es un requisito indispensable para la buena literatura.

 

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