La nueva Teología de la Liberación

Latinoamérica

Leonardo Boff, el notable académico brasileño, explica cuál es la transformación que tiene que hacer esta corriente crítica en pos del cuidado de la Tierra, en línea con la encíclica papal “Laudato sí”. Denuncia además una campaña mediática e imperialista contra Brasil y el resto de los países de América Latina. “Hay un proceso de recolonización”, asegura en la entrevista.

Cristina Fontenele- Adital (Brasil)

Una de las principales referencias mundiales de la Teología de la Liberación, Leonardo Boff, concedió una entrevista exclusiva a Adital, durante el II Congreso Continental de Teología, en octubre de este año, en Belo Horizonte [Estado de Minas Gerais], Brasil. El teólogo evalúa el contexto político de América Latina y de Brasil, ante lo que él entiende como democracias débiles. Para Boff, los países latinoamericanos han enfrentado un intento de recolonización por parte de Estados Unidos, con Brasil atravesando una crisis política e ideológica. El país estaría dividido entre dos modelos –uno que sigue un proyecto nacional, con autonomía, y otro que es dependiente, neocolonizado. Él señala también que la renovación de la Teología de la Liberación necesita “venir de abajo”, de los nuevos sujetos históricos, y sostiene que, para cada tipo de opresión, existe una liberación adecuada.

Actualmente Boff es asesor de movimientos sociales de cuño popular libertador, como el Movimiento de los Sin Tierra (MST) y las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Además de conferencista mundial en temas como Teología, Ética, Espiritualidad y Ecología. Como escritor, publicó más de 70 libros, traducidos a varios idiomas. Su nuevo libro se titula “Ecología, ciencia y espiritualidad”, y fue publicado por la editorial Mar de Ideas.

Boff ingresó en la Orden de los Frailes Menores, franciscanos, en 1959, doctorándose en Teología y Filosofía por la Universidad de Munich, Alemania, en 1970. En razón de sus tesis vinculadas a la Teología de la Liberación, presentadas en el libro “Iglesia: carisma y poder”, fue condenado en 1985 a un año de silencio obsequioso, por la Sagrada Congregación para la Defensa de la Fe, ex-Santo Oficio, del Vaticano. Dirigido en aquella época por Joseph Ratzinger –que después sería nombrado Papa Benedicto XVI–, la conclusión del grupo fue que los análisis de Leonardo Boff eran “de tal naturaleza, que ponen en peligro la sana doctrina de la fe, que esta misma Congregación tiene el deber de promover y tutelar”.

La pena fue suspendida en 1986, pudiendo Boff retomar algunas de sus actividades. Sin embargo, en 1992, él renunció a sus actividades como sacerdote. A partir de los años 1980, el teólogo profundizó sus estudios sobre Ecología, dedicándose al Grito de la Tierra, alineado con el que el Papa Francisco denomina “cuidados de la Casa Común”.

¿Como evalúa usted la actualidad de la propuesta de la Teología de la Liberación? ¿Cuáles son las expectativas para el futuro?

La Teología de la Liberación nació escuchando el grito del oprimido. Primero, era el oprimido económico, el obrero explotado; después, el oprimido étnico, el negro, indígena, la mujer, las personas que tienen alguna urgencia en su vida, y, finalmente, el mundo de la opresión. En frente de esa opresión, cabe la liberación.

Y aquí viene la diferencia con otras visiones y movimientos sociales, que también quieren la liberación, como la tradición marxista, la tradición del iluminismo. Aquí se trata de como el Cristianismo, la fe cristiana, el mensaje de Jesús, puede ser una fuente de inspiración para movilizar a las personas, para que ellas creen consciencia, se organicen y busquen la liberación.

El eje central de esa Teología es la opción por los pobres, contra la pobreza, en favor de la liberación y de la justicia social. Ella no es una disciplina teológica, como lo es la Liturgia, como lo es la Historia de la Iglesia. Es una manera diferente de hacer Teología, que es siempre a partir del grito del oprimido, a partir de la realidad concreta, en sus contradicciones.

En segundo lugar, es preciso analizar esta realidad bajo dos aspectos: el aspecto crítico, como las ciencias, la Antropología, la Sociología, y también en el aspecto religioso, teológico. En qué medida esa realidad realiza aquello que nosotros llamamos “desde el reino de Dios”, realiza justicia, respeta los derechos e incluye a las personas, no excluye.

El tercer paso es, frente a todo esto, qué podemos hacer para dar cauce a la liberación concreta. Cuando esto se realiza, entonces, existe la celebración, el rito, una forma del ser humano de celebrar sus conquistas. Entonces, éste es el núcleo central de la Teología de la Liberación. Ella nació en fines de los años 1960, a comienzo de los años 1970, y, como la pobreza del mundo aumentó y sumó otros rostros, ella también tuvo que adaptarse.

Últimamente, yo fui uno de los primeros en haber percibido eso, que dentro de la opción por los pobres, cabe el gran pobre, que es el planeta Tierra. Devastado, explotado, contaminado. Entonces, la Teología de la Liberación tiene que transformarse también en una Eco-Teología de la Liberación. Tiene que ayudar a liberar a la Tierra, porque sin la Tierra, nosotros no podemos sustentar ningún proyecto. Creo que la gran novedad de la encíclica del Papa es el cuidado de la “Casa Común”. Si nosotros destruimos la Casa Común, ningún proyecto humano, ninguna civilización, nada va a subsistir.

Hoy, esa Teología tiene la misma urgencia que tenía en los años 1960 y 1970, porque los motivos que crearon esa Teología, que es la pobreza y la opresión, hoy tiene dimensiones planetarias. Involucra a la propia Tierra, los ecosistemas y las guerras que están ocurriendo en el mundo. Entonces la Teología de la Liberación no es una cosa estática. Ella va adaptándose, en la medida en que las formas de opresión también se van modificando. Para cada opresión, una liberación adecuada. Por ejemplo, la liberación del indígena es diferente de la liberación del obrero. La liberación del indígena es garantizar, primero, sus tierras, porque la tierra no es un medio de producción, para él es una extensión de su cuerpo y necesita de grandes espacios, porque él se siente unido a la naturaleza.

Y la liberación de la mujer tiene que ser distinta. Ella ha estado, por 15 siglos, sometida al patriarcado, marginada, siempre puesta en segundo lugar, cuando no, considerada minorenne[menor]. Es una liberación propia de las mujeres, pero llevada adelante especialmente por las mismas mujeres. Los hombres pueden ser aliados secundarios, pero las mismas mujeres son las que se concientizan, se organizan, elaboran su consciencia, rechazan la dominación patriarcal y crean su identidad. Entonces, para cada opresión, existe su adecuada liberación.

Sobre el Congreso de Amerindia, que discutió toda esta Teología, ¿cómo evalúa usted la importancia de este encuentro?

Este encuentro fue una especie de evaluación sobre en qué nivel están las opresiones en América latina. Porque todos los países de América Latina vinieron de regímenes militares, con mucha violencia, mucha opresión, donde hay mártires, hay personas desaparecidas. Inmediatamente en seguida, vinieron las democracias que trajeron libertad, pero todas esas democracias son débiles. Ellas t
ienen una base popular, porque vinieron de abajo; pero hoy estamos viendo, después de la crisis de 2007 y 2008, la crisis económico-financiera del sistema global que prácticamente hundió a los centros de decisión, que son Estados Unidos y Europa. Entonces, de repente, la realidad cambió y hay un avance extremadamente acelerado del pensamiento conservador, del pensamiento, inclusive, reaccionario, antidemocrático, en toda América Latina y en el mundo entero.

Actualmente, las opresiones son muy violentas porque los gobiernos son presionados por los grandes poderes económicos financieros mundiales a asumir las metas que ellos establecen –la macroeconomía de mercado, la economía de especulación y no de producción. Esto está produciendo dos grandes injusticias: una social y otra ecológica.

La injusticia social, que nunca se vio algo tan grande en la historia, existe al punto de que prácticamente el 1% de la humanidad tiene el 90% de la riqueza del mundo. 85 personas tienen la riqueza de 40 países, donde viven 600 millones de personas. Entonces, la gran injusticia social significa desigualdad social, pero ésta es una categoría analítica, descriptiva. Bajo la perspectiva ético-política, la desigualdad significa injusticia social, y teológicamente, significa un pecado contra Dios y contra los hijos e hijas de Dios. Hay una injusticia social generalizada, con mucho sufrimiento, en países enteros, como Grecia, España, Portugal y, ahora, prácticamente los países de América Latina están siendo invadidos por la presión de los grandes capitales. Esto es un lado de la cuestión.

El otro lado es la injusticia ecológica, porque se refinaron las formas tecnológicas de explotar los bienes y servicios de la Tierra, en todos los puntos –en el mar, en el aire, en los suelos, en las florestas. A tal punto que, para rehacer aquello que nosotros tiramos durante un año, la Tierra necesita un año y medio. Nosotros nos arrimamos a los límites de la Tierra. Si los países ricos, como Estados Unidos y Europa, quisieran democratizar su bienestar a toda la humanidad, necesitaríamos cinco Tierras iguales a esta, lo que demuestra la irracionalidad del sistema, la imposibilidad de llevar adelante este proyecto de desarrollo, de producción, de distribución y de consumo.

No sin razón, el Papa por 35 veces dijo: “tenemos que cambiar” el modo de producción, el modo de distribución y el modo de consumo. Si nosotros no cambiamos, podemos ir al encuentro de lo peor.

Entonces, este Congreso tiene esa ventaja, mostrando cómo en cada país y a nivel del mundo, pero más a nivel de América Latina, se están agravando las condiciones de la pobreza, y cómo los movimientos sociales están desarticulados y las políticas de los Estados absolutamente debilitadas.

¿Cómo evalúa entonces el escenario político de América Latina y de Brasil?

Brasil es un ejemplo de una realidad que está descomponiéndose, no hay prácticamente gobernanza, estamos en un vuelo ciego, no sabemos hacia dónde vamos, con una crisis económica, política, ética, humanitaria. En casi todos los países hay situaciones semejantes, pero los casos más graves son Brasil y México.

México prácticamente se convirtió en un Estado dominado por la mafia de las drogas, por la violencia de los grupos organizados. Esto nos coloca, como cristianos, en tareas nuevas para la Teología de la Liberación, y tampoco sabemos exactamente por dónde comenzar. Estamos tanteando, buscando, analizando. Una cosa es tener la convicción de que la liberación y el cambio no vendrán de arriba, porque los Estados, las grandes corporaciones económicas y políticas, siempre hacen más de lo mismo, más explotación de la Tierra, más acumulación, más explotación de la fuerza de trabajo. Entonces, por ese camino no hay salvación, tiene que venir de abajo.

El Papa, en los discursos que hizo en el Vaticano, cuando reunió a los movimientos sociales y, fundamentalmente, en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, cuando se reunieron representantes de todos los movimientos sociales latinos americanos, él estableció un cierto camino. Dijo que la gran lucha viene de la garantía de tres “T”, que significan derechos fundamentales, que son: trabajo, tierra y techo. Esto todo el mundo tiene que tenerlo.

Como segundo punto, el Papa dice: “no espere nada de arriba, sean ustedes los profetas del cambio. Ustedes son débiles, ustedes son pobres, son explotados, pero ustedes tienen fuerzas”. En la medida en que se organizan, presionan, elaboran los proyectos, comienzan a construir, allá abajo, nuevas formas de producción, de cuidar las semillas, de cultura, de agricultura familiar, de cultura orgánica. Comienzan a hacer un ensayo de un mundo diferente y posible.

Y es ahí que se establece la fuerza de la Teología de la Liberación, porque en los movimientos sociales de base, como el movimiento de los sin tierra, de los sin techo, de los negros, de las mujeres y de otros, la referencia teórica de aquellos que tienen la fe cristiana es la Teología de la Liberación, que da inspiración, que da fuerza de resistencia. Entonces, no es más la Teología de la Liberación académica, no es más hecha para los teólogos profesionales. Es hecha por los líderes que incorporaran su discurso, consiguen pensar, elaborar su visión de la realidad, y consiguen hegemonizar el proceso. Esto es un fenómeno nuevo.

Entonces, si nosotros preguntamos dónde está la Teología de la Liberación, hoy no está en las facultades de Teología. Ella está en las bases populares, especialmente en las comunidades de base, que son cerca de 100 mil en Brasil, está en los círculos bíblicos que son casi 1 millón, está en los movimientos sociales por la tierra, por el techo, por la vivienda, por derechos humanos. Esos grupos sociales articulados constituyen la materia, por la cual el don de la Teología de la Liberación se realiza, avanza y se piensa. Esto es algo nuevo, que no existía en los años de 1960.

Entonces, ¿ahí estaría la renovación de la Teología de la Liberación, a través de esos líderes?

La renovación de la Teología de la Liberación tiene que venir de bajo, tiene que venir de esos nuevos sujetos históricos, porque los movimientos sociales maduraron, crearon sus líderes. El propio gobierno no puede hacer ningún gran proyecto sin consultar al movimiento social, al movimiento de los sin tierra, de los sin techo, al movimiento de los negros. Tiene que discutir con la sociedad y los movimientos sociales, si no, no consigue hacer pasar los proyectos.

El propio parlamento está continuamente bajo presión de esos movimientos. Entonces, allí está la posibilidad de una alternativa, de una salida política hacia otro tipo de sociedad, yo diría otro tipo de democracia, porque esta democracia que tenemos, que es sólo representativa, es una gran farsa, porque si comparamos la justicia social con la democracia, ella es una condena de sí misma. La democracia presupone la igualdad de los ciudadanos, y aquí hay una profunda desigualdad. Entonces, la democracia es retórica, lo que no sería la postulación de los movimientos de base, de la propia Iglesia. Es exigir una democracia participativa, dónde los movimientos sociales organizados participen en la decisión de los proyectos nacionales. Esto crea mucho miedo en el parlamento, que imposibilita, de cualquier forma, todas las leyes que favorecen esto, pero el parlamento no puede detener la presión que viene de abajo. Como todos dependen del voto del pueblo,
ellos [parlamentarios] tienen que hacer una cierta conciliación.

Las bases quieren un cambio sustancial en la forma cómo se organiza la sociedad, porque esta forma, tal como está, no funcionó, está empeorando cada vez más, cada vez es más corrupta, de espaldas al pueblo, no representa los anhelos populares. Por eso es que ella es una farsa, una gran representación fantasiosa. No es una organización política, que lleva adelante el proyecto de nación y beneficia a las grandes mayorías. Es una democracia, hecha con leyes para beneficiar a las clases que fueron siempre beneficiadas. Organizan el Estado y los proyectos, en los que ellos son los principales ganadores, y dejan migajas para los proyectos sociales.

Sólo para dar un ejemplo, el gobierno tiene que pagar a los grandes bancos, al sistema financiero interno, cerca de R$ 150 mil millones en intereses. Dinero que él toma prestado para pagar sus cuentas, e invierte en los problemas sociales, que es para la gran mayoría de los brasileros, 60 mil millones de reales. Esta diferencia es absolutamente injusta, porque son 5 mil familias que controlan el 46% de toda la riqueza nacional. Esa desigualdad es injusta y el Estado no tiene la fuerza como para enfrentar al sistema financiero especulativo, y tiene que someterse. Si no se somete, ellos [bancos] se niegan a prestar. Entonces el gobierno no consigue pagar sus cuentas.

Sobre Brasil, usted citó anteriormente que esta crisis también es un poco forjada, principalmente especulada, por los medios de comunicación. ¿Cómo analiza este escenario y los ajustes del Gobierno, que han contribuido en esta crisis?

Vivimos una crisis que tiene una base real. Tenemos que reconocer que sectores importantes, sectores dirigentes del PT [Partido de los Trabajadores] se dejaron corromper de una forma vergonzosa y escandalosa. Desmoralizaron al Partido y todas las personas que ayudaron a montar este proyecto, este ideal. Luchamos desde hace 30 años para que llegara un partido que tuviese como combatir con ética, transparencia, colocara al pueblo en el centro y no las ventajas personales corporativas. Esa base real es un fracaso, es la de un partido que traicionó a su pueblo. Tenemos que decir, que sectores del PT traicionaron al pueblo brasilero y las esperanzas de los más pobres.

Este hecho está siendo explotado, más allá de su lado objetivo, por los adversarios políticos, que no sólo no aceptan la derrota, sino que quieren hacer desaparecer al partido o deslegitimar a sus líderes. De tal forma que ellos no puedan presentarse más como candidatos, y que no tengan la pretensión de ganar elecciones. Entonces, ése es el lado forjado.

Los grandes medios de comunicación pertenecen al grupo del gran capital. Es el brazo extendido del capital financiero, es decir, el capital especulativo articulado con el capital mundial. Ellos mueven una verdadera campaña sistemática de desmoralización, en la que utilizan todos los medios, desde los objetivos, informando los niveles de corrupción existentes, hasta la calumnia, la desinformación y la deformación. Con el objetivo de liquidar a ese partido y permitir crear el espacio, para que aquéllos que desde hace 500 años dominan a Brasil, vuelvan a dominarlo, con las ventajas que siempre tuvieran.

Estamos hoy, en una lucha que, por un lado, es política, disputa de poder, y por otro lado, es ideológica. ¿Qué Brasil queremos? ¿Queremos un Brasil que tenga autonomía, un proyecto nacional orientado hacia las grandes mayorías? ¿O un Brasil que se alinea como socio menor, dependiente, obediente a las estrategias definidas por Estados Unidos y entrar en un proceso de neocolonización? Porque el imperio, es decir, la visión global hegemonizada por Estados Unidos, quiere hacer de América Latina una gran reserva de bienes y servicios naturales, de alimentos, de semillas, de minerales, de agua, de florestas, para atender a sus necesidades, porque ellos [Estados Unidos] ya no tienen más esas realidades.

Hay un proceso de recolonización. Esto significa disminuir y, eventualmente, destruir la base industrial brasilera, para que el país sea sólo un productor de bienes naturales, especialmente de semillas, de minerales, exportar frutas, agua, aquello que la naturaleza da. Éste es el precio que Brasil debe pagar, por alinearse y obedecer la lógica que los otros definen. Entonces, la lucha hoy, es por dos modelos de Brasil.

Por más que el PT haya sido desmoralizado en todo, el núcleo central de su sueño permanece intacto: querer un Brasil autónomo, con políticas sociales transformadoras, inclusión de las grandes mayorías excluidas, justicia social y democracia participativa. Estos ideales son irrenunciables. Tal vez el partido los haya traicionado, pero los movimientos sociales y nosotros, que participamos hace 30 años de esto, no renunciamos a ese sueño, luchamos para que haya condiciones como para que él [partido] se afirme políticamente y no permita que Brasil vuelva a ser una colonia del gran imperio, renunciando a su autonomía, humillando a su pueblo y entregando nuestras riquezas al beneficio de aquellos que ya son ricos, aquí y allá afuera.

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