Cinco años sin Néstor

Argentina

Vino a proponer un sueño. Puso a los jóvenes de pie. Convirtió a los derechos humanos en políticas de memoria, verdad y justicia. Su vida fue mas corta de lo que el país necesitaba, pero bastó para alcanzar las transformaciones sociales necesarias para hacerlo resurgir de la grave crisis en la que estaba inmerso. Se cumple el quinto aniversario de una dolorosa ausencia.

El ex presidente Néstor Kirchner - Foto: ArchivoMartin Piqué – Tiempo Argentino (Argentina)

A cinco años de su fallecimiento, el recuerdo de la voluntad política y la personalidad de Néstor Kirchner sigue presente en la sociedad argentina. La intensidad con la que ejerció el gobierno y condujo un movimiento político renovado –el peronismo adaptado a estos tiempos– se convirtió tras su muerte en un parámetro incómodo para medir a otros dirigentes. Sus características personales se volvieron tema casi cotidiano en los meses posteriores al 27 de octubre de 2010. Su condición de hombre de Estado que entendía la militancia como una práctica para toda la vida, cotidiana e ininterrumpida, que se debía dar en todos los frentes y, sobre todo, sin descuidar lo territorial, es otra de las improntas que lo atravesaron a lo largo de su trayectoria. Una definición que –por otra parte- parece haberse convertido en un legado asumido como rasgo de identidad por las organizaciones del kirchnerismo.

“Néstor tenía una obsesión por la militancia permanente. Él siempre insistía con que había que hacer todo lo que fuera necesario. Y estaba pendiente de eso, más allá de la responsabilidad de gobierno que ocupara en cada momento”, repasa José “Pepe” Salvini, amigo del ex presidente desde que compartieron banco en el colegio secundario. Salvini fue uno de los primeros simpatizantes del peronismo santacruceño que se sumó al proyecto político de Kirchner. “Néstor cumplió a rajatabla esa forma de vivir la militancia. Porque así lo entendimos toda la vida. En 1991, ya siendo gobernador, él nos llamaba por teléfono a cada uno para ver si habíamos cumplido con determinada directiva. Yo, por ejemplo, tenía que viajar hasta un lugar determinado de la provincia para sumar a un compañero, al que había que traerlo y convencerlo. En eso no había con qué darle”, rememora Salvini en diálogo con Tiempo.

Considerado uno de los “pingüinos” históricos que acompañaron a Néstor desde el primer momento, Salvini recuerda con nostalgia y alegría uno de los rituales que tenía el ex presidente el sábado anterior a un día de elecciones: comerse un asado con amigos bajo el tinglado del taller mecánico de Francisco “Batata” Mansilla. Por supuesto, Salvini era siempre uno de los comensales. En esos encuentros que tenían mucho de cábala, como también en reuniones de discusión política ya más formales, Kirchner solía sorprender a sus interlocutores con afirmaciones algo excesivas. Algunas incluso podían sonar poco apegadas a la coyuntura del momento y a las posibilidades del propio espacio, al menos en el corto plazo. “En la primera etapa de su gobierno provincial, Néstor ya empezaba a vislumbrar la necesidad de generar un nuevo espacio nacional dentro del peronismo”, cuenta Salvini. Esa última frase parece desmentir uno de los análisis que, con Kirchner ya en la Presidencia, solía hacerse sobre su estilo de gobierno: que privilegiaba y era muy diestro en las decisiones de corto plazo tomadas bajo presión –la famosa táctica- pero que carecía de una planificación estratégica.

El objetivo de construir un espacio opositor al menemismo sin abandonar las filas del PJ empezó a perfilarse hacia fines de los ’90, con la conformación del Grupo Calafate. Surgido en un primer momento como un espacio de reflexión programática y de recuperación doctrinaria, ese espacio se convirtió tras la caída de Fernando de la Rúa en una plataforma –minúscula para la tarea encomendada– pensada para proyectar a Kirchner hacia el resto del país. Sobre finales de 2002, tras la aceleración de la crisis y ante la inexistencia de otros referentes del peronismo que garantizaran un triunfo sobre Carlos Menem, el entonces gobernador de Santa Cruz terminó siendo casi por descarte el candidato presidencial del peronismo no menemista. Carlos Tomada, miembro fundador de aquel Grupo Calafate y desde 2003 ministro de Trabajo, fue testigo de aquel ascenso vertiginoso.

” El objetivo de construir un espacio opositor al menemismo sin abandonar las filas del PJ empezó a perfilarse hacia fines de los ’90 […] Surgido en un primer momento como un espacio de reflexión programática y de recuperación doctrinaria, ese espacio se convirtió tras la caída de Fernando de la Rúa en una plataforma pensada para proyectar a Kirchner hacia el resto del país “

“Néstor solía definir al proyecto político que quería construir como un espacio nacional, popular, progresista y racional. Pero a la palabra ‘progresista’, quizá hoy devaluada, hay que ponerla en un contexto: significaba incorporar al peronismo todos los valores y las dimensiones simbólicas de las que el peronismo en ese momento no era tan portador. Como la cuestión de los Derechos Humanos. Y también estaba la idea de lo racional: ‘El país normal, un país en serio’, que luego serían eslóganes de campaña en 2003. La normalidad que buscaba Néstor era dar vuelta los paradigmas, aunque él sabía para llegar a esa nueva normalidad habría que dar una disputa muy fuerte, sobre todo en la cabeza de la gente”, repasa Tomada ante la consulta de este diario. Para el abogado laboralista, los cuatro valores que mencionaba Kirchner a fines de los ’90 (nacional, popular, progresista y racional) describen con bastante precisión lo que terminó siendo el kirchnerismo.

Otra de las características de Kirchner fue su esfuerzo –contra el clima partidario reinante en los ’90 y principios de la década de 2000, en el que predominaba una lógica mediática y de mayoritaria desmovilización– por reubicar a la política en el centro de la toma de decisiones. Esa búsqueda lo llevó en algunas ocasiones a descreer de ciertas tradiciones no escritas de los dirigentes profesionalizados, como el uso reiterado de cierto doble discurso, con algo que se decía públicamente y otra cosa que se comentaba entre bambalinas: la famosa diferencia entre el ON y el OFF. “A mí al principio me sorprendía, aunque después ya dejó de hacerlo, que Néstor dijera en los actos públicos del Salón Blanco lo mismo que nos había dicho minutos antes en su despacho a los ministros con los que había pensado el anuncio. Después de charlar con nosotros de política, de comentar novedades y noticias, y de ordenar lo que iba a decir, decía ‘bueno, vamos’, caminaba veinte pasos, entraba al Salón Blanco y decía exactamente lo mismo que nos había dicho en privado”, revela Tomada.

La intención de reconstruir el Estado y restaurar la autoridad presidencial, dos obsesiones iniciales que sus colaboradores vivieron hasta con crudeza, implicaba también momentos de negociación con sectores de poder: un caso es el Grupo Clarín. Sin embargo, a pesar del acuerdo no escrito, Kirchner siempre digirió esa sociedad con bastante desconfianza. Con la sospecha de que esas asociaciones nunca se extienden demasiado en el tiempo.

Su primer vocero presidencial, Miguel, desempolva una intimidad del archivo como ejemplo de aquella relación tensa, de negociación y desconfianza mutua, que Néstor mantuvo con Clarín durante su primer mandato. “Un viernes de 2003, tras el acuerdo con Duhalde, estábamos por irnos de la Casa de la Provincia de Santa Cruz, en la calle 25 de Mayo. Ya era tarde, y yo me estaba yendo, cuando lo veo a Néstor con Daniel Scioli que están a punto de subirse a un ascensor chiquito que sólo usaba él, para bajar directo a la cochera. ‘¿Me dejás, Miguel, que tengo q
ue charlar algo con Daniel?’, me dijo entonces Néstor. Al día siguiente, me contó que le había ofrecido ser su vicepresidente, cuando Duhalde quería que fuera (Roberto) Lavagna. Néstor también me contó que le había pasado la primicia a Clarín para que fuera la tapa del domingo y que no le contara nada a ningún otro medio. Ese sábado por la noche, sin embargo, yo estaba en la cancha de Vélez en un recital de Maná cuando Néstor me llama al celular y me pide que le avise a la gente de Página/12. Lo hice. Y el domingo salió en los dos diarios. Los de Clarín estaban re calientes, pero Néstor les dijo que no sabía quién lo había filtrado. Los había cagado a ellos y también a Duhalde, que quería a Lavagna”, relata Núñez, aún divertido.

Sandra Russo – Página12 (Argentina)

Hasta a Cristina, que ya estaba casada con él, la idea fija de Néstor, a los 25 años, llegó a exasperarla. Era abril de 1976, un mes después del golpe, y estaban los dos y la madre de ella, Ofelia, en la galería de su casa de Tolosa. Cristina quería irse cuanto antes a Santa Cruz, y Néstor estaba de acuerdo, pero antes necesitaba recibirse. Ella iba a interrumpir la carrera y todavía no sabía si podría retomarla, ni cuándo. Lo hizo tres años más tarde, en 1979. Pero en abril de 1976, cuando el terror se expandía por La Plata, todo era incierto, lúgubre y desesperante. Con perspectiva, se sabe que el objetivo del terror era paralizar, eliminar, suprimir no sólo a la oposición política, sino la política misma. “Necesito recibirme de abogado para ser gobernador”, le decía él a ella esa tarde, y ella no podía creer lo que escuchaba, porque un mes antes todo había quedado en suspenso y la estrategia prioritaria era la de la supervivencia. Ella le dijo a su madre: “¿Escuchás lo que dice éste? ¡Que quiere ser gobernador! ¡Gobernador de qué, de dónde!”, gritaba. El no cedía: primero el título. Esa era la primera parte, la embrionaria, el primer gateo, el primer parpadeo de un proyecto personal puesto como palanca en un proyecto político. Y tenía 25 años. ¿Cómo ese joven tan porfiado no iba a confiar décadas después en la juventud?

Cristina ha dicho varias veces que el día más increíble, el más extraño y deslumbrante de todos los días en los que Néstor ganó elecciones, no fue el 25 de mayo de 2003, cuando asumió como Presidente de la Nación, sino el 10 de diciembre de 1991, cuando llegó a la gobernación de Santa Cruz. Habían pasado muchos años desde la huida al sur, Néstor ya había sido intendente de Río Gallegos, y el acceso a la gobernación se hacía imaginable desde mediados de esa gestión. Esas elecciones de 1991 no tuvieron el condimento azaroso que tuvieron las de 2003, cuando terminó como presidente gracias a que a Menem le salió mal el cálculo de dejarlo sin ballottage y sin legitimidad. Y sin embargo, fue el día más increíble porque el que llegaba a la gobernación de su provincia era un hombre que tenía ese sueño repiqueteándole en la cabeza y en el corazón desde los 25 años. El que le había dicho a ella, cuando lo prioritario era sobrevivir, que necesitaba recibirse de abogado porque iba a ser gobernador.

El tuvo ese fuego. El de la política, el de la política que se hace militando aunque se ganen elecciones o se ocupe un cargo. Lo tuvo desde antes de viajar a La Plata para estudiar Derecho, antes de conocer a Cristina, antes de que se derramara un río de sangre para impedir especialmente eso, que hubiera gente que optara por la política como un instrumento para acercarles el poder a los que jamás lo tendrían sino fuera a través de sus representantes. Mantuvo encendido ese fuego incluso en esa instantánea del peor momento en el 76, cuando no existía el menor resquicio externo para mantenerlo vivo, y solamente podía ser agitado por una fuerza interior muy profunda. Lo mantuvo encendido toda su vida, quizá porque no estaba en condiciones de apagarlo, de apaciguarlo o de graduarlo para preservarse. No tenía control sobre eso. Ese fuego y él eran lo mismo.

” Néstor fue el primero que nos mostró que los discursos no se hacen para llenar el silencio, sino para definir y guiar la acción política. Fue fiel a sus propias palabras. Por eso hace cinco años lo lloramos como si hubiera sido un ser querido personal de cada uno. […] Nos legó la conciencia colectiva de que política puede ser algo tan íntimo como el amor “

Ese fuego no es excepcional. Lo han tenido y lo tienen muchos hombres y mujeres de todas las edades, de todos los colores, de todos los países donde desde esa concepción de la política se resiste y se lucha para que más seres humanos sufran menos. Pero el excepcional fue él, porque ya a los 25 años estaba siendo en acto y en potencia el que fue después en la intendencia, en las tres gobernaciones y en su presidencia. Y porque supo cómo contagiar a millones con chispas que hoy los encienden, y que no dependen de un resultado electoral. Ese fuego quema más en la adversidad.

Nunca mejor que hoy tenerlo en la memoria. A él y a su compañera, dos veces elegida presidenta, que cuando se vio acechada por los primeros embates sucios de la derecha, saltó hacia adelante, como hizo él para ganar su propia legitimidad a través de sus políticas concretas. “Si me voy, que sea por lo que pienso y hago, y no por lo que no me animo a hacer”, dijo ella. Así, unida a la frontalidad de esos dos grandes militantes, nació el kirchnerismo, una fuerza que peronizó a miles, pero no porque usara el peronómetro sino todo lo contrario: porque nació abierta y dúctil para empatizar con ciudadanos que nunca habían encontrado una identidad política que los representara. Primero Néstor, y después Cristina, le dieron impulso a esa energía contenida que inexplicablemente estuvo borroneada en esta campaña presidencial. No hay ninguna necesidad de borronear nada: la inercia del kirchnerismo está abierta a los aliados, pero también fundida en la mística que se construyó colectivamente durante todos estos años.

Néstor fue el primero que nos mostró que los discursos no se hacen para llenar el silencio, sino para definir y guiar la acción política. Fue fiel a sus propias palabras, en un país en el que las palabras las barre el viento. Por eso hace cinco años lo lloramos como si hubiera sido un ser querido personal de cada uno. Porque Néstor no fue un tipo en una pantalla, sino alguien que encontró la manera de meterse en los poros más sutiles de los otros, y nos legó la conciencia colectiva de que la política puede ser algo tan íntimo como el amor. Néstor se fue, a los 60, en paz con ese pibe de 25 años que quería recibirse de abogado para ser gobernador de Santa Cruz.

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