Cárceles inhumanas

En 20 años hubo un aumento del 380 por ciento de los presos en Brasil. Hechos horrorosos suceden en los penales, como los de Maranhão. Los directores de la organización Conectas analizan este fenómeno carcelario, en el que involucran a toda la sociedad.

 Lucía Nader y Marcos Fuchs – El País (España)

La tragedia en la cárcel de Pedrinhas, en Maranhão, donde desde 2013, 62 personas han muerto de forma brutal es el resultado de una operación fríamente calculada y respaldada por una opinión pública que, de manera perversa, apuesta por un sistema penitenciario inaceptable, ilegal e ineficiente.
Autoridades y funcionarios (gobernadores, jueces y fiscales) son los responsables de este tipo de sucesos. Pero todos somos cómplices porque no queremos o no conseguimos cambiar un sistema que conserva intactos, con un rigor arqueológico, los mismos métodos y condiciones que existían en las mazmorras de la Edad Media.
En Pedrinhas, una de las víctimas fue inmovilizada y, aún viva, sufrió la amputación de una pierna hasta que murió, mientras la escena era grabada en un móvil. Otra fue perforada con un pincho. Tres, decapitadas. Tenían en común el hecho de estar enjauladas, bajo la tutela del Gobierno del Estado de Maranhão, con el pretexto de que iban a ser reeducadas. El recinto tenía capacidad para 1.700 personas, pero había 2.500 internos.
Todo esto es posible porque existe un respaldo popular. En un país en el que la mayoría de los 548.000 presos registrados son negros o mulatos, pobres y habitantes de la periferia, a la clase media y a las élites no les importa tener a sus semejantes enjaulados, literalmente defecando unos encima de otros. Muchos de los que se encogen de hombros ante estas violaciones de los derechos humanos tienen el pensamiento mágico de que los presos pasan a una especie de universo distante. Deberían saber que las prisiones en Brasil son totalmente ineficaces. Funcionan como una puerta giratoria, con una tasa de reincidencia superior al 60%, en la que, a su paso, el preso cae en las redes de grupos criminales organizados y sufre todo tipo de brutalidades antes de volver a la calle.
La obsesión brasileña por encarcelar y maltratar a los presos bate récords mundiales.
El argumento de que no podemos construir una sociedad basada en valores inhumanos es ya , de por sí, irrefutable. Pero en el caso de que existan sádicos que apoyen estos horrores, es preciso que sepan que la construcción de un sistema penitenciario como este acabará por construir, en poco tiempo, una sociedad cada vez más brutal, deshumanizada e irreconciliable.

 

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