Cooke y el General

Argentina

El libro de Daniel Sorín recorre la vida de una de las figuras más destacadas y controversiales del peronismo: John William Cooke. El escritor habla de esta entrevista de la relación del político con el ex presidente Juan Domingo Perón y de las diferencias que tenían en cuanto al proyecto de país que anhelaban. “No se sentía cómodo con los límites que el peronismo no quería pasar”. 

 John William Cooke y Juan Domingo Perón Daniel Enzetti- Tiempo Argentino (Argentina)

En la galería de cuadros del pensamiento nacional, se dice que nadie hizo tanto en tan poco tiempo como John William Cooke. En algo más de 600 páginas, el libro de Daniel Sorín recorre la vida del Bebe desde su pre adolescencia radical, pasando por su juventud peronista y su madurez  comprometida fuertemente con el marxismo. Y muestra cómo, a través de una militancia interrumpida por el cáncer que lo mató antes de cumplir 50 años, con extrema lucidez Cooke subió el nivel de los debates en el Congreso mientras se desempeñó como diputado nacional por el Justicialismo, enfrentó a la burocracia sindical cuando el movimiento se anquiló ya sin Eva Perón, fue ariete de las milicias obreras durante la resistencia peronista, y adhirió enfervorizado a la Revolución Cubana en 1959. A tal punto de querer convencer a Perón de que se radicara en La Habana y de ahí construyera un nuevo liderazgo para el Tercer Mundo.

–El imaginario político siempre resalta de Cooke el papel desempeñado  en la resistencia peronista y su relación con Cuba, dejando en un segundo plano todo lo que supo aportar mientras fue diputado nacional. ¿Está de acuerdo?

–Por lo general se recuerda con mayor énfasis el Cooke de los años sesenta. Pero es verdad, estamos hablando de alguien que en 1946 defiende la ley de represión de los actos de monopolio, la cual parece escrita para hoy. Y antes que eso, se niega a que Argentina firme las Actas de Chapultepec, yendo con los tapones de punta contra Perón. No se sentía cómodo con los límites que el peronismo no quería pasar.

–¿Cuáles?

–Cooke se tomó muy en serio las tres banderas: justicia social, independencia económica y soberanía política, y estaba a la izquierda de esa barrera impuesta por el partido. A partir de 1952, Perón se acerca a Estados Unidos, y con esto no estoy diciendo que entrega el país. Se habían terminado las reservas, usadas para comprar los ferrocarriles y de esa forma subsidiar la renta agraria, en lugar de aprovechar por lo menos una parte en el primer sector de la economía: máquinas que hicieran máquinas. Te contesto: el límite antiimperialista del peronismo fue la reforma agraria. Por supuesto es muchísimo lo que se logró en aquellos años, pero lo cierto es que no se quiso dar aquel paso.

–¿Cómo se las arreglaba para desenvolverse dentro del PJ, sabiendo que el movimiento no estaba dispuesto a tanto?

–Antes hay que explicar que existen tres miradas de Cooke: el joven radical antiimperialista, aliadófilo; el peronista de los cuarenta; y por último el marxista. Sí, tenía choques hacia adentro, pero adhería a lo que hacía el gobierno del primer peronismo con un apoyo crítico. El tema con el apoyo crítico es que hay un momento en que tu crítica puede ser lucrada por el enemigo de tu amigo, con lo que lográs el efecto contrario. Mi explicación es que él apoya críticamente porque durante su paso por el Congreso es un político, y no un teórico. 

–¿Cuál es su pensamiento al producirse el golpe de 1955?

–En la resistencia peronista se da cuenta de algunas cosas. Ve que el frente político consolidado en 1945 se había roto, con una burguesía nacional convencida en arreglar con Estados Unidos. Por supuesto, aquello no le gustó nada, él analizaba que la única manera en que el peronismo podía seguir siendo antiimperialista era con una dirección obrera, y no burguesa. Y en cuanto a la actitud de Perón, que también era un político, no la juzgo, pero la entiendo: trató de mantener lo más unido posible un frente cuyas partes se habían separado. Perón necesitaba decirle a Cooke una cosa y a Alejandro Leloir otra, por ejemplo. Privilegiando una determinada inclinación según el momento. Eso es la política. 

–Lo que Perón llamó Comunidad Organizada.

–Claro, y en eso consiste su bonapartismo. Es decir, la actitud de un líder cuando bajo su órbita tiene dos fuerzas parecidas, ninguna de las cuales puede triunfar sobre la otra, ni tampoco anularse entre sí. El líder termina decidiendo, imponiendo un programa, que es su palabra. Perón “es” el programa, y después de un tiempo de su derrocamiento también entiende, al igual que Cooke, que la insurrección con que se venía trabajando nunca triunfaría. A fines de los cincuenta la clase obrera ya no aguantaba a la Libertadora, y votarían para que no ganaran los radicales del pueblo, que eran lo mismo. Por eso Perón impulsa ese pacto imposible con Arturo Frondizi mediante el cual le entrega los votos del partido, con las consecuencias que ya conocemos de la traición de Frondizi.

–¿Qué influencia tenía Cooke dentro del movimiento en esa época?

–Este es un tema clave, porque con la cabeza lejos, en el exilio, el peronismo tenía “muchas” cabezas. Perón nunca dijo “este es mi representante”, en relación a Cooke, como tampoco lo dijo en relación a alguna otra persona. Existían, sí, documentos políticos fotocopiados. Pero siempre, una parte decía que el papel de la otra era falso, y las diferencias nunca se zanjaban. Después, estaban los apócrifos. ¿Y la masa? Le creía a uno o a otro, lo que aumentaba la confusión. En 1957, un año antes de esas elecciones ganadas por Frondizi gracias al voto peronista, Cooke entendió que había que aprovechar el momento de semi legalidad ofrecido por la dictadura, para que florecieran otra vez dirigentes sindicales medios. Sobre todo porque los militares no podían avanzar más con su política represiva, esa situación era insostenible. 

–¿Y su postura frente a la violencia?

–Siempre pensó que la violencia es instrumental a la política. Que es la política la que dirige el caño, y no a la inversa. Por eso, los comandos civiles creados por el peronismo no tenían sentido. Antes hacía falta una política de masas, y para eso era clave el surgimiento de aquellos referentes sindicales. 

–Es el momento en que se acerca al marxismo con mayor fuerza.

–Sí, en coincidencia con varias luchas que surgen en Latinoamérica, y sobre todo la experiencia cubana, que lo marca a fuego. Dos semanas después de la Revolución Cubana ocurre lo del frigorífico Lisandro de la Torre, y Augusto Vandor le pide a Perón la cabeza de John directamente. El viejo no lo hecha, pero sí le saca atribuciones, y le suelta la mano. 

–A propósito de eso, y de aquel doble discurso de Perón, la pregunta sería, entonces, si Cooke creía realmente en la capacidad revolucionaria del peronismo. 

–¿Del peronismo o de Perón?, porque son dos cosas distintas. Por supuesto pensaba que el peronismo podía ser revolucionario, a partir de su base obrera. Y con respecto a Perón, bueno, hacía lo que podía. Trató de convencerlo para que se instalara en Cuba, por ejemplo, diciéndole que así se convertiría en el líder indiscutido del Tercer Mundo, superando a Nasser. No entendía cómo no viajaba a la tierra de Fidel Castro, y aguantaba en republiquetas de derecha, o en esa España católica que era como una cárcel. Aunque también hacía bromas sobre el movimiento: “Tenemos un líder, lo que nos falta es una teoría revolucionaria” (se ríe). Pensemos que no había “nacido” todavía el Perón del ’70.

–Pero digamos también
que Perón había tenido actitudes que no daban como para que el Bebe se entusiasmara tanto. No ofreció resistencia en el 55, e incluso condenó el intento del general Juan José Valle en el 56 de recuperar el poder.

–Lo que ocurre es que ya las Fuerzas Armadas no estaban con él. Por un lado, no estaba dispuesto a crear un clima que dejara libre el terreno para que la dictadura reprimiera al pueblo. Y por otro lado, tampoco estaba en sus planes terminar con los terratenientes, por lo que decíamos antes. Es verdad, podría haber hecho algunas cosas, como aprovechar los meses que fueron de junio a septiembre, desde el bombardeo a la Plaza de Mayo hasta el golpe de Estado, para organizar dentro de la legalidad una resistencia civil fuerte. 

–Para colmo, y volviendo a Cooke, la muerte lo agarra muy joven.

–John muere diez meses antes de lo que siempre había soñado, el Cordobazo, un hecho de la envergadura del 17 de octubre de 1945. Porque en Córdoba se encontraron las dos tradiciones que siempre el Bebe quiso acercar: el pensamiento nacional y la clase obrera, que fueron para adelante y se miraron sin rencor en medio de la lucha. También es interesante analizar cuál era su idea sobre el foquismo, a partir de la muerte del Che.

–Condenándolo, por aquello de que para él era la política la que dirigía a la violencia, y no al revés.

–Justamente, después de la muerte del Che redacta varios apuntes, y deja claro que la violencia es válida cuando es de masas. Recuerdo una frase de Lenin: el dirigente revolucionario tiene que estar un paso delante de la masa. Ni dos, porque se desconecta, ni ninguno, porque no es vanguardia. De cualquier manera, el tema es complicado, porque las masas son heterogéneas. Mientras todos lloran a Guevara, algunos con lágrimas verdaderas y otros no tanto, Cooke ya prevé que habrá remeras con el Che, que lo van a iconizar y que le sacarán su contenido revolucionario. Y con respecto a su incursión en Bolivia, recomienda “analizar” por qué fracasa. En otras palabras: interpretaba que todo cambio revolucionario no puede prescindir de la violencia, la cuestión es si esa violencia la ejerce una masa o una elite. Todas las revoluciones se provocaron por un catalizador externo. La rusa, por ejemplo, debido a la derrota espantosa en el frente de batalla. 

–En la cubana no se conoce mucho trabajo previo en el pueblo.

–Cooke dice que sí, que existen movidas anteriores que la fueron ayudando. Pero acepto que la cubana puede ser una excepción a la regla. 

–Evidentemente, era un cuadro extremadamente lúcido.

–Cuando John asume como diputado peronista, no abundaban en la Cámara los hombres formados. Tan es así que el radical Ernesto Sanmartino dice su famosa frase del “aluvión zoológico”, menospreciando a sus pares. Cooke era distinto, abogado, leído. Otro de los episodios en donde demuestra esas dotes es durante el conflicto entre el peronismo y la iglesia. Mientras sus compañeros llaman a quemar los templos, John pide reflexionar, diciendo que el problema no era religioso, sino político. Pide dejar a Dios de lado: “Estamos discutiendo otra cosa, si debe existir o no una religión de Estado, si los obispos deben o no cobrar por predicar su palabra.”

–Sube el debate.

–Exacto, pero lo eleva porque el conflicto con la iglesia, tan mal llevado por Perón, lo único que provocó fue unificar el campo reaccionario. Por supuesto que las medidas individuales las aplaudo, pero hacelas de a poco, buscá consensos, primero juntá fuerza. Perón hizo lo contrario, propio de la ceguera de un calentón.

–El libro explica de qué manera en 1949, esos cuadros, como Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz o Manuel Ugarte, se fueron alejando del movimiento, disgustados con Perón. ¿Cómo tomó Cooke ese éxodo?

–Muy mal, es algo que sufrió muchísimo. Jauretche, incluso, le manda una carta a John, enojadísimo con el viejo. Advierte a Cooke que Perón lo usaría, y también lo traicionaría, demostrando un desprecio grandísimo por el líder. Arturo acusa a Perón de haber destruido al partido. Te aclaro una cosa: los movimientos muy verticales nunca no colaboran con la formación de cuadros, lo que explica por qué John ya no está en la lista de candidatos a diputados en 1952. Muchos cuadros del peronismo fueron importados de otras corrientes, como FORJA, o Rodolfo Puiggrós, del PC. 

–Parte de eso quedó demostrado en las cartas Perón-Cooke, por ejemplo.

–Sí, pero con una salvedad. Esas cartas es lo que trascendió de John en forma pública, aunque la información cruzada que tenía con el viejo primero pasaba por su filtro, y después por el de su mujer, Alicia Eguren. Digamos que lo que conocemos de Cooke es sólo lo que él y Alicia quisieron que trascendiera. Su formación se debe, sobre todo, al gran César Marcos, que lo agarró cuando John era radical y lo acercó al revisionismo. Marcos era un tipo especial, leía a Marx en el colectivo cuando tenía 12 años. John estuvo en el lugar indicado y en el momento justo, y si me pedís una opinión personal, creo que el tipo era un genio. Lo que dijo, su legado, es como un iceberg: no representa ni el diez por ciento de lo que podría haber generado. La muerte se lo llevó rapidísimo. 

 

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