Celac: Autonomía en La Habana

El encuentro de la Celac en Cuba confirmó la creciente autonomía de los países de la región y la perdida de hegemonía de Estados Unidos en el sistema interamericano. El documento final reflejó los intereses de tres sectores ideológicos diferenciados: el Alba, con un programa económico y diplomático que quiere cortar con Washington; la Alianza del Pacífico, con su propuesta de abrir las barreras comerciales a los países centrales; y el eje Brasil-Argentina, que busca mayor independencia, pero no reniega de firmar ciertos acuerdos. 

Celac: Autonomía en La HabanaEmiliano Guido – Miradas al Sur (Argentina)

Cambia, todo cambia. Cuba fue, esta semana, presidente temporal y anfitrión de la cumbre de un bloque regional, la Celac, que intenta desplazar a la OEA como eje vertebral del sistema político interamericano. La Organización de Estados Americanos expulsó a La Habana hace más de medio siglo cuando el mundo se dividía entre regímenes capitalistas y comunistas. El líder cubano Fidel Castro desacreditó siempre al organismo como un “ministerio de las colonias” para significar el peso de los Estados Unidos y, si bien la OEA, aprobó la membresía caribeña unos años atrás, la mayor de las Antillas rechazó el convite. Además, el secretario general de la institución, el diplomático chileno José Miguel Insulza, y la presidenta Laura Chinchilla viajaron a la capital cubana y restablecieron relaciones diplomáticas face to face luego, de más de medio siglo, sin registrarse misiones protocolares de la OEA y Costa Rica en suelo cubano.

Evidentemente, las relaciones políticas entre los gobiernos latinoamericanos ya no están tuteladas por lo que se conoció en los noventa como el Consenso de Washington, un programa de flexibilización económica y restricción de soberanía que la Casa Blanca proponía como modelo de conexión entre la metrópoli y los países al sur del Río Bravo. Este hecho objetivo no implica escribir una leyenda rosa de un proceso de integración regional eclipsado en los últimos meses por las reiteradas suspensiones de la cumbre del Mercosur y por la inédita acefalía en la Secretaria General de la Unasur al haber falta de consenso entre sus socios miembros para designar el funcionario al frente del cargo. Pero que el régimen de partido único y economía centralizada adoptado por Cuba ya no se interponga como una barrera entre La Habana y sus vecinos del sur no implica que los gobernantes de la Cuenca del Plata sean soldados del marxismo leninismo sino que hoy pueden desplegar mayor autonomía en sus agendas frente a Washington. Además, el gobierno cubano no es el mismo de antes. El presidente Raúl Castro aprovechó, por ejemplo, la cita de la Celac para poner en funcionamiento el Puerto de Mariel, una zona franca financiada por Brasil y que implica la mayor apertura económica instrumentada por la gradual y tibia perestroika cubana. Paralelamente, la joven –sólo realizó dos encuentros de Jefes de Estado– Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe instrumentó una herramienta que implica reconocer la fuerte e in crescendo presencia extra- territorial de China en la región con sus monumentales inversiones en el área de las commodities. Los mandatarios latinoamericanos consensuaron en La Habana crear el Foro Celac-China para reforzar el vínculo con la segunda economía del mundo, y primer rival geopolítico de la Casa Blanca en el balance de poder global, y también resolvieron que este año se hará la primera reunión técnica para darle volumen a la naciente mesa bilateral. Paz con Cuba, pérdida de influencia de la OEA, acercamiento con China. Estados Unidos sigue siendo el Hegemón del mundo, y naturalmente de toda la geografía americana pero, indudablemente, pasos políticos concordantes como la Celac van esmerilando dicha asimetría política.

“Las relaciones políticas entre los gobiernos latinoamericanos

ya no están tuteladas por lo que se conoció en los noventa como

el Consenso de Washington, un programa de flexibilización económica y

restricción de soberanía que la Casa Blanca proponía como modelo

de conexión entre la metrópoli y los países al sur del Río Bravo”

La denominada Declaración de La Habana no sólo encuadró buenas intenciones políticamente correctas de los gobernantes, como “la lucha contra la desigualdad y la pobreza”, o jerarquizó reivindicaciones históricas anticoloniales, solidaridad con Cuba por el bloqueo económico norteamericano y apoyo a la Argentina en la Cuestión Malvinas, sino que evidenció cual es la relación de fuerzas interna entre los distintos gobiernos en el tablero regional. La Celac, al igual que la Unasur, es un espacio político donde las resoluciones se arriban sí o sí por consenso. Por lo tanto, su naturaleza es distinta a mesas de integraciones económicas como la Comunidad Andina de Naciones o el Mercosur, donde se zanjan acuerdos aduaneros o mecanismos de convergencia económica para achicar la brecha comercial. Si bien la Celac está tejiendo una mínima burocracia, mediante encuentros ministeriales, el valor de su razón de ser pasa por sentar a una misma mesa, aunque sea por unos días, a los máximos conductores políticos de la región. No es, simplemente, un Foro para discutir ideas –como pretendió Chile durante su presidencia pro- témpore para devaluar al organismo– ni el paraíso institucional de la Patria Grande –como suelen remarcar los jefes de Estado que satelitan el eje bolivariano en sus discursos–, pero su mera existencia implica que los Ejecutivos latinoamericanos puedan pautar denominadores comunes para articular políticas frente al resto del mundo. No es poca cosa si se tiene en cuenta que en los organismos clave de Naciones Unidas –Consejo de Seguridad– o en las instituciones dominantes del sistema crediticio mundial –Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial–, la voz de los países del sur pasa prácticamente desapercibida.

Recapitulando, el documento final de la Celac reflejó los intereses de un mapa político regional con tres cabeceras ideológicas claramente diferenciadas. Por un lado, están los países de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) –Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua– y un programa económico y diplomático que intenta desconectarse abruptamente de la influencia norteamericana; luego, está la naciente y pro libre comercio Alianza del Pacífico –México, Colombia, Chile, Perú–, con su propuesta de abrir las barreras comerciales con Estados Unidos y el resto de los países centrales; por último, el eje Brasil-Argentina busca más independencia y estatura global pero no reniega, por ejemplo, de buscar firmar un TLC con la Unión Europea. Por lo tanto, este mosaico político a tres bandas, y la obligatoriedad de suscribir resoluciones sin la égida de mayorías y minorías, terminó precipitando una Declaración continental modelo 2014 con avances y retrocesos.

“Dieron un paso importante a la hora de declarar a la región 

como “zona de paz” y libre de “armas nucleares”. Este punto

implica preservar uno de los valores más fuertes de América

Latina, donde en el único conflicto armado vigente, el de 

Colombia, las partes involucradas están negociando ponerle fin”

En principio, los países miembros de la Celac dieron un paso importante a la hora de declarar a la región como “zona de paz” y libre de “armas nucleares”. Este punto implica preservar uno de los valores más fuertes de América latina –donde en el único conflicto armado vigente, el de Colombia, las partes involucradas están negociando ponerle fin y, tras décadas de intento, con altas chances de concretarlo– en un momento sensible para la armonía entre los países del arco andino luego de que la Corte de La Haya redibujó en un fallo los límites marítimos entre Chile y Perú. Pero, paralelamente, la necesidad de arribar a posiciones comunes frustró la propuesta venezolana de incorporar a Puerto Rico –un país sin soberanía jurídica y bajo tutelaje de los Estados Unidos– como nuevo socio de la Celac. En su discurso final, el presidente Raúl Castro había advertido que: “Como escribió la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió: ‘Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas’, por lo que reiteró que nuestra Comunidad estará incompleta mientras falte en ella el escaño de Puerto Rico, nación hermana genuinamente latinoamericana y caribeña, que padece una situación colonial”. Pero, las delegaciones diplomáticas de los países que poseen un mejor diálogo con la administración de Barack Obama influyeron en las reuniones de los días previos al cónclave de Jefes de Estado para que, en el documento final, el apoyo a los movimientos independentistas de Puerto Rico fuera menos explícito de lo que, en principio, se había vaticinado desde varios medios de comunicación.

En términos formales, Cuba delegó a Costa Rica la presidencia pro témpore del organismo ya que el traspaso de la comandancia de la Celac, al igual que ocurre en otros bloques integracionistas como la Unasur o el Mercosur, sigue un orden alfabético. Sin embargo, la mandataria Laura Chinchilla no será quien esté al frente de la institución porque, paradójicamente, el país centroamericano va hoy a las urnas para elegir a su próximo presidente. En un hecho histórico, el centroizquierdista Frente Amplio tiene muchas chances de terminar el largo ciclo bipartidista conservador local y sumar a San José a la tendencia de gobiernos progresistas y populares de América latina. El resultado, de concretarse, no modificará, claro está, el rumbo de la región pero le daría más oxígeno a un proceso político continental que hoy sintoniza más con el espíritu de la Celac que con la, otrora influyente, Organización de Estados Americanos.

 

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