Cien años de Efraín Huerta

México

El centenario de su natalicio se cumple este 18 de junio y, para conmemorarlo se inaugura una exposición que reúne casi cien piezas de su obra. El autor de Los hombres del alba amaba las expresiones de lo popular, pero leía a todos desde muy joven. Su gran maestro fue Ramón López Velarde y a mediados del siglo pasado inicio el movimiento neovanguardista el cocodrilismo.

Círculo de Poesía

Reyes Martínez Torrijos – La Jornada (México)

Con casi un centenar de piezas provenientes del legado de los hijos del poeta y fotografías sobre su recorrido vital, se inaugurará este jueves la exposición conmemorativa Efraín Huerta: un poeta del alba, cien años, en el Centro Cultural Bella Época.

Titulado en alusión al poemario Los hombres del alba, que este año cumple 70 años, el conjunto integra cartas, primeras ediciones, manuscritos y cocodrilos, entre otros materiales; destaca la bala que en el funeral de Huerta (Silao, 1914-DF, 1982) una mujer muy bella depositó sobre el féretro sin dar ninguna explicación; además, una foto del ataúd con el objeto encima, explican Eugenia Huerta (DF, 1945), vía telefónica, y su hermana Andrea (DF, 1943) a La Jornada; las hermanas son las curadoras de la muestra.

Eugenia menciona que el eje son las fotos que se incluyen en la iconografía que el Fondo de Cultura Económica publica este año sobre El Gran Cocodrilo; además, objetos que ilustran o que acompañaron al también periodista a lo largo de su existencia, por ejemplo, dos carteles de sus años de militancia: uno, de un encuentro realizado en Mérida por una organización juvenil socialista, con 78 años de antigüedad; y otro, de homenaje al Nobel chileno Pablo Neruda.

Dos damas negras

La exposición incluye otras piezas curiosas como “dos de las libretas que Efraín llamaba ‘damas negras’, algunas cartas en las que se aprecia su excelente caligrafía que adornaba muy bien” a Mireya Bravo y la invitación a la boda de ambos, continúa Eugenia Huerta. Además, se muestra la foto tomada, luego del fallecimiento del poeta el 3 de febrero de 1982, por Rafael López Castro, con la tumba cubierta de flores, el Iztaccíhuatl atrás y el cielo azul.

“Lo enterramos en un panteón que está de camino de Xochimilco a Oaxtepec. Durante el entierro, mi hermano David leyó haciendo un esfuerzo sobrehumano el poema Borrador para un testamento, que a sus 50 años Efraín dedicó a Octavio Paz y a todos su compañeros de generación; en él hace un balance de su vida, sus compañeros y sus amigos”.

“Los hombres del alba es uno de los poemas distintivos en la obra de Huerta en cuanto autor moderno, porque la ciudad se empezó a bocetar con esas características en la época de la Revolución; y Efraín Huerta fue testigo”

La propuesta incorporará, según Eugenia Huerta, una instalación provista de un sillón al pie de la conocida foto de Efraín Huerta tomada por Lola Álvarez Bravo, un escritorio y sobre él los libros que el poeta recomendaba como indispensables; textos que él aclaró no eran los clásicos, como Cervantes, sino Darwin, Bernal Díaz del Castillo, para que las personas se acerquen a la literatura.

En esa área se agregará un tazón con el escudo del Atlante, ya que ella afirma: Efraín era un ser humano normal, común y corriente, salvo que le iba al Atlante, porque le gustaba mucho el futbol, así como los toros, la vida diaria, de la ciudad, cotidiana, lo disfrutaba todo.

A pesar de ese amor por las expresiones de lo popular, el autor de Los hombres del alba desde muy jovencito leía todo: los poetas franceses, españoles, mexicanos. Ramón López Velarde de alguna manera fue su gran maestro”, dice Andrea Huerta.

Este junio se realizan mesas y conferencias en torno a Efraín Huerta, rodeadas por rediciones y nuevos libros sobre él y su obra. El miércoles 18, el día exacto de arribo al centenario del poeta, habrá múltiples actividades por la efeméride. Consultar el programa completo de homenajes.

Dos vidas

Efraín Huerta estudió en León y Querétaro, luego en la capital del país cursó la preparatoria y los primeros años de la carrera de leyes. Desde 1936 se dedicó al periodismo, oficio en el que ejerció la crítica cinematográfica.

En lo literario, perteneció a la generación de Taller, revista que agrupó a Octavio Paz (DF, 1914-1998) y Rafael Solana (Veracruz, 1915-DF, 1992), entre otros. El gobierno francés le otorgó en 1945 las Palmas Académicas.

David Huerta (DF, 1949), también poeta, dijo a este diario que su padre “era un hombre muy cordial, lleno de sentido del humor, aunque en su vida hubo momentos en que fue recatado, callado y quizás con un puntito de sombra en su carácter; retraído. Esa personalidad suya cambió con el tiempo, de modo que vivió dos vidas: una de cierta gravedad y una mirada trágica sobre el mundo; la otra, mucho más ligera y juguetona.

“Los hombres del alba es uno de los poemas distintivos en la obra de Huerta en cuanto autor moderno, porque la ciudad se empezó a bocetar con esas características en la época de la Revolución; en los años 30 y 40 era una metrópoli en la que había mucha pobreza pero ya se veían los efectos del desarrollo económico de lo que se solía llamar la modernidad, y Efraín Huerta fue testigo.

“El género más notable de nuestra época es la novela, en ese sentido La región más transparente, de Carlos Fuentes (Panamá, 1928-DF, 2012), es una obra que corresponde muchos lustros después a Los hombres del alba, un libro sobre la ciudad, sus habitantes pero también sobre la experiencia de un joven enamorado ahí”.

Años más tarde, el narrador, ensayista y poeta Carlos Montemayor (Parral, 1947-DF, 2010) remite a ese libro con su novela Las mujeres del alba. Estuvo muy cercano a la poesía de mi padre, la estudió, la leyó con mucha atención. Yo lo extraño mucho, pero no sólo por eso sino porque era una persona con la que había mucha comunicación, y uno de los temas de la conversación con él era la poesía de mi padre.

La exposición Efraín Huerta: un poeta del alba, cien años se inaugura hoy a las 19 horas en la Galería Luis Cardoza y Aragón de la Librería Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Época, ubicada en la avenida Tamaulipas 202, esquina Benjamín Hill, colonia Condesa.

Los hombres del alba

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,

en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,

estos hombres tatuados: ojos como diamantes,

bruscas bocas de odio más insomnio,

algunas rosas o azucenas en las manos

y una desesperante ráfaga de sudor.

 

Son los que tienen en vez de corazón

un perro enloquecido

o una simple manzana luminosa

o un frasco con saliva y alcohol

o el murmullo de la una de la mañana

o un corazón como cualquiera otro.

 

Son los hombres del alba.

Los bandidos con la barba crecida

y el bendito cinismo endurecido,

los asesinos cautelosos

con la ferocidad sobre los hombros,

los maricas con fiebre en las orejas

y en los blandos riñones,

los violadores,

los profesionales del desprecio,

los del aguardiente en las arterias,

los que gritan, aúllan como lobos

con las patas heladas.

Los hombres más abandonados,

más locos, más valientes:

los más puros.

 

Ellos están caídos de sueño y esperanzas,

con los ojos en alto, la piel gris

y un eterno sollozo en la garganta.

Pero hablan. Al fin la noche es una misma

siempre, y siempre fugitiva:

es un dulce tormento, un consuelo sencillo,

una negra sonrisa de alegría,

un modo diferente de conspirar,

una corriente tibia temerosa

de conocer la vida un poco envenenada.

Ellos hablan del día. Del día,

que no les pertenece, en que no se pertenecen,

en que son más esclavos; del día,

en que no hay más camino

que un prolongado silencio

o una definitiva rebelión.

 

Pero yo sé que tienen miedo del alba.

Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.

Sé de la lluvia nocturna cayendo

como sobre cadáveres.

Sé que ellos construyen con sus huesos

un sereno monumento a la angustia.

Ellos y yo sabemos estas cosas:

que la gemidora metralla nocturna,

después de alborotar brazos y muertes,

después de oficiar apasionadamente

como madre del miedo,

se resuelve en rumor,

en penetrante ruido,

en cosa helada y acariciante,

en poderoso árbol con espinas plateadas,

en reseca alambrada:

en alba. En alba

con eficacia de pecho desafiante.

 

Entonces un dolor desnudo y terso

aparece en el mundo.

Y los hombres son pedazos de alba,

son tigres en guardia,

son pájaros entre hebras de plata,

son escombros de voces.

Y el alba negrera se mete en todas partes:

en las raíces torturadas,

en las botellas estallantes de rabia,

en las orejas amoratadas,

en el húmedo desconsuelo de los asesinos,

en la boca de los niños dormidos.

 

Pero los hombres del alba se repiten

en forma clamorosa,

y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,

con la cabeza limpia

y el corazón blindado.

 

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