Crónica del Caracazo, 25 años después

Fue cuando el pueblo venezolano se rebeló contra el sistema. El exponente del modelo neoliberal de ese momento era el mandatario Carlos Andrés Pérez. Según datos oficiales, unas 300 personas murieron a causa de la represión al estallido social, conocido como Caracazo. Pero otras fuentes dan cuenta de más de 3.000 fallecidos. Un periodista, testigo casual de los hechos de 1989, realizó entonces un relato social y político, rescatado hoy como un documento de la época.    

 

Crónica del Caracazo, 25 años después

Rodolfo Audi – Unidos (Argentina)

En pocas horas, treinta años de historia se dieron vuelta como un guante. Es cierto, nada ocurre porque sí y resulta impensable que todo un país estalle inesperadamente como una granada, por un descontento ocasional. En todo caso, se trató de un ingreso violento a la realidad, cuando se abre el telón que, en 1959, habían tendido las principales fuerzas políticas con el Pacto del Punto Fijo.

Caracas, una ciudad ganada para el establishment internacional como el ámbito de los grandes congresos y el centro de los negocios latinoamericanos, cuando la surcaban ríos de petróleo, trastocó de pronto su apacible sueño. La mecha se encendió en las poblaciones de Guarenas y Los Teques, para deslizarse como una lengua de fuego hasta la zona metropolitana. Los dueños de los “microbuses” –como allí se dice– desconocieron el treinta por ciento de aumento que fijó el gobierno y llevaron el boleto al cien por ciento. Los ómnibus fueron incendiados. Empezó otra historia.

Desde hacía ya varios meses, el pueblo venezolano venía viviendo las consecuencias de una creciente inflación y un fuerte desabastecimiento de productos, básicamente comestibles. El gobierno del socialdemócrata Jaime Lusinchi, disimulaba esta realidad, con la generosa colaboración de la Central de Trabajadores Venezolanos (CTV) y la Federación de Cámaras Empresarias (Fedecámaras). El trámite electoral le dio el triunfo a su sucesor partidario, Carlos Andrés Pérez, quien ya había gobernado entre el 73 y el 78. Pérez se impuso despertando la expectativa de nuevos esplendores –como aquellos de los años 70– y asegurando que llamaría a un debate latinoamericano para discutir el problema de la deuda externa, pero no se prestaría a implementar los reclamos de los acreedores para agobio del pueblo.

“El país venía agotando un modelo de democracia que

comenzó a forjarse en enero de 1958 cuando un golpe

militar, apoyado por todos los partidos políticos, incluido

el comunista, derrocó al general Marcos Pérez Jiménez  

De alguna manera, Pérez incentivó el estallido. Sus promesas le sirvieron para ganar, pero no para adormecer el volcán. Desde los tiempos del oro negro, la economía venezolana se vio distorsionada por distintas formas de subsidios y bonificaciones que facilitaban los altos precios del petróleo. Gasolina, alimentos y toda una serie de productos se vendieron por debajo de sus costos reales durante muchos años. Se produjeron así grandes desniveles sociales, pero también estructuras y conductas sociales artificiales.

Al volver al poder, el líder de la Acción Democrática se esmeró en señalar que era el primer presidente que tomaba el mandato popular por segunda vez y así agrandó la demanda de una sociedad desequilibrada, con grandes franjas de pobreza, pero muy ajena a una verdadera economía de producción. A veinte días de asumir el presidente no sólo no siguió el encantamiento, sino que aplicó con rigor inusitado el paquete de ajustes modelado por el Fondo Monetario Internacional. Pérez abandonó así el viejo modelo que, en realidad, lo había abandonado a él y a Venezuela cuando más de un quinquenio atrás se derrumbaba el precio del petróleo. Ambos ingresaron, sin folklore, a la Latinoamérica de las economías coloniales.

Pero, en todo caso, el fenómeno de los sucesos venezolanos de hoy, no se proyecta solamente desde la crisis económica. El país venía agotando un modelo de democracia que comenzó a forjarse en enero de 1958 cuando un golpe militar, apoyado por todos los partidos políticos, incluido el comunista, derrocó al general Marcos Pérez Jiménez. De aquel hecho devino una Junta Militar que convocó a elecciones y los partidos mayoritarios firmaron el Pacto del Punto Fijo, un programa común destinado a salvaguardar el régimen constitucional y formar un gobierno de unidad nacional. Los militares se llamaron a sosiego y se inició el ciclo de las alternaciones entre la Acción Democrática (Adecos) y el Comité de Organización Político Electoral Independiente (Copeyanos). En buen romance, socialdemócratas y socialcristianos.

Durante treinta años estos dos partidos absorbieron la dinámica social y política del país, la cristalizaron en los distintos estadios del poder y parecieron ignorar que una enorme marginalidad, una masa sin liderazgo subyacía anestesiada con los efluvios de los subsidios al costo de vida. Esto hizo que no se desarrollaran, ni cultivaran, sistemas alternativos de participación y las entidades intermedias, entre ellas los sindicatos, quedaran sujetas a los dictados de los partidos mayoritarios. Pero las diferencias sociales estaban y cada turista que arribaba a Venezuela se preguntaba con inquietud, al recorrer la larga carretera que va desde el aeropuerto de Maiquetía hasta el corazón de Caracas: ¿qué pasaría si un día, la población de esa interminable arquitectura de caseríos colgados de los cerros que rodean la ciudad, bajaran a compartir los tesoros de la bonanza? Curiosamente, no fueron mayoritariamente esas poblaciones las que produjeron este estallido venezolano y casi se percibe que aún no han terminado de bajar.

¿Sólo los pobres?

Estábamos allí, en Caracas, por un evento internacional, como tantos otros. En nuestro caso un encuentro de trabajadores de prensa.

Sinceramente, no había pasado por nuestra imaginación, la posibilidad de volver a presenciar escenas que hasta no hace mucho vivimos en la Argentina y que hasta hace poco vimos en Chile. Venezuela se nos presentaba, en todo caso, como un generoso puente, para informarnos sobre el caldeado clima caribeño y centroamericano. Pero allí estábamos, casi aturdidos por la realidad. ¿Qué es lo que está pasando? Se oían las corridas y los disparos en las calles, mientras asistíamos a una transmisión televisiva que, encadenando el país, repetía escenas similares de todas las ciudades. En una escenografía muy “americanizada”, con sus parkings y alambradas rodeando los grandes tinglados de los supermercados, miles de personas cruzaban cargando sob
re sus hombros o sus espaldas, artículos electrónicos, bolsas de arroz y cebollas, una media res, un matafuego, un manequí. En medio de las avenidas, entre los automóviles, mujeres de la ciudad –esa clase media que se nota– empujando carritos de supermercado cargados de mercadería. Y al cabo de la “expropiación”, el incendio y la destrucción de los locales.

Lentamente fuimos sabiendo que, como bajo una consigna, la gente atacó casi exclusivamente los grandes centros comerciales y cadenas de supermercados, propiedad de poderosas familias de la oligarquía venenzolana y de las multinacionales. También los depósitos donde poderosos comerciantes italianos y portugueses venían acaparando mercadería. De a poco la televisión exhibía escenas de enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y la gente. Los muertos y los heridos se presentaban allí como en una típica acción de una serie yanqui. Las Fuerzas Armadas ya estaban en la calle.

Todo se informó y se vio en aquellas primeras cuarenta y ocho horas. Sin embargo, algo faltaba. En realidad se estaban emitiendo escenas de otro país. La Venezuela que veinte días antes había celebrado el acceso democrático de Carlos Andrés Pérez, en medio del ritual de la constitución, había desaparecido. Los jefes políticos no atinaban a opinar. Los dirigentes sindicales y empresarios se encerraron con el presidente en el Palacio Miraflores a pergeñar un aumento salarial que hasta pocas horas antes era imposible de concretar.

“Todos asumieron que la injusticia social existía y era grave en Venezuela.

Los empresarios dijeron que la reacción fue contra las medidas del

gobierno. El rector de la universidad, un hombre de izquierda, antes

partícipe de la lucha armada, dijo en cambio: “era la violencia, por la

violencia misma… degeneró en enfrentamiento de pueblo contra pueblo”  

Se complicó hasta el lenguaje. Periodistas, miembros de las fuerzas de seguridad y algún político audaz –puesto que la mayoría se abstenía– oscilaban en la caracterización de los hechos entre “proceso insurreccional”, “motines populares” y “disturbios callejeros”. En definitiva, la confusión alcanzaba a todos. El ex–candidato presidencial por la izquierda, Edmundo Chirinos, afirmó: “asumimos una posición crítica frente a esta explosión social, pero reconocemos que la protesta popular alienta a la dirigencia de izquierda”.

Al fin, el gobierno reaccionó y a dos días de iniciados los desmanes, el Presidente de la Nación suspendió todas las garantías constitucionales, incluidas las de expresión y prensa e impuso el toque. Pero en el larguísimo discurso del primer mandatario al poner en práctica tan severas medidas (que por cierto estuvo impregnado del tono electoral con que venía trabajando hasta pocos días antes) se desliza una primera definición oficial: “fue una acción de los pobres contra los ricos”. Todos asumieron que la injusticia social existía y era grave en Venezuela. Los empresarios dijeron que la reacción fue contra las medidas del gobierno. El rector de la universidad, un hombre de izquierda, antes partícipe de la lucha armada, dijo en cambio: “era la violencia, por la violencia misma… degeneró en enfrentamiento de pueblo contra pueblo”.

Lo cierto es que, durante una semana, asistimos a un creciente estado de violencia. Grupos de manifestantes llegaron a volcar un tanque del ejército. Se denunciaron fusilamientos y desapariciones. Todavía una semana después de los primeros hechos, los diarios anunciaban: “Dieciséis muertos en Caracas en la madrugada del sábado”. Un hombre se convirtió en la imagen permanente del gobierno, diariamente, tras su uniforme de fajina camuflado: el ministro de Defensa, general de división Italo Augusto del Valle Alliegro.

El se encargó de señalar que las Fuerzas Armadas Venezolanas provenían “de las clases más bajas”, que tenían “vocación democrática”, que desde hacía treinta años se encontraban “equipándose y formándose”. Mientras esto ocurría, esas mismas Fuerzas Armadas, por los atributos que les confirió el Poder Ejecutivo en aplicación de normas constitucionales, allanaban casa por casa, para recuperar los artículos robados y se paseaban por las plazas de Caracas en un domingo soleado y tenso, con todo el equipamiento de quien va a un combate.

Nos fuimos de Venezuela con esa visión, la gente permanecía en largas colas para proveerse de alimentos. El gobierno intentaba detener las declaraciones de los principales funcionarios de la administración Bush, que expresaban su beneplácito por el encauzamiento económico de Venezuela.