La disputa por el Silala

Bolivia y Chile 
Especial

Chile presentó una demanda ante la Corte Internacional de Justicia sobre estas aguas asumiendo su derecho a usarlas de forma equitativa. Los bolivianos afirman que es un contrasentido de una nación que ha usado y abusado de un recurso que no le pertenece, mientras que los chilenos afirman su soberanía. Aquí, las dos miradas contrapuestas que circulan.

Carlos D Mesa Gisbert- Página Siete (Bolivia)

Chile, hay que reconocerlo, supera siempre con creces los límites que se le pueden exigir a un país y a su equipo diplomático para encarar su política exterior. La Demanda que acaba de presentar sobre las aguas del Silala ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), tiene elementos análogos a los términos de la tristemente célebre carta del embajador chileno en La Paz Abraham König en 1900. Si König se jactaba de que la victoria da derechos y decía con singular soltura que Chile se había apoderado del Litoral porque valía, porque de lo contrario no habría tenido interés alguno en quedarse con él, el ministro Heraldo Muñoz le dice a la comunidad internacional que su Demanda pide a la CIJ que declare si el Silala es un río (curso sucesivo de agua) o no, partiendo de la premisa de que sí lo es. En consecuencia, asume que tiene derecho a usar esas aguas «de forma equitativa” de acuerdo al derecho internacional. Dado que Chile es beneficiario de esas aguas, sigue el notable razonamiento, Bolivia tiene la obligación de prevenir y controlar la contaminación y otras formas que «puedan perjudicar a Chile” como resultado del uso boliviano de esas aguas. Concluye afirmando que Bolivia debe «cooperar con Chile” para evitar medidas que puedan dañar esos recursos hídricos.

 Chile sabe positivamente, porque fue el país que canalizó artificialmente las aguas del Silala, que de no haber esa canalización no habría tal curso sucesivo y en consecuencia que ni hubo ni hay río alguno. Chile sabe que no hay una sola cuenca que dé origen a uno o más ríos en la región, Chile sabe que de lo que se trata es de afloramientos de aguas fósiles (subterráneas) que han dado lugar a bofedales en la región y que esos afloramientos en ningún caso generan un curso sucesivo de aguas. 

» No se requiere ser demasiado avezado en el tema para entender la estrategia de Chile. Avisado por Bolivia de que sería sujeto de una segunda Demanda, decidió tomar la oportunidad al vuelo y preparó la suya. Más allá de que queda claro que Bolivia tiene todos los instrumentos para ganar en estas controversia «

Chile ha usado ilegalmente esas aguas a partir de un contrato específico del Estado boliviano con una empresa privada de ferrocarriles (1908) para la provisión de agua a las locomotoras a vapor que se usaron hasta 1961. Igual que en 1879, Chile convierte un asunto bilateral Estado-privados en una cuestión de Estado a Estado y, acciones bélicas aparte, le da una dimensión que saca de quicio la forma de resolución de la controversia.

Cuando en 1997 el prefecto de Potosí revocó la concesión de 1908 (a un privado), Chile, como en el siglo XIX con el salitre, expresó su protesta y generó el conflicto por la simple razón de que el uso arbitrario e ilegal de esas aguas sin pago alguno por ese servicio, genera una obligación económica importante y plantea un régimen de tratamiento de la cuestión completamente distinto al que hasta entonces se había hecho.

Es un contrasentido y una afrenta a la razón que la nación que ha usado y abusado de unas aguas que no le pertenecen sea la que inicie una demanda contra la nación afectada e incuestionable propietaria exclusiva de ese recurso.

No se requiere ser demasiado avezado en el tema para entender la estrategia de Chile. Avisado por Bolivia de que sería sujeto de una segunda Demanda, decidió tomar la oportunidad al vuelo y preparó la suya. Más allá de que queda claro que Bolivia tiene todos los instrumentos para ganar en estas controversia, Chile aparece como un país perjudicado por Bolivia y que también tiene exigencias que hacerle a nuestro país por «uso arbitrario de recursos compartidos”. Quiere obligar a Bolivia a ponerse a la defensiva y equipara a los ojos del mundo dos cuestiones jurídicas, intentando con ello diluir la fuerza y la atención exclusiva en la cuestión marítima.

» Mar, Lauca, Silala, Libre Tránsito, privatización de puertos, tarifas arbitrarias… supera todo lo que una relación bilateral entre dos vecinos puede tolerar. Y, claro, siempre hay una forma de disfrazar la realidad con la peregrina idea de que el tono de las palabras de un mandatario deteriora más una relación que la brutal sucesión de abusos «

Una coda imprescindible. El grado de cinismo de la diplomacia chilena es tal que, el mismo país que en el gobierno de Jorge Alessandri (1962) desvió arbitraria y unilateralmente las aguas del río Lauca (esté sí inequívocamente un río de curso sucesivo), se permite enjuiciar a Bolivia por el Silala. Chile desoyó sistemáticamente los reclamos bolivianos sobre el Lauca desde los años treinta del siglo pasado, desvió el curso de esas aguas y se negó siquiera a escuchar a Bolivia o establecer un diálogo que resolviera la flagrante vulneración que había hecho del derecho internacional. Esa situación pervive hasta hoy.

Mar, Lauca, Silala, Libre Tránsito, privatización de puertos, tarifas arbitrarias… supera todo lo que una relación bilateral entre dos vecinos puede tolerar. Y, claro, siempre hay una forma de disfrazar la realidad con la peregrina idea de que el tono de las palabras de un mandatario deteriora más una relación que la brutal sucesión de abusos y arbitrariedades por la vía de las armas o por la de la vulneración reiterada del derecho internacional.

Valentina Verbal- La Tercera (Chile)

El 6 de junio pasado, Chile presentó una demanda ante la Corte de Justicia de La Haya, a través de la cual solicita que se determine si el río Silala (o Siloli, como se le denomina en el norte chileno) es internacional (un “curso de agua sucesivo”, de acuerdo a la convención respectiva), o —como desde 1999 lo viene sosteniendo la contraparte— es un “manantial” exclusivamente boliviano, cuyas aguas llegarían a Chile por obras artificiales de canalización, construidas por la empresa de Ferrocarriles de Antofagasta a Bolivia (FCAB).

Aunque los medios de comunicación han informado bastante sobre el asunto, es importante ordenar un poco los hechos históricos, con el objeto de poner sobre el tapete algunas contradicciones en que ha incurrido Bolivia, también en torno a la cuestión marítima.

En primer lugar, si bien es cierto que la empresa FCAB obtuvo en 1908 una concesión de Bolivia para el uso útil de las aguas del Silala, también lo es que dos años antes consiguió lo mismo de parte de Chile. Como bien señala Carlos Bustos, en su libro Chile y Bolivia un largo camino (Santiago, RIL Editores, 2004), resulta “obvio que el hecho de que haya dos concesiones —una chilena y una boliviana— reafirma la circunstancia de que siempre se interpretó que existía un recurso hídrico compartido en que Chile concedió lo que estimaba le correspondía y el interesado requirió de Bolivia lo que pensaba que correspondía a ese país” (p. 286).

» Una segunda contradicción dice relación con el fondo de la demanda presentada por Chile: si se trata o no de un río. Frente a la acusación de desvío por parte de la empresa chilena, el 6 de mayo de 1996 la Cancillería boliviana negó de plano esta circunstancia, reafirmando que el Silala sí es un río internacional «

Una segunda contradicción dice relación con el fondo de la demanda presentada por Chile: si se trata o no de un río. Frente a la acusación de desvío por parte d
e la empresa chilena, el 6 de mayo de 1996 la Cancillería boliviana negó de plano esta circunstancia, reafirmando que el Silala sí es un río internacional: “El Silala es un río que tiene origen en una vertiente que brota al pie del cerro del mismo nombre, en territorio de Bolivia, e ingresa posteriormente a Chile. Dicho de otro modo, Bolivia es dueña del curso superior de ese río y Chile del inferior” (El Diario, La Paz, 7 de mayo de 1996, citado por Bustos, p. 286). Y como bien se sabe, la tesis que sostiene que el Silala no sería un río, sino un manantial, comenzó a desarrollarse recién en 1997, siendo asumida dos años más tarde por el gobierno de Palacio Quemado.

Una tercera contradicción se refiere a la famosa Agenda de los 13 puntos, a partir de la cual se habría llegado a un pre-acuerdo el 4 de abril de 2009. Bolivia sostiene que Chile se comprometió a pagar por el uso de las aguas del mentado río. Sin embargo, y como ha aclarado la Agente chilena, Ximena Fuentes Torrijos, lo que se acordó fue que Bolivia, en cuanto estado ribereño —y con el objeto de darle un uso útil a las aguas del río— podía “vender” dicho uso a particulares chilenos. Pero esto, en ningún caso, dice relación con un supuesto reconocimiento de Chile de un derecho total del Estado altiplánico sobre las aguas del Silala.

» Pero además de las tres contradicciones anteriores, los representantes de Bolivia han caído en una permanente “macrocontradicción”, pues siendo la solución del tema marítimo su principal objetivo internacional con Chile, a lo largo de la historia han puesto reiterados e inexplicables obstáculos para alcanzar dicho propósito «

Pero además de las tres contradicciones anteriores, los representantes de Bolivia han caído en una permanente “macrocontradicción”, pues siendo la solución del tema marítimo su principal objetivo internacional con Chile, a lo largo de la historia han puesto reiterados e inexplicables obstáculos para alcanzar dicho propósito. A diferencia de lo que  sostienen en la demanda sobre la obligación de negociar, el fracaso de las conversaciones con Chile sobre acceso soberano al mar se ha debido en gran medida —y por qué no decir, de manera fundamental— a la intransigencia de la propia Bolivia, que siempre ha puesto por delante cuestiones accesorias; las que en torno a la negociación de Charaña se denominaron “aristas”: cuestión del río Lauca, desmilitarización del corredor, extensión y posibilidad misma de un canje territorial, etc. Resulta excesivo pedirle hoy a Chile “negociar de buena fe”, cuando Bolivia no ha dictado, precisamente, cátedra en este punto.  

Y no cabe duda que el Silala ha sido también un elemento de conflicto accesorio, que no surgió de Chile, sino de la misma Bolivia, al negarle la condición de río internacional a dicho curso de agua. Conflicto accesorio —hay que decirlo— que la aleja mucho más de su anhelada “cualidad marítima”. Resulta incomprensible que, frente a un supuesto objetivo principal, Palacio Quemado no deje de poner barreras secundarias, que hacen que su aspiración marítima, de tanto diluirse, se termine convirtiendo en un sueño utópico.  

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