Cuba huele a azúcar

El ingenio Central Uruguay es uno de los de mayor producción de azúcar de Cuba. Allí llegan los carros para desembarcar la caña y las cuchillas la rompen para facilitar la extracción del jugo, que se realiza en seis molinos. Así comienza el proceso, que requerirá luego colocar el zumo a altas temperaturas, darle un baño de cal y sacar melaza. El antropólogo y arqueólogo cubano Fernando Ortiz había definido esas instalaciones como “un enorme organismo sacarífero”. 

 Gisselle Morales – Cubadebate (Cuba)

Considerado entre los de mayor capacidad en Cuba, el central Uruguay, empotrado en el centro mismo de Jatibonico, asusta. Basta con acercarse, casco en mano, para que aflore esa mística sensación de estar irremediablemente sumergida en los dominios del azúcar, ya superados para siempre los tiempos de la esclavitud y los trapiches.

Los carros que “desembarcan” la caña, la estera que la transporta hasta el primer juego de cuchillas, el chirrear de las hojas filosas que la “rompen” para facilitar luego la extracción del jugo en los seis molinos… Cada detalle del proceso va quedando en agenda ante la mirada atónita del técnico devenido guía turístico y que mientras escribo pone cara de quien piensa: “Lo que me faltaba. Una muchachita inexperta es lo que manda la prensa a visitar el central. A este paso, no terminamos nunca”.

Pero la tarde me alcanza para meter las narices en la desmenuzadora, tratando de comprobar si es cierto que en esas tres mazas se extrae el 60 por ciento del zumo de la caña; para que vea después cómo se calienta ese jugo hasta 105 grados Celsius antes de darle un buen baño de cal y salir de los clarificadores transfigurado en melaza.

Para quienes han laborado siempre allí, entre válvulas humeantes, calderas y filtros, la magia del ingenio se aquilata por los turnos que pasan frente a las máquinas.

“Haces una encuesta y segurito que todos prefieren trabajar de madrugada”, comenta un operador de evaporadores, y con la experiencia que dan los años malogra mi teoría de cuán extenuante resulta pasar la noche en vela.

“No dejo de pensar en la extraña fascinación que aún suscita el central, calificado por el sabio cubano don Fernando Ortiz como “un enorme organismo sacarífero” y donde se cuece todavía la idiosincrasia de esta isla””

Indago una y otra vez, pero los hombres del Uruguay parecen estar inmunizados contra el cansancio: “Estos bichos son automáticos, periodista, no tenemos que matarnos. Uno se agota lo normal”, añade el jefe de una brigada casi en los límites del proceso.

Es entonces cuando me acerca al borde de una de sus centrífugas, que ya han comenzado a girar, y se aparta para dejarme a solas con el deslumbramiento: por fin los granos, limpios de mieles e impurezas, pardos y aún calientes.

Los veo despegarse y caigo en una cuenta elemental. Miles de toneladas de gramínea habrán de transitar el mismo trecho, si es que el Uruguay pretende acercarse al plan de azúcar programado para la presente contienda.

Una vez fuera, con la mole impresionante a mis espaldas y la agenda salpicada de melaza, disfruto como nunca el haber nacido bajo la tiranía del tiempo muerto, los pitazos inoportunos del tren, el sueño afiebrado del guarapo después de almuerzo; ya hasta creo escuchar a mi abuela enrolada en su batalla campal contra el bagacillo.

Y mientras dejo atrás las dos torres enhiestas del Uruguay, no dejo de pensar en la extraña fascinación que aún suscita el central, calificado por el sabio cubano don Fernando Ortiz como “un enorme organismo sacarífero” y donde se cuece todavía la idiosincrasia de esta isla.

 

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